F0889 · Envidiaba el amor de Antón por ella.

Miraba con dolor cómo Mi abuela Inés miraba a Martín, cómo le acariciaba la cabeza y el muchacho sonreía. Un día dijo a Vicente Cornaro, el esposo de Mi abuela Inés: Cantó con dolor en la boda de Mi abuela Inés con Antón de Alaminos. Ese día le dijo al encomendero.

Envidiaba el amor de Antón por ella.

—No quiero comer con los esclavos. No soy igual a ellos.

El adelantado le consiguió el capricho.

—Me gusta tu orgullo —dijo—. Me gusta tu dignidad.

Una noche, Eneas está con Martín frente al mar y Eneas preguntó:

—¿Qué es lo que más deseas?

—No puedo desear nada.

Martín respondió: una hermosa mujer para el día de mi boda.

Hubiese deseado decir deseo a una mujer para el día de mi vida. Era un eunuco. Lo odiaba por ello porque aunque él estaba inválido. La vida comenzó a parecerle angosta. Le molestaba la cháchara de los muchachos del coro. Qué saben estos de mí que soy inmortal. Si quiero ser Era un hipócrita y enfocaba en un solo objeto su dignidad.

Farid se sentó y comenzó a inventar. Como hacen los contadores de historias, cosas que quieren escuchar. Inventaba otras y sucedió lo que esperaba y como también ella era inclinada a la fantasía se descubrió pensando en él más que en un marido al que nunca amí. le fascinó su belleza que no era ni de hombre ni de mujer iba a misa sólo por él comenzó a pedir que le cobraran dinero mientras más crecía en soberbia más atractivo se sentía vino Moctezuma a verlo.

La gente comenzó a llamarle señor.

* Servía un día el vino en la mesa de Mi abuela Inés, cuando el señor había salido de viaja y Mi abuela Inés comentó algo con una amiga. Algo sobre los turcos. Farid rompió por primera vez el protocolo y dijo:

—El caballo del sultán es el caballo más hermoso del mundo. Es negro y tiene las crines blancas enjaezadas con piedras preciosas.

Los esclavos y los libertos lo miraron muy sorprendidos. Farid mismo se había sorprendido. Pensó que la princesa diría: denle diez bastonazos, por haber interrumpido una conversación entre nobles sin que nadie le hubiese preguntado su parecer. No. Mi abuela Inés dijo:

Otro día estaba sirviendo en la mesa de Mi abuela Inés, cuando el señor había salido de viaja y Mi abuela Inés comentó algo con una amiga y hablaban de Dios. Eneas rompió el protocolo y dijo:

—Alguna vez yo conocí a Cristo.

Todos lo miraron muy sorprendidos. Eneas esperaba que la princesa dijese: “Denle diez bastonazos”, pero ella más bien sonrió, le acarició la cara y le dijo.

—¿Dónde lo conociste?

Eneas no sabe de dónde le ha salido semejante cosa y no sabe que decir.

—Lo he visto en sueños. En sueños me ha curado.

Pero Mi abuela Inés le dijo que quería escuchar sus sueños después de la cena en el jardín de las naranjas.

—Siéntate, sírvete un poco de vino y cuéntame más.

Y Farid, que en realidad no tenía grandes cosas que contar, se sentó y comenzó a contar. Inventó cosas, como hacen los contadores de historias y los charlatanes para ganar el favor de la concurrencia. Exageraba memorias e inventaba otras que no tenía. Y sucedió lo que Farid previno. Mi abuela Inés vio en los ojos de aquel muchacho los ojos más dulces que hubiese visto. Le enterneció y como también ella era inclinada a las fantasías, comenzó a pensar por las noches en él.

Le fascinaba su belleza, que no era hombre ni de mujer. La gracia de su sonrisa, la gravedad de su mirar. Farid, halagado con la atención que tanto tiempo había buscado se hizo con un aplomo que contrastaba con la dulzura de sus ojos. Se volvió todavía más soberbio y más atractivo.

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