F0707 · —Hola, Matsumoto —dijo, levantando la vista con una sonrisa que no lograba ocultar el cansancio.

Había algo en esa casa que siempre me envolvía, algo que se colaba entre el olor a madera antigua y los ecos de las teclas del piano que parecía habitar incluso en el silencio. Cuando empujé el portón, sentí que todo volvía a mí: las tardes infinitas, el timbre de su voz, su forma de decir “Matsumoto” con ese acento que me hacía sonreír. Por un instante, creí que nada había cambiado.

Subí las escaleras con paso lento, mi corazón apretado por una mezcla de ansias y miedo. Al abrir la puerta, la vi, y el tiempo pareció detenerse. Estela estaba sentada en su sillón favorito, pero su cuerpo se había adelgazado tanto que parecía desvanecerse dentro del suéter amarillo que siempre llevaba. La pañoleta roja cubría su cabeza, un recordatorio tangible de lo que estaba atravesando.

—Hola, Matsumoto —dijo, levantando la vista con una sonrisa que no lograba ocultar el cansancio.

—Hola —respondí, mi voz más baja de lo que esperaba.

Nos abrazamos. Su fragilidad me golpeó, pero también la calidez de sus brazos, esa que siempre lograba hacerme sentir segura. Me miró con una curiosidad que me hizo apartar la mirada. Sentí vergüenza, como si pudiera ver algo en mí que yo misma no entendía. Tal vez porque ya no era la niña que prometía todo. La infancia se había ido, y yo, aunque me esforzaba, no sabía bien quién era.

—Pasa, pasa —dijo, haciendo un gesto hacia la sala.

El olor familiar de su casa me envolvió. Era como volver a un refugio, pero un refugio donde el tiempo se había detenido. Nos sentamos en el sillón, frente al jardín. Las ramas de la higuera se alzaban secas contra el cielo pálido, y el pasto crecido parecía un eco de la pregunta que siempre volvía: ¿para qué? La muerte no justifica nada, pensé. Morir o vivir no significan nada. Incluso la música, incluso escribir, no sirven para nada.

—¿Querés un mate? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.

Asentí, y cuando volvió con las tazas, no pude evitar alargar la mano para tocar su suéter. La textura me sorprendió, suave y cálida, como si pudiera contener en sus fibras algo de la vida que luchaba por no perder. Dejé que mi mano subiera hasta su rostro, un gesto tímido que no sabía cómo justificar. Le di un beso en la mejilla y luego toqué su cabeza. La pañoleta era suave, pero debajo de ella sentí la aspereza de su piel desnuda.

—Es por la quimioterapia —dijo ella, como si necesitara explicarlo—. Se me ha estado cayendo el cabello.

Sabía que era una obviedad, pero no pude evitar que me doliera. Ella tomó mis manos y, sin decir nada, me recosté sobre sus piernas, cuidando de no lastimarla. Sus dedos comenzaron a acariciar mi cabello, igual que cuando era niña, con esa mezcla de ternura y fuerza que siempre me había hecho querer ser mejor.

—¿Cómo está tu madre? —preguntó después de un rato.

—Bien —respondí, aunque no estaba segura de si era verdad.

—¿Has comido chocolate?

Sonreí y negué con la cabeza. Ella se levantó con dificultad y volvió con una caja de chocolates rellenos de fresa, de esos tan dulces que me recordaban a la infancia.

—Son para nosotras —dijo, su voz apenas un susurro.

Tomé dos y los metí en la boca. El sabor era empalagoso, una explosión de azúcar y fresa que parecía llenar todo el vacío.

—¿Y tú? —le pregunté, con una sonrisa.

—Venga pues, un poco de grasa —respondió, tomando uno con un gesto exagerado.

La casa estaba en silencio, pero en ese momento, no importaba. La tristeza, la nostalgia, el miedo, todo parecía quedar suspendido en ese instante en el que los chocolates y su risa ligera llenaban el aire.

—¿Has estudiado mucho? —preguntó, mirándome con esos ojos que siempre parecían ver más allá de lo evidente.

Quise responder, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Lo único que supe fue que, en ese momento, la quería más que nunca, y que no estaba lista para dejarla ir.

Análisis del arco dramático: Este fragmento pertenece al arco Farid y Hakim, ya que explora la relación profundamente emocional entre Toni y Estela. La tensión entre la fragilidad de la maestra y la intensidad de los sentimientos de Toni refleja los temas centrales de este arco: la búsqueda de conexión, el duelo anticipado y la complejidad del amor en sus múltiples formas.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes