F0631 · 1521.86 — Tenochtitlán, 1521 Farid había caminado durante días, guiado por un impulso que no podía nombrar,

Tenochtitlán, 1521

Farid había caminado durante días, guiado por un impulso que no podía nombrar, algo entre la necesidad de escapar y la certeza de que el camino mismo era un destino. Los cerros lo rodeaban como brazos que ofrecían refugio, y la vegetación densa parecía susurrarle promesas de descanso. Desde lo alto, las nubes se recostaban sobre un volcán, dibujando formas que se disolvían lentamente, como si los dioses las hubieran dejado ahí como un mensaje que nadie entendería.

Una mujer lo detuvo en el camino, su rostro curtido por el sol y su mirada llena de misterios.

—Han vuelto a comenzar los presagios —dijo con voz grave—. Ha habido una aparición.

Farid, acostumbrado a la incredulidad, no respondió de inmediato. En cambio, le contó una historia de sirenas, de sus cantos y las promesas que arrastran a los hombres hacia el abismo. La mujer lo escuchó con atención, como si buscara en sus palabras algún eco de su propio presagio.

Farid había llegado a un pueblo al que los españoles llamaban San Bernardino. Desde la habitación que le habían prestado, podía contemplar una pequeña laguna que reflejaba la luz de la tarde, un espejo de agua rodeado de vegetación que parecía protegerlo de la realidad que acechaba más allá. A lo lejos, una laguna mayor se extendía como un océano atrapado entre montañas.

Un sacerdote venido de Cuba organizó una misa en la cumbre del cerro Otzelotzi. Farid, siempre en busca de nuevas experiencias, decidió unirse a la procesión. Subieron por senderos estrechos, iluminados por cirios que parecían danzar al ritmo del viento. Los feligreses llegaron navegando en pequeños bajeles, como si la fe misma los hubiera guiado a través del agua. Farid, sin entender del todo su propio impulso, se ofreció para cantar.

Desde la cima del cerro, Farid vio los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl al este, guardianes silenciosos de una ciudad que aún brillaba bajo la luz de un sol agonizante. Miró hacia el norte, donde el Citlaltépetl se alzaba como una corona de nieve, y suspiró. “Allá está Tenochtitlán,” pensó, una ciudad que ya no le pertenecía, un recuerdo que dolía más que la nostalgia.

Al descender, algo en el cerro lo llamaba. Se desvió del camino principal, moviéndose entre matorrales y árboles que despedían un olor dulce y fresco. En la cima, un viejo que parecía parte del paisaje le ofreció pescado blanco y agua fresca. Farid, agradecido, aceptó la comida y se recostó bajo la sombra de un árbol. Esa noche, durmió al aire libre, por primera vez sintiendo la libertad como un bálsamo que curaba sus heridas invisibles.

Los sueños llegaron como un torrente. Soñó con batallas, con la música que lo había señalado cuando llegó a la Nueva España. Soñó con un desierto que ardía bajo el simún, una tormenta de arena que se alzaba como un velo entre él y el horizonte. Y entonces, vio a un muchacho, golpeado en las entrañas de un barco, sus labios murmurando palabras que Farid no entendía del todo: “Si se hicieran cálamos con todos los árboles de la Tierra y tinta con todos los mares, no se agotaría nunca la palabra de Alá.”

Farid despertó con una sensación de claridad que rara vez experimentaba en la vigilia. El frío de la madrugada lo envolvía, y por un momento, el mundo parecía detenerse. Se sumergió en el río cercano, dejando que el agua fría lo despertara por completo. En su mente, las imágenes del sueño seguían presentes, entremezcladas con un deseo que no podía nombrar.

“El final está delante de mí,” pensó mientras el agua lo rodeaba. “En un bosque que arde, donde los sueños y la realidad serán uno.”

Farid no sabía si su viaje lo llevaba hacia el oeste, hacia el mar, o hacia algo más profundo, más interno. Pero mientras seguía caminando, rodeado por la naturaleza que parecía cuidarlo, se convenció de que cada paso era una ofrenda, un canto silencioso al universo que lo acogía y lo desafiaba a partes iguales.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes