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En aquel año de 1508, mientras crecía la amistad entre Isaac y Limonges creció también la amistad entre Alessio y Farid. El esclavo y el monje se sentaban bajo un árbol de hojas amarillas en los jardines de la Casa de Dante y el griego le hablaba a Farid de Chipre, su tierra. Le hablaba de su padre el pescador y del poder naval de Venecia. Farid no parecía tener muchas cosas que contar; al contrario, escuchaba. Y conforme fueron pasando los años creció la curiosidad del pequeño monje porque el tiempo, aunque es un tesoro, deja su marca en la cara y el cuerpo, pero Farid no dejaba de ser el mismo. El tiempo, en efecto, no pasaba por él. Seguía siendo el mismo muchacho misterioso que vino por él para llevarlo a vivir con Isaac.