os de miedo, cientos de hombres, mujeres y niños se movían hacia el sur.
Ellos rezaban a los viejos dioses. Haciendo sonidos salvajes. Parecía que fuésemos en camino contrario a la historia. Hubo una marcha y un abrazo. En la laguna exultaron todos los barrios de la capital. Había llegado el fin de la Nueva España y luego más allá, hasta que en 1917 los tres decidieron bautizarse. Estaba lloviendo y un franciscano completamente borracho se aproximó a ellos y les dio sus verdaderos nombres: a ti, le dijo a Atonatiuh, te llamarás Cristóbal porque has cargado a un dios. A ti, le dijo a Chimalpopoca, te llamaré Víctor porque has vencido contra todos tus enemigos y a ti, pequeño Farid, te llamaré Eneas porque has venido a fundar la tierra en la que se pone el sol.
Ya por aquel tiempo se había hecho mucho más cómodo viajar y mendigar, pero seguía siendo peligroso. Con sus nuevos nombres se sentían más libres y era más fácil vivir.
Una tarde, conseguimos una habitación discreta y pulgosa en un pueblo de campesinos. A cambio de cantar canciones para animar a los hombres que bebían tequila los alimentaron y encontraron un viejo templo en el que, sin embargo no se hacían sacrificios. A todas partes había llegado el nuevo dios.
En muchos sitios los perros habían sido más diligentes que los colonos. Habían llegado primero, se les habían adelantado. Lamían sus colas y se apareaban en la plaza del mercado donde, también, habían comenzado a comerciarse bienes de Europa: espadas, que eran ilegales y quesos y vino. Uno se había conseguido una yegua y otro más una vaca y otro ovejas con las que conseguía lana que intercambiaba en los mercados del este.
Fuimos por los caminos en busca del lugar que nos llevara hasta donde se pone el sol. La palabra misma, “sol” sonaba voluptuosa y salvaje. Todo se pone al oeste de Tenochtitlan, aquí los salvajes cambian todos los días de sitio su campamento. Vagan siempre como nuestra pequeña tribu de locos
Se fueron acabando las tabernas en las que los nuevos colonos avituallaban a los exploradores que caminaban como nosotros hacia donde se pone el sol.
—Nunca he entendido —me dijo, para evitar el bochorno de los silencios—, qué es exactamente lo que quieres encontrar en el fin del mundo. Ni siquiera estoy convencido de que haya algo así como un fin del mundo. Tal vez estamos perdiendo el tiempo y vagaremos siempre por tierras cada vez más inhóspitas hasta encontrar otra vez hombres blancos o cualquier otra bestia. No sabes lo que he visto yo en estas tierras.
—No sabes tú lo que yo he visto —le contesté—, caminemos hasta encontrar el mar. Es lo único que te pido.—Nunca he entendido —me dijo, Cristóbal—, qué es exactamente lo que quieres encontrar en el fin del mundo. Ni siquiera estoy convencido de que haya algo así como un fin del mundo. Tal vez estamos perdiendo el tiempo y vagaremos siempre por tierras cada vez más inhóspitas hasta encontrar otra vez hombres blancos. No sabes lo que he visto yo en estas tierras.
Tal vez estamos perdiendo el tiempo y vagaremos siempre por tierras cada vez más inhóspitas hasta encontrar otra vez hombres o cualquier otra bestia.
—Tal vez llegaremos a Jerusalén por esta parte del mundo
—Jerusalén está en cualquier lugar de tu corazón.
Atonatiuh tomó en sus brazos al niño y se levantó.
—Vamos allá, entonces.
Pasaron los días y arreciaba el calor.
A partir del bautismo se convirtieron en verdad. Creían en Cristo, pero Farid se había vuelto el más extraño de todos, en el momento de la violencia, del horror. Cuando la cruz había sido blandida por seres que parecían más bien sus enemigos. Pero creía en Jesús y se había entregado con placer a experimentar los dolores de Cristo quien, pensaba, lo había privado de su hombre interior dándole otra clase de hombre que él no había elegido ser. Era Cristo quien le había sacado el alma del cuerpo, pensaba, y ahí afuera el alma se le estaba pudriendo y terminaría por morir.Conocimos a mucha gente hasta que un día, en un pueblo junto a un riachuelo, un niño nos dijo dónde estaba exactamente el campamento de los cimarrones. Era Susana.
Cruzaron un río. Las indígenas siguen remando. Estos seguro que traen algo. Abastecimientos para los prisioneros. De verdad que los odiaban. Tuvimos que detenernos, los vieron, los revisaron y cuando uno de ellos iba a violar a una de las muchachas, el capitán le dijo, mira, si eres virgen vas a tener que encontrar otro lugar dónde evitarlo porque no va a ser conmigo. Esta es gente y no nos vamos a volver como los europeos. Como los europeos. Eso me incluía a mi, por supuesto. Me fui a dar una vuelta mientras las cosas seguían ahí. Y cada vez mientras más subíamos era mayor el tempo de la locura. Voces, nos atacaban con voces, con luces y fuego que nos estaba siguiendo. Quién eres tu, le pregunté a la muchacha que venía con nosotros mientras los otros se dedicaban a disparar contra los indígenas que estaban ahí. Soy la hija del rey cimarrón. Pero todo se iba volviendo cada vez más impenetrable. Nos atacaron y el español que venía con nosotros se detuvo en la floresta. Y era él, el rey Cimarrón. Había ahí una vieja pirámide. la mancha de sangre en las escaleras se le antojó hermosa y como resistiéndose a ser borrada, igual que él.Se levantaba junto al río una pirámide memoria de otro tiempo. La ciudad se había coagulado. Por sus escaleras bajaba una sombra rojiza que terminaría por despintarse cuando llegaran las lluvias. Frente a la pirámide algunos habían hincado una cruz de madera. La pirámide se sostenía, sin embargo. La tarde en que llegamos a este calpulli, la mancha de sangre en las escaleras pareció revivir. Entre ellos nadie parecía hacer caso, pero Farid extendió a sus pies la Virgen de la Tribulación y comenzó a cantar.
A decir verdad, el campamento cimarrón no era un campamento, era una serie de grupos extendidos en la montaña, río arriba y ahí cada una de aquellas personas estaban buscando la manera de ser felices, de conformarse con sus propias creencias. El rey de los cimarrones no era uno. Eran muchos. La única condición para ser rey cimarrón era no tomárselo en serio. Aquí estaban los campesinos y los borrachos. Los esclavos, los mapuches y los tarahumaras, todos los que resistieron al imperio del español. Y los que lucharon contra el yugo en las encomiendas.
Estaban los que se habían convertido con toda sinceridad gracias a las predicaciones como las de Bartolomé de Las Casas y quienes adoraban a dioses africanos temidos por su crueldad o su lujuria, estaban los europeos que habían escapado de una sociedad corrompida entre los reyes y los sacerdotes y que habían creído. Y estaban los decepcionados de Marx. Estaban los viajeros, los amantes de la teoría del complot, los que dejaron de creer, los que creían en el Apocalipsis. Los que buscaron El Dorado la Las Antillas, los que fueron a Nueva York y no les gustó, los que saltaron el muro, los que se hartaron de París, los que encontraron en Buenos Aires un mal amor.
No había ni hombres con ojos en el estómago ni enanos negros y sabios. Eran humanos todos ellos y sólo tenían una convicción, defenderse de quien les quisiera imponer un modo de vivir. Entre los cimarrones, a Eneas le entró la convicción de que amaba a Atonattiuh, es decir, a Cristóbal. Sólo deseaba su compañía, pero nada más. Quiso sentir que se trataba incluso de un amor más puro porque tenía la gratuidad que no tenía el amor hacia Inés, la abuela mía. Ese amor estaba hecho del deseo de volver a verla desnuda e ir y venir por su cuerpo como quien tensa una cuerda antes de hacer el amor.
Entre los cimarrones todos caminan sin rumbo, parecía ebria o enloquecida. Por la independencia, por las revoluciones, por la guerra. Se enteraron que había sido fundado mucho antes del imperio de Moctezuma, la gente deforme por la viruela, los mutilados por las guerras entre los pueblos, aquellos que perdieron lo que más amaban. No sólo había indígenas, también europeos que gritaban viejas consignas de los tercios españoles. Algunos se arrastraban y otros comían animales muertos en los caminos. O humanos. Habían perdido las facultades y nos unimos a aquella locura en un pueblo moribundo. Sólo una mujer se aproximó a nosotros y nos pidió que la sacáramos de allí, lo hubiésemos hecho, pero nos contó que era la reina de Castilla así que escapamos hacia otra fiesta, en el mismo reino, pero en otro lugar que, como estaba más alto permitía mirar los fuegos y ahí abajo a los locos danzando. Cristóbal comenzó a tocar la flauta, aquella pegajosa canción, la canción que había sido inventada en Galicia y que había transitado todo el tiempo hasta llegar aquí: Rodrigo Martínez, a sus ansarinos, creyendo que eran vacas.
Farid comenzó a cantar. Entendió por fin la canción. Hablaba de un hombre como estos cimarrones. Un hombre loque que iniciaba la gran aventura de conocerse a sí mismo. Encendimos un fuego con leña de pino. Olía bien. En el cielo estalló el último rayo verde. Atonatiuh abrazó al pequeño Cristóbal y se durmieron. Yo soñé con toda aquella locura. Hubiese querido que Atonatiuh me abrazara así. Como si fuese el madero al que se aferra el náufrago. La única salvación.
La única regla del reino cimarrón era no molestar a nadie. No había jefes. Los muchachos y las muchachas hacían el amor con la naturalidad de un bichito que se come un ratón. No había comercio, comían de lo que asaltaban en los caminos o de lo que recolectaban en el bosque. Los caciques nahuas o los señores españoles venían a menudo a buscarlos, pero nosotros vagábamos como una tribu perdida, siempre internándonos, escapando siempre, esclavos en soledad. Porque habíamos sido esclavos de nahuas y habíamos sido esclavos de los españoles. Así sería hasta el fin de los tiempos. Así sería toda la vida. Había fiestas todas las noche y aunque Atonatiuh y yo nos seguíamos amando, tuvimos siempre que hacerlo a escondidas y una hermosa muchachita negra comenzó a coquetear con Atonatiuh.
Los niños juegan, El niño de Susana es TovíasEn la montaña, Isaac vio a un muchacho, a una mujer que bñaba a su niño, era un niño muy hermoso, lobañaba y le dijo: eres tu quien he estado esperando? Se abrió lapuerta delaciudad y el emperador se encontró con su hijo. Quéle has hecho? Preguntó.El tiene que ser el emperador. He venido a reclamar lo que es mío. Muestrate. Cortés miró a Martín. Era un muchacho ciertamente muy hermoso.Tenía todas las características de su mujer. Yo no puedo darte la tierra, porque no me pertenece. Lo único que puedo darte es mi amor. Todos tus hombres estánlejos, va a venir el poder imperial. Tendremos que levantarnos nosotros. (como está muy chiquito, claro,lo dice La Malinche). Era el pequeño Chimalpopoca. Había sobrevivido.
Una mujer baña a su niño.
—Como guiaba Rafael a Tobías —dijo la madre.
—A Tobías —repitió el abad convencido de que se encontraba frente a una loca. Una loca que además, había traído a un niño que, cuando habló para pedir a la madre que se fueran resultó ser tartamudo.
Isaac, Cristóbal y Víctor estaban felices en este lugar. Les gustaba el pescado que traían del río y del lago todos los días. Nos movíamos por el campamento casi desnudos porque hacía mucho calor y unos a otros nos quitábamos los piojos. Algunos tenían miedo de que viniesen los españoles, pero un día vino uno y se unió a nosotros y aprendió las reglas de no ordenar nada ni pedir nada y así estuvo feliz. Yo no. Esta era, en mi mente, otra forma de esclavitud, una mucho más sombría y triste porque estaba disfrazada de libertad. Yo lo que me había prometido es que iría al fin del mundo y ahora tenía que convencer a estos dos necios de que me siguieran, “aunque”, pensé, “no tengo ningún derecho a limitar su felicidad. Si ellos son felices aquí, que aquí se queden.”
Me sentí contento con esta resolución, pero de cualquier forma les diría lo que pensaba hacer:
Encontramos una villa junto al río. La gente comenzó nos dieron de comer. Niebla. Gritos. Conforme subimos la selva, la niebla no permite ver más allá de los árboles. Hemos llegado a un campamento salvaje, y en el olor de la trde, como si la selva me estuviera jalando, supe que estaba cerca del campamento de los cimarrones. Y otra vez, con una lanza, vi en sus ojos como se le escapaba lo que le estaba dando la vida. Cómo se iba por todas partes y yo, convencido ya de que podía realizar milagros, trato de acercarme, pero él me quiere matar. Me aproxima a su cuerpo . Soy yo quien he terminado de matarlo. Soy yo quien me encuentro con esta doledad en el interior del camino donde todo atardece.
Yo tuve que decirles lo que iba a suceder, no podían entender que eustivera buscando ese lugar. Parecían haberse reconciliado por fin con todo lo que había sucedido, con su muerte, nuestra muerte, todo. Nunca sus seres queridos encontrarían los restos de quien más amaron.
Farid y Atonatiuh llegan a una fiesta donde está teniendo lugar una reunión de indígenas. Salen de noche y se internan.
Ese debe ser el sentido de la liturgia, pensó Farid, el sentido del canto cuando no podemos hacer nada distinto sino cazar y amar como todos los otros. Que sea libre con aquella muchacha, se dijo. Y durante una fiesta en que hubo danzas y fuegos volví a planear el escape. Que se quede él en su propio paraíso de esclavos, me dije. Yo había descubierto el sentido de todo aquel viaje y el sentido de mi nombre cristiano, como Eneas había venido de una Troya vencida, me había convertido en un loco que bajaba al infierno y me había convertido también en un caballero andante que enloquecido descubría el Nuevo Mundo. Había fundado en el primer beso que le di a aquel muchacho, mi propia civilización, en el lugar donde se pone el sol.
Durante aquella fiesta, bailé y no dije nada. Lo dejé que fuese feliz, esa felicidad suya de quien no tiene miedo. Vivía él en el país de la dulzura y la felicidad perfecta. Se casará con aquella muchacha y tendrá todo lo que yo no he de darle. ¿Qué sentido tiene querer que esté conmigo si conmigo no habrá para siempre? Adoraba en el baile, el aroma dulzón de Atonatiuh y el de todas aquellas muchachas. Lamentaba no atreverme a besarlo delante de todos. Borracho, queriendo hacer lo que nos hubiese costado la vida, me dije: Tú no eres esto, no es esta tu Roma y no existe para ti el compañero de viaje. Tú eres un inmortal. ¿Cómo podría haberle dicho, ven conmigo hasta donde me están llamando, ven a México y más allá? Conozco los caminos y quiero conocer el sitio donde atardece, por fin, el sol. Me hubiese dicho estás loco, me hubiese dicho, eres el loco que me salvó de ser asesino, me habría dado un beso y me habría abrazado, pero yo no hubiese podido dejarlo. Me mataría su corpulencia y su olor. El deseo de su boca y sus brazos. No quiero volver a morir, ahora que te he encontrado. Este es mi pueblo, me diría Atonatiuh. ¿Para qué? Me fui aquella noche y volví a ser en los caminos el mendigo de la virgen de las tribulaciones. El esclavo salvaje que no puede ser feliz en libertad.
Isaac tomo un trago y luego otro trago y de pronto, se sintió tan borracho en ese calor delicioso a la mitad de la selva, que le pareció que las palmeras habían comenzado a decir cosas, el aire y todo se vació de nostalgia y lo dejó sólo en un primitivo estado de felicidad, una sensación de hartazgo y sensualidad. Se sintió… se sintió en casa.
La droga es la comunión de satanás.
le preguntaba en el idioma del desierto que si era uno como ellos y él dijo la verdad. Que sí. Farid fue por agua y trajo para darle de beber a aquellos muchachos. El más grande que era muy flaco le dijo que no tenía nada de qué preocuparse porque este tiempo para Alá era sólo un abrir y cerrar de ojos. Mā šāʾAllāh.
Muchas veces había escuchado decir aquello Ma sha Alah. Dios lo quiere. Y lejos de enojarse como antes se sintió confortado, como parte de un plan mucho más grande, como la respuesta de un Dios que le dijera yo gobierno el destino de la gota que cae del cielo, del copo de nieve, de la bestia del mar. A lo lejos comenzó a cantar Rodrigo Martínez quien a aquella hora de la mañana rezaba también a su Dios crucificado. Y sin saber como poco a poco comenzó a acomodársele en el corazón una idea que con toda seguridad su amo Isaac habría discutido, la de que Dios es simplicidad, la simplicidad de aquel muchacho que no dejaba de decir que Alá vive en el espíritu del hombre fiel. No era necesario develar misterios ni encontrar lugares especiales para rezar. Junto a Rodrigo Martínez, Farid sintió que el mundo estaba bien orientado a pesar de que en él sucedían desgracias como la de aquel muchacho con el que tanto se identificaba a pesar de que la esclavitud había significado para ambos un destino tan diferente. Aunque, tal vez la diferencia, pensó Farid estribaba en el soplo del ángel el día que en el hammam se durmió junto a Alberto. Se puso a cantar y su voz era muy hermosa porque en ella era evidente que el miedo a la muerte, por fin se transformaba en amor.
Extrañaba a mucha gente. A Atonatiuh y a Lucía. Extrañaba las calzadas acuáticas que se habían levantado en el honor de aquellos dioses de belleza cruel, El don del ángel que venció al Rey Serpiente en los desiertos de Damasco. Encerrado en la tumba de este cuerpo hecho de lodo y sangre, estaba convencido de que sólo yo era mi guía.
Hay música en la catedral de México Tenochtitlán. Un muchacho árabe de quince años que se llama Farid se levanta en sus pies, cierra los ojos y comienza a cantar.
El maestro de capilla recuperó el buen humor. Sus ojos volvieron a brillar como la primera vez que escuchó la voz de Farid. Se sintió, como él, un niño. La voz de Farid, en la Nueva España, era tan hermosa que los miembros del cabildo parecían borrachos pero sin perder la cordura, Estévez volvió a reír y Zumárraga se sentía también tan contento que tuvo tiempo de imaginarse la empresa de cambiar esta pequeña catedral que habían diseñado los conquistadores en cuanto cayó la ciudad. Pronto, se dijo, La Nueva España tendrá una catedral digna del emperador Carlos, digna de esta voz.
ATONATIUH CONFIESA Supongo que muchas cosas estuvieron equivocadas. Mi padre, Moctezuma trató de cambiarlo. Mi abuelo, Moctezuma, trató de cambiarlo. Pero los príncipes nunca lo dejaron. Le mintieron y eso fue la causa de toda esta revuelta. Los españoles llegaron… Comoun ángel exterminador, dijo Isaac. Un ángel exterminador que trajo la música.
FARID CONFIESA Ahora que me has dicho quien soy, dijo, dime tú quien eres. Soy un cantante y no recuerdo nada desde que hize desde que vi al encantador de serpientes.
Me gustas, dijo ella. Por qué sonrióIsaac. Te que pensaba que le gustaba por su feminidad. Por eso, justamente por eso se sintió sorprendido cuando la esucchó decir, me gusta tu dignidad.
Se levantó y, aunque se caía de borracho, trató de bailar. El piso lo tentaba aproximándose a él, pero no pensó que fuese una sensación desagradable, al contrario, se sintió feliz en esta situación que le producía risa de sí mismo, una risa que se mezclaba con miedo y ganas de llorar. El piso entonces pareció levantarse y golpearlo en el pómulo que comenzó a sangrar.
Este es el mundo idílico que Farid encontraría entre los cimarrones el de quien baila al ritmo de la flauta mal afinada todo lo contrario del Encantador de Serpientes que miró cuando iba camino de Damasco.
Por la noche, se aproximó a mi una mujer que traía con ella muchos soldados con lanzas. Me hicieron descender del bote. Pregunté a la mujer:
—¿Quién eres?
—Aquí la guerra ha terminado. Junto a ella se aproximan los niños y como hay niños hay mucha comida. Me llevan con ellos y me uno a la fiesta.
Españoles prófugos, tlaxcaltecas prófugos, judíos prófugos. Aquí todos estamos a salvo de lo que nos ha asustado en vida. Todos estamos a merced del dios de mayo nos hemos vuelto paganos.
—¿Contigo han venido los dioses nuevos? —preguntó la mujer que comía un trozo de pierna de cerdo.
—No lo sé.
—La civilización nos va a desaparecer.
Comienza a llover. Los niños me toman de la mano y me llevan hasta un lugar en la selva en que Atonatiuh descansa su majestad. El joven dios me pregunta:
—Dónde naciste
—Nací en el desierto —respondí.
—¿Cómo era tu ciudad? No lo recuerdo bien. No era una ciudad. Era un campamento de salvajes en el desierto. No vengo a traer la civilización.
—Vamos a entronar al rey de México.
Isaac era hermoso. Las mujeres lo estaban vistiendo y él reía.
—Es verdad que eres un Dios? —le pregunté.
—Soy solo un hombre —dijo—. Pero he visto el fin del mundo.
Estas palabras me recuerdan que yo también miré alguna vez el final del mundo.
—¿Así que has perdido tu condición de dios?
No respondió.
—¿Quién te dijo cómo encontrarme? —preguntó.
—No le pregunté a nadie. Te encontré nada más.
—¿Eres acaso un libertador?
—Soy un cantante.
—¿Has venido para matarme?
—Claro que no.
La hija del hombre, una niña vino y se desnudó ante mí. Yo le pedí que se vistiera y le ayudé a hacerlo. Fue así, en ese pueblo, que comenzó a crecer la idea de que era capaz de hacer milagros aunque hay un solo milagro en mi vida.
Farid despertó aún lleno del sopor del vino. Habían cantado hasta que cayeron borrachos. Lo había despertado el maullido de un gato. En la habitación de junto dormían su amigo y esta nueva amante. Los iluminaba la luz de la luna de febrero. Era difícil llevar el recuento de los días en estos lugares. Escuchó el maullido de un gato. Había vuelto a soñar con el monasterio. No se lo había dicho a Farid, pero lo que él deseaba era volver a Chipre. Había soñado sin embargo con una enorme ciudad sobre la que volaban copos de nieve. Era una ciudad llena de casas blancas y los templos y las garzas y los copos de nieve eran todos tan blancos que lo había despertado aquel resplandor.
—Vamos a escaparnos —le dijo Isaac.
—No —contestó el mulato—. Yo quiero quedarme con mi gente que es la gente de aquí.
Vino a mi habitación una hermosa muchacha. Por qué has venido a terminarlo todo? Es la mujer de Atonatiuh
Su historia era como mía. Era un príncipe veneciano que había venido aquí y tenía la cara llena de para qué.
Se me acercó una mujer que nos regaló al gato y a mí un cuenco con agua. Atonatiuh vino hasta nosotros furioso y me dijo:
—Otra vez estás escapando.
La muchacha, discreta, se fue cargando con pesar su vasija de barro.
—Atonatiuh me dijo llévate al rey. Salva al rey. Acaba con todo, pero llévate al rey. El veneciano y el joven rey salimos de aquel lugar. Se levantaba junto al río otra pirámide. Por sus escaleras que terminaría los evangelios cruzaron una cruz de madera. Cuando llegamos al calpulli, la sangre resistiendo a ser borrada, como nosotros. El olfato nos condujo y ahí el joven rey extendió la imagen de la virgen de los peregrinos.
—El niño pedia dinero. Nos dieron dinero, cacao, bronce.
Subi para escuchar solo el ruido de las monedas, cuando volví el veneciano estaba hí.
—He pensado —le dije a Atonatiuh, y le entregué al gato que ronroneaba—, que lo mejor será separarnos. No hay nada en verdad que nos una. Desde que dejé el campamento de mi padre en otra tierra muy lejos de aquí, prometí a mi madre ser santo y tú en verdad lo único que deseas es emborracharte y tenderte con prostitutas.
Atonatiuh soltó la carcajada, como aquella vez en que lo acusé de asesino.
—¿Un hombre santo? —me preguntó burlón—, no he visto nunca a un hombre santo que me mire con tanto deseo.
Me levanté molesto y salí del pueblo. Vi ya que no me seguía y me sentí ridículamente solo. “No debí dejarle al gato”, fue lo primero que pensé. Y seguí caminando. Luego, “Se sintió consternado”, pensé. “Cuando le dije que me alejaría para siempre de él, se sintió consternado”. Entonces algo dentro de mí se convenció de que esta vez era yo quien tendría que volver sobre mis pasos. Rectificar e ir a buscarlo. “No me importa ninguna aventura o prodigio que no sea su compañía”, me dije. “No me importa que tenga mujeres ni que quiera tanto a ese gato”.
Corrí como un idiota todo lo que equivocadamente había andado y cuando llegué al calpulli indígena supe que Atonatiuh había partido ya, no al oeste, sino al sur de aquel pueblo.
Fui tras él y lo encontré unos pasos más allá, tocando su guitarra y con Pequeño Jaguar durmiendo a sus pies. Me senté y compartimos lo que traíamos para avituallarnos. Ese fue el primer gesto en la soledad de aquella mañana soleada. Que no fue necesario decir nada para decir “perdón”.
—Quiero ir al fin del mundo —le dije a Atonatiuh. El pequeño Chimalpopoca quien me miró con extrañeza. Muy delicadamente le quitaba la piel al pescado y se lo daba a un perro sarnoso.
Atonatiuh pensó profundamente en lo que acababa de escuchar. Abrió sus ojos muy grandes y exhaló.
—No entiendo. ¿Por qué nunca te es suficiente?
—¿Nunca me es suficiente qué? —pregunté.
No respondió. Tal vez estaba haciendo ya conmigo lo que los cimarrones hacen con los criminales. Me había dejado de hablar. Entendí que le parecía violento y peligroso que no pudiera sentirme en paz en ninguna parte. Pensé muy bien lo que le diría y finalmente:
—Atonatiuh. O Cristóbal o como quieras llamarte. Pequeño Isaac o Chimalpopoca, como quieras llamarte. Yo soy Farid. Soy Juan, soy muchos. Y tengo de mi tantos nombres que uno tal vez no me es suficiente. Tengo dentro la civilización y ya no puedo volver. No soy feliz aquí. No me contento, como dices, Atonatiuh, con esta vida y con esta cruz. Creo, con toda sinceridad que este es el verdadero sentido del sacrificio. Ir dejándolo todo detrás, como una serpiente que se despoja de sí misma, se sacrifica a sí misma para quedarse sólo con lo que es suyo. Creo sinceramente que este es el sentido del canto: dar sentido al silencio cuando no hay ya nada que decir y las personas que quieres te miran como si fueses aire o un fantasma.
Me levanté. Tomé un trago de vino, porque siempre me ha gustado brindar cuando he conseguido decir lo que quiero decir y me fui a recostar junto al río porque debajo de los árboles siempre es peligroso que te caiga un bicho. Desperté de madrugada y los vi un poco más allá. Estaban dormidos muy plácidamente, incluso creo recordar que roncaban. “Que sean libres así”, pensé. “El único sentido de este inmenso viaje ha sido volverme pobre de todo amor.”