—Es muy milagrosa —dijo Farid.
Atonatiuh y el niño se sentaron junto al qari. Un gato pequeño salió de las manos de otro indígena que había venido a sentarse junto a ellos y les ofrecía un trago de pulque. Farid lo había rechazado, pero Atonatiuh dijo:
—Entre los mexicanos es muy descortés que rechaces una invitación.
Por toda respuesta, Farid cogió el cuenco y se lo bebió de golpe. A pesar de las marcas de la viruela, Atonatiuh seguía siendo hermoso, el cabello le caía hasta los hombros y apenas le cubría los ojos que eran grandes y negros.
Chimalpopoca preguntó al hombre que les había invitado el trago de pulque:
—¿Cómo se llama este gato?
—Pequeño jaguar —respondió el otro—. Si quieres es tuyo.
Chimalpopoca lo metió en su hatillo, junto a un montón de semillas y una yesca con la que estaba aprendiendo a hacer fuego. Entonces llegó Martín. Conversó un rato con todos y luego dijo, mirando a Farid:
—Deberías venir con nosotros.
El qari dijo que sí, pero antes preguntó:
—¿Por qué me invitas?
—Porque sabes cantar.