F0865 · Jorge se había quedado dormido sobre un volumen de poesía española…

Jorge se había quedado dormido sobre un volumen de poesía española. Despertó sobresaltado. Trató de tranquilizarse, aunque siempre le costaba trabajo. Se levantó para pensar en el futuro y en lo que deseaba. La idea de buscar el camino hacia el este parecía no poder ir mejor. Caminó hacia la ventana y se dio cuenta de que se había quitado los zapatos. Era una costumbre vulgar que, sin embargo, él seguía alentando. Le venía de los tiempos en que vivía en el oriente. Ya estaba atardeciendo y sintió el malestar de quien había dormido toda la tarde. Nada le fastidiaba más que perder el tiempo. Se había convencido de que aquella parábola de Cristo, la de los talentos, no se refería a las virtudes sino al tiempo. A algunos se les daba poco tiempo y a otros mucho tiempo. Pero el tiempo era una inversión. Y él había malgastado la inversión de aquella tarde durmiendo. Olisqueó el aire que venía del Mediterráneo. Si algo amaba era el mar, y especialmente el mar Mediterráneo. Tenía en su sangre los atributos del navegante, pensó. El papa moriría pronto. Tendría que establecerse bien en la corte para poder pedir al nuevo papa los permisos necesarios para establecerse. Había llegado a la conclusión de que había que sopesar la realidad de que en el mundo hay una realidad material y una realidad formal. La realidad formal, la de aquello que se llamaba con cierta frivolidad “el espíritu”, la tenía ganada, según pensó. Después de todo, había dedicado la mayor parte de su vida a pensar en arte y en poesía. No había podido ser un buen monje, pero nadie en Roma lo había conseguido, pensó. La música lo había salvado desde que era un muchacho en la corte de Trebisonda. Volvió a meterse en el libro. Ahí estaba la poesía castellana. Era un idioma hermoso y sonoro. No pudo concentrarse; el sonido de sus sirvientes haciendo música lo distraía. Siempre la música lo distraía. Eso, lo espiritual, estaba del todo cubierto. Lo material, sin embargo, no del todo. Necesitaba dinero. Mucho dinero para poder invertirlo en las investigaciones alquímicas. No viviría mucho más… Unos diez o quince años a lo mucho. Era poco tiempo. ¿En qué se le había ido todo el tiempo de su vida? Meditó en ello. Era imposible saberlo. Su vida le llegaba ahora en fragmentos difíciles de aprehender. Podía capturar, sí, dos o tres momentos importantes. Cuando era un niño temeroso que recordaba con horror las historias que le habían contado de su padre muerto, cuando había conocido el amor en el palacio de Trebisonda, cuando había llegado a la adolescencia y ese amor se volvió tempestuoso y lo hizo dudar primero del Islam. Cuando creyó encontrarse por fin con la realidad del mundo en el cristianismo y cuando en Roma esta misma ilusión se desplomó. Lo único que había permanecido constante todo ese tiempo era la música. Y un amor indeterminado que ahora se concretaba en su esclavo Farid. Volvió a leer la carta en la que le proponían una solución al problema de las muertes en Roma. Se trataba, claro, de evitar el escándalo. Y él lo hubiera hecho con gusto de cualquier forma. Las cosas estaban saliendo también en este sentido según lo previsto. Escuchó nuevamente la voz de Alberto y se estremeció. Tuvo miedo de volver a encontrarlo más allá, en otra vida, en que con la misma cándida inocencia le había preguntado, maestro, ¿por qué yo? No había una respuesta. ¿O la había? Tal vez sí, tal vez la respuesta estaba en que era frágil. En que era un poco loco. El hermano Lionel se lo había dicho. Se le había visto vagar por el monasterio hablando consigo mismo. Se le había visto contemplar congelado una imagen en el huerto de las naranjas o en el pozo. Trató de no pensar en ello. Era hermosa su voz. Pero no. Podría ser cualquier persona. A cualquier pobre diablo le podrían hacer eso. ¿Por qué a Alberto? Lamentó pensando en que todos obedecían a al-Hákim. Y él lo había escogido por diversión.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes