Manuel abrazó a Isaac. Se besaron el pecho y el pelo. Se dijeron cosas que no pueden decirse, ni en árabe ni en náhuatl. Isaac, el esclavo, fue jarra despostillada que cruzó tantas leguas para servir aquí a un único dueño.
—Soy barro. Úsame. Estoy aquí para servirte.
—No llores. No entiendo qué dices.
Isaac volvió a la batalla y olvidó en el arte de esa guerra a Farid, a su madre, el canto llano de los conquistadores e incluso, al Encantador de serpientes.