F1045 · Tomé mi ropa y me vestí tan rápido como pude, mis…

Tomé mi ropa y me vestí tan rápido como pude, mis manos temblorosas luchando contra la tela mientras el fuego rugía detrás de mí. El aire ardiente me envolvía, pero no podía detenerme. Me dirigí hacia la única parte que parecía ofrecerme refugio: la montaña que se alzaba imponente en la distancia, un gigante mudo que se erguía como mi única esperanza.

Corrí hacia ella, sintiendo el calor abrazador en mi espalda, el aliento del fuego siguiéndome de cerca, devorando todo a su paso. Las llamas iluminaban el paisaje, convirtiendo las sombras de los árboles en figuras retorcidas y espectrales. Cuando llegué a la cueva en el costado de la montaña, me adentré en su oscuro vientre sin mirar atrás. Dentro, el silencio era absoluto, denso como el agua, y me envolvía con una frialdad que al principio me paralizó.

Hambriento, encogido en la oscuridad, escuché un sonido que me hizo contener el aliento: un rechinar de dientes que parecía venir de todas partes y de ninguna. Era un ruido constante, agudo, como si las mismas sombras de la cueva tuvieran vida y se burlaran de mi miedo. Pero no era miedo lo que creció en mí, sino una certeza inexplicable, algo que despertó en el fondo de mi ser.

Cerré los ojos, y las imágenes comenzaron a surgir, como si siempre hubieran estado ahí, esperando a ser liberadas. Mi vida pasó ante mí, pero no solo la que conocía. Más allá de Farid, vi otra vida, otro tiempo. Supe, con una claridad que dolía, que antes fui el Esclavo del Centurión. El que habló con Cristo. Pude verlo, escucharlo. Recordé su voz, la forma en que sus palabras atravesaron el aire, llenándolo de algo que no era solo sonido. Era como si el mundo entero hubiera contenido la respiración en ese momento.

Recordé cómo había caminado por caminos polvorientos, cómo había cargado con pesos que no eran míos, y cómo, finalmente, había bebido el agua del olvido para escapar del asesino que me perseguía. El sabor de esa agua seguía en mi lengua, fría y amarga, como un eco de todo lo que había dejado atrás.

Afuera, el fuego seguía rugiendo, pero dentro de mí algo había cambiado. Me levanté, y la oscuridad de la cueva ya no me pesaba como antes. Había atravesado algo más grande que las llamas: el reconocimiento de quién era y de quién había sido. Afuera, el fuego esperaba, pero ya no les temía. Ahora sabía que el fuego no perseguía a un hombre perdido, sino a uno que acababa de encontrarse.

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