Ven ——Farid le lanza las túnicas y le extiende la mano. Guarda la daga y justo cuando entran los guardias al cuarto del amo español, los niños árabes saltan fuera de la ventana.
Farid toma la daga que esconde en el manto y de un solo tajo abre la garganta del español que muere gritando como si fuera un cerdo.
A Farid todo se le va de nuevo. Está tan sorprendido que todo se cierra otra vez, pero han quedado fuera de sus recuerdos esto: la mujer que afila cuchillos y una choza de olores agrios.
El español cae desplomado. Los pies de Farid se desatan, empujan con asco el cuerpo inherte y bofo del español. Afuera se escuchan gritos.
Cuando Eneas llegó al palacio del señor Estévez con la carta de su amo, el esclavo sonrió. Vino a recibirlo un muchacho negro que lo condujo a través de los pasillos. Lo hizo esperar en una salita en la que Eneas se sentó sobre un hermoso silloncito verde y el muchacho negro lo vio tan feliz que decidió preguntarle:
—¿Acaso sabes para que te envió aquí el duque Cornaro?
Eneas levantó los hombros, dijo que no.
El muchacho negro se sentó junto a él y le dijo:
—En verdad que eres muy hermoso.
Eneas sonrió y se sintió halagado.
Entra el español que a veces viene a casa del amo. Trae una bata que apenas cubre la desnudez ridícula hecha de grasa y vellos en los lugares más inhóspitos. Es fuerte.
¿Saben para qué los mandó conmigo el señor Cornaro?
Cuando Eneas entró a la habitación de Estévez, el español le pidió que se desnudara. El esclavo se sintió consternado, pero a un golpe en la cabeza supo que tendría que obedecer. Lo hizo ensimismado, sin entender aún muy claramente lo que estaba sucediendo. Pronto supo que si su cuerpo era la frontera de toda libertad, lo que le estaba sucediendo era, efectivamente, la esclavitud.
Mientras Jorge le besaba el cuerpo desnudo, Eneas pensaba en Alonso. Descubrió que le había mentido: «nunca se acostó con Mi abuela Inés Cornaro», se dijo. Y estaba a punto de sonreír «tal vez me mintió porque me ama». Había comenzado a transformarse en otro. Trataba de concentrarse en todos los recuerdos amables de su vida para olvidar el olor a almizcle de aquel hombre cuando el dolor más grande que había sentido en toda su vida pareció partirlo por la mitad. Estaba siendo penetrado.
Caminó Eneas por las calles de Veracruz y pensaba: «cuando muera me llevaré conmigo todo el honor de la familia Cornaro».
Esa noche el amo le entregó una carta para Estévez. No podía saber que en esa carta el amo estaba buscando vengarse.
Soy ese monito verde, pensó Farid después de la
violación. A esto siguen una y otra vez entregar el cuerpo
desnudo al cura que bendice antes de blandir la lanza y
penetrarte. Soy ese monito verde, pensó Alessio, tu bastón, y te he traicionado.
Farid comenzó a caminar y así salió de La Habana.
FARID RECUERDA LOS JURAMENTOS
Ahora Farid es venas que se revientan. El corazón está a punto de salírsele. Se le llenan los torrentes y se llevan toda felicidad.
Esto no es caricia ni un juego, no es el beso que en el jardín le dio la señora. Es un golpe seco e Farid se siente penetrado con asco. Se ha vuelto ya un esclavo de los pies a la cabeza. Desnudo y enajenado de si mismo.
Sólo se ama quien comparte las cicatrices. Tú morirás, Mohamed, ellos también morirán. Hay una sola cicatriz. Incluso la cicatriz de la violación de Farid, todas son arañazos.
Farid miró al hombre desplomarse junto a él. Tenía la boca llena de su aroma.
El hombre le dio un dinero y dijo:
Gracias.
Farid tomó la mano de Farid, le puso una daga, la llevó a la garganta del hombre y de un solo tajo le cortó la garganta.
Farid se quedó tan sorprendido que todo volvió a desaparecer. Una mujer afila cuchillos. Una choza de olores agrios.
Nunca vamos a hablar de lo que ha sucedido aquí.
El hombre cayó desplomado a los pies de Farid.
Los muchachos habían corrido ya fuera del palacio.
Jorge Estévez quedó muerto sobre un charco de sangre. Farid se decía: Acabo de matar un hombre. Soy un esclavo y acbo de matar a un hombre. Discúlpame por todo lo que te he hecho, discúpame por todo, vete de aquí.
¿Qué sucedió? Farid no sabe. Unos soldados dan vuelta en la esquina. Tienes que huir, dice Farid.
Farid se siente perseguido. Cada gesto, cada persona que lo mira. Sabe que va a morir.