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El consejo tutelar de menores en Culiacán olía a ese sudor dulzón de muchacho que se mezcla con cloro barato, medicina vencida y polvo. Un olor que se pega a la garganta igual que el humo en los salones de maquinitas donde los adolescentes pasan las tardes apostando monedas que nunca son suyas.

El hospital del consejo era un pabellón largo, pintado de verde pálido con cenefas blancas que parecían intentar inútilmente domesticar la tristeza. Doce camas a un lado, doce al otro. Ventanas con barrotes. Más allá del vidrio esmerilado se adivinaba un campo reseco y un árbol que, cuando soplaba el viento, parecía rascar la pared con sus ramas.

Alexandru Félix Guzmán estaba en la tercera cama del lado derecho. Tenía diecisiete años, el pelo negro en bucles apretados y la pierna vendada desde la cadera hasta el tobillo.

Dormía.

Soñaba con una carretera llena de luces azules, con disparos y con una camioneta atravesada en el camino. En el sueño había un hombre que reía mientras bebía cerveza. También había alguien que gritaba:

—¡Viva Sinaloa!

El grito se mezclaba con el dolor en la pierna.

Cuando despertó vio a un muchacho sentado al borde de su cama.

—¿Quién eres? —preguntó el muchacho.

Alexandru quiso responder pero el sedante todavía le pesaba en la lengua. Volvió a hundirse en el sueño.

El muchacho se llamaba Saúl.

Saúl había visto todo el despliegue de seguridad cuando trajeron al nuevo interno. Policías armados, médicos nerviosos, órdenes murmuradas en los pasillos.

Algo raro pasaba con ese muchacho de pelo chino.

Esa noche los policías se quedaron un rato en el pasillo, fumando y hablando en voz baja. Luego se fueron.

Cuando la puerta se cerró, Saúl encendió una radio pequeña que escondía bajo la almohada.

La banda comenzó a sonar muy bajito.

Alexandru escuchó la música como si viniera desde el fondo del agua.

—¿Qué me ves? —preguntó Saúl.

Alexandru negó con la cabeza.

Saúl volvió a esconderse bajo la sábana.

—Si le dices a alguien que tengo radio, te parto la madre —dijo.

Alexandru giró hacia la ventana.

Nunca he traicionado a nadie, pensó.

Lo único real ahora era el dolor de la pierna.

Los días comenzaron a repetirse.

La radio de Saúl, las canciones de banda, las discusiones lejanas de los policías.

—¿Dónde estamos? —preguntó Alexandru una mañana.

—En el tribilín, pendejo —dijo Saúl.

Se quedaron callados.

—Van a venir por mí —dijo Alexandru al rato.

Saúl lo miró con curiosidad.

—¿Quién?

—Mi gente.

Saúl sonrió.

—Pues ojalá.

Alexandru cerró los ojos.

—¿Tú para qué eres bueno?

—Para pelear.

—Yo no —dijo Alexandru—. Pero dame una Beretta.

Saúl soltó una carcajada.

—¿Una qué?

—Una Beretta —repitió Alexandru—. Y vas a ver cuántos cabrones cazo.

Saúl estaba en el consejo tutelar porque lo habían declarado inestable.

Decía escuchar cosas.

A veces veía figuras en las paredes. Oía voces que le ordenaban hacer cosas que él no quería hacer.

—Estoy loco —le explicó una tarde a Alexandru.

—Se te nota —respondió Alexandru.

Se rieron.

Por primera vez en semanas.

Una madrugada Alexandru despertó con la radio encendida.

—Esa voz —dijo Saúl—. ¿No te parece la mujer más hermosa del mundo?

—¿Cuál?

—La de los cuentos.

Era un programa nocturno para niños.

La locutora hablaba despacio, con una voz dulce que parecía venir de otro planeta.

Alexandru escuchó un rato.

—Puede ser —dijo.

—Debe tener el pelo negro —continuó Saúl—. Largo.

—Ni madres. Corto.

—Y los ojos claros.

—Y las piernas largas.

—Y las nalgas duras.

Los dos rieron.

Era una conversación absurda pero por unos minutos el hospital dejó de ser hospital.

Dos meses después Alexandru ya podía caminar.

La pierna seguía doliendo pero se sostenía.

Aquella mañana despertó y el catre de Saúl estaba vacío.

Se sintió raro.

Triste.

Tal vez lo habían trasladado.

Se volvió a dormir.

Cuando despertó otra vez Saúl estaba sentado frente a él.

—¿Dónde estabas?

—Me querían llevar al manicomio.

—¿Y?

—Me escapé.

Alexandru lo miró.

Saúl sonrió.

—Cuando vengan por ti —dijo—, llévame contigo.

Alexandru no respondió.

Pero pensó que sí.

A las diez de la mañana comenzaron los disparos.

Primero una ráfaga.

Luego otra.

Los internos gritaron desde las celdas.

—¡Arriba Sinaloa!

Las camionetas entraron rompiendo el portón.

Hombres armados con AK-47 bajaron disparando al aire.

—¡Alexandru! —gritó uno.

Era su hermano Héctor.

Alexandru ya estaba de pie.

Saúl estaba junto a él.

—Vámonos —dijo Alexandru.

Corrieron por el pasillo.

Los policías caían uno tras otro.

En menos de siete minutos todo había terminado.

La camioneta BMW salió del consejo tutelar escoltada por varias Cheyennes.

—¿Quién es este? —preguntó Héctor mirando a Saúl.

—Mi compa —dijo Alexandru.

Saúl habló antes de que nadie preguntara:

—Soy amigo de Alexandru desde morritos.

Héctor lo observó un momento.

Luego rió.

—Pues súbete.

En la carretera pararon a comer algo.

Las cervezas aparecieron sobre la mesa.

—Farid quiere que te largues a Cuba —dijo Héctor.

Alexandru asintió.

—¿Vienes? —le preguntó a Saúl.

Saúl miró el desierto gris de la tarde.

Pensó en las voces que a veces escuchaba.

Pensó en el hospital.

Pensó en la radio.

—Claro —dijo.

Luego sonrió.

—¿Pues qué no soy de Sinaloa?

Cuando subieron al coche rumbo al aeropuerto, Saúl apoyó la cabeza en el vidrio.

El paisaje pasaba lento.

Por primera vez en meses no escuchaba ninguna voz.

Tal vez, pensó, para esto había nacido.

Para encontrar a Alexandru.

Y aprender a matar.

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