F0067 · rece una escultura de Miguel Ángel.

rece una escultura de Miguel Ángel.  

Farid, el hermano de sangre, no sobrevivió (y eso que había jurado que estarían juntos toda la vida). Farid sí. Su cuerpo, como su nombre árabe, todo perdona.

***

Con el nuevo gobierno Omeya, las cosas no van bien para el señor Cornaro. 

Farid pasa el tiempo conversando con Farid.

***

Hakim le acarició la cabeza y la cara y luego muy gentilmente me ató las muñecas a la cama. Me dijo en voz baja que lo hacía para que no fuese a lastimarme. Soy alquimista, le dijo en su idioma del desierto. 

Farid esa noche despertó y ya no pude dormir. Lo primero que traté de hacer fue desatarme, pero era imposible aunque, como estaba desnudo, pude verme por fin: ahí estaba la cicatriz, la realidad. A la mañana siguiente, el árabe apareció con un cuenco de leche. Me dio a beber con una cuchara de madera y me pidió que no olvidase nunca el nombre de quien me había castrado, Jerónimo, el Genovés. Me preguntó que quién era y me secó las lágrimas. Sabía que me habían llamado Farid, pero quería saber el nombre de mi infancia. Mi nombre de musulmán. No lo recordaba. No recordaba nada y entonces me di cuenta. Queriendo que mi voz durase para siempre la perdí. Había perdido la voz, pero la recuperaría cuando conociera a Farid.

El árabe asintió. Me condujeron cargado hasta una habitación amplia en una torre junto a un puerto que, ahora lo sé, era sirio. Había en ella un espejo en el que, cuando desperté, comencé a mirarme curioso. Ahí estaban, las cicatrices al centro de mi cuerpo. La realidad.

Una mañana entró el árabe y me dijo en griego:

—Te han bautizado. ¿Cómo te llaman niño del desierto?

—Alexander.

El hombre sonrió.

—Soy tu médico. No debes mentirme.

Entendía, pero no estaba yo para discusiones ecuménicas.

—No me interesa —le dije—. Ahora me llamo Alexander y me han bautizado un millón de veces.

El médico otomano sonrió. Lanzó al mortero polvos de olor dulzón que producían quimeras.

Con el paso del tiempo me fui curando, el médico me tenía amarrado y drogado con humos de colores que se desprendían del mortero. La cuerda cada vez era más larga. Comencé a inventar un plan. Tenía que volver al monasterio. Yo que antes deseaba ser esclavo, ahora quería cantar. Podía levantarme de la cama e ir hasta el espejo y tratar de convencerme de que ese muchacho desnudo era yo.

Conforme pasó el tiempo y el dolor se fue calmando, aprendí a adivinar la hora en que el sol entraría por la ventana, cómo iluminaría las motas de polvo en la tarde y el momento en que allá afuera comenzarían las danzas y los cantos de las putas, los golfos y los marinos. Adivinaba tantas cosas que adiviné el momento justo para cortar la cuerda que me ataba a la cama y, cuando escuché que subía el otomano: “¿qué hay atrás de la puerta?” pensé. Le reventé al médico otomano una jarra en la cabeza. “Hay una nube” me decía, con el otomano a mis pies. ” ¿Y detrás de la nube?” Una ciudad. Casi me resbalo en la sangre de mi médico. Abrí la ventana. Respiré aire limpio. “Detrás de la nube hay un desierto. ¿Y detrás del desierto?” Completamente convencido de que me había transformado en albatros, me arrojé fuera de la ventana y para mi sorpresa, no pude volar.

Conforme pasó el tiempo y el dolor se fue calmando, aprendí a adivinar la hora en que el sol entraría por la ventana, cómo iluminaría las motas de polvo en la tarde y el momento en que allá afuera comenzarían las danzas y los cantos de las putas, los golfos y los marinos. Adivinaba tantas cosas que adiviné el momento justo para cortar la cuerda que me ataba a la cama y, cuando escuché que subía el otomano: “¿qué hay atrás de la puerta?” pensé. Le reventé al médico otomano una jarra en la cabeza. “Hay una nube” me decía, con el otomano a mis pies. ” ¿Y detrás de la nube?” Una ciudad. Casi me resbalo en la sangre de mi médico. Abrí la ventana. Respiré aire limpio. “Detrás de la nube hay un desierto. ¿Y detrás del desierto?” Completamente convencido de que me había transformado en albatros, me arrojé fuera de la ventana y para mi sorpresa, no pude volar.

***

Afuera, en la calle, los soldados encendieron faroles que chirriaban soltando un olor de grasa y ellos se fueron a una hostería y comieron pescado del Nilo con aceitunas. El hombre que los llevaría a la Meca les había dado dinero y Jamil le dijo:

—Cuando lleguemos a la Meca reza para que Hakem olvide todo lo malo que he hecho.

Farid la abrazó. Y se prometió que rezaría por ella. De noche, se tendieron bajo un alminar en las ruinas del templo de Júpiter junto a otros mendigos y por alguna razón se sintió feliz. Cerró los ojos y trató de recordar la historia del Rey Serpientes, de ver los ojos del ángel que les había abierto los sentidos y mirar sus ojos, los ojos de la divinidad. Aquel día creyó que lo había visto todo: la ciudad, el mercado, la mezquita. Lo que había sentido cuando de venirle a la mente todas las cosas que había visto en la ciudad: el mercado y la mezquita, el agua fría en los pies. Pensó que quería ser bueno. Para ir a la Meca.

Al día siguiente, en un hammam muy similar a este en el que hablaba con Alberto se entregó a la sensualidad de los masajes, del té y de la música. El hombre que lo condujo al día siguiente hasta los baños había caminado con él por la calle. Y fue ahí, de la mano de ese extranjero que vio a un Encantador de serpientes. Lo contempló absorto porque creyó ver en él al héroe de su pueblo, al héroe que bailaba con el reptil asesino, con el Rey Serpiente. El muchacho estaba desnudo. Pero no sólo desnudo de ropa, estaba desnudo de muerte. Era un pequeño Dios que había vestido un doloroso traje de tiempo y más tarde, cuando fueron al hammam, Farid ya no pensó en su madre ni en lo que había pasado con ella, poco a poco, claro, se dio cuenta de que había sido vendido. De algún modo el genovés que había tratado de comprarlo en el campamento de su padre los había encontrado y estaba ahí, delante del muchacho, para bañarse con él.

***

Farid lo mira sonriendo. ¿Qué hay detrás de las nubes? Una

puerta. ¿Y detrás de la puerta? El desierto. ¿Y detrás del

desierto? Una ventana. ¿Qué hay detrás de aquella ventana?

——Cuando estés lejos ——pidió el otomano——, no te olvides de

mi. En donde quiera que estés, en el cielo o en el infierno,

niño del desierto, acuérdate de esta casa. No te olvides de

mí.

No lo haré, pensó Farid. Ni en el cielo ni en el desierto. Se acordaría de esa casa y ha cumplido todos los días de su vida en este hombre cuyos brebajes y hierbas ardiendo le arrancaron la memoria. Lo hicieron descender hasta un río en el que bebió el agua púrpura del sin olvido y se purificó de todo dolor. El de las pócimas blancas y dulces. El que le ayudó a sobrevivir a la castración. 

Había aprendido de noche a escuchar los gatos y de día el graznido de las gaviotas. Reconocía la ora del día por los sonidos afuera de la ventana, las risas de las prostitutas y los golfos, el chocar de las botellas de los marinos. Eran muy distintos los ruidos de la tarde y la mañana, los de la noche. Y  a pesar de vivir ahí, sin dolor ni ansiedad. Lleno sólo de una deliciosa sensación de pereza decidió que llevaría a acabo el plan. 

—Te traje de cenar —dijo el otomano y se sentó junto a él.

Duelen todos los movimientos sobre la cama.

—Todavía estás sangrando. En cuanto sanes por completo, vas a ir a Roma.

Dolía, pero valía la pena porque también como Alberto, estaba seguro de que aquella cicatriz le había regalado una suerte de inocencia que lo había vuelto inmortal.

—Regálame una manzana verde —dijo por fin en el idioma del desierto.

Y el hombre otomano lo comprendió. Nunca había escuchado lo hermoso de su voz. Le acarició la cara y le dijo que tenía suerte.

han sido liberados en este mundo para vivir sumisos en el verdadero mundo que ha creado Dios para los fieles. Durmieron después de comer a pesar del calor y el miedo a los escorpiones. Tenía miedo de los lobos, de los turcos, de los asaltantes. De encontrarse con el genovés en la ciudad de Damasco hacia donde estaba dirigiendo sus pasos sin saber muy bien por qué aunque tal vez deseaba ir a la ciudad santa en la

que dentro de muchos años volvería el profeta Hake Biamr, dios de la paz eterna.

—Tenía seis años —dijo Farid en el hammam.

Y no había ido nunca más allá de la colina del soco. No conocía otra cosa que el movimiento de las nubes y el idioma salvaje de su padre, el olor agrio del seno de su madre y el color de la montaña cuando el sol se disuelve como absorbido por sus cavernas.Se preguntaba por sus hermanos y se durmió con la esperanza de que Omar tal vez lamentaría haberlo querido vender. Seguía contándole la historia del Rey Serpiente, una y otra vez porque había llegado a comprender que en la historia de su madre había un significado oculto que tal vez entendería muchos años después. No deseaba otro olor que el de su madre ni otras historias que aquella historia misteriosa. Habían caminado tres días y pronto llegarían a Damasco. Farid ya no preguntó nada para no entristecer a su madre. 

Dos días más tardes, flacos y agotados caminaban frente a una enorme mezquita de luz azul y dorada en la que estaba escrito: yo morirá, tú morirás Mohamed, sólo el altísimo no morirá. 

En el mercado escuchó cantos y música de instrumentos que jamás había imaginado. Telas, frutas y relojes, instrumentos musicales (fue la primera vez que miró un oud) alformbras, cascos y cimitarras. Esencias de perfumes que le confundían los sentidos con otros que venían de más allá: el jengibre y el algarrobo. Jamil tenía dinero que había escondido para el caso de que tuviera que salvar a su hijo de la esclavitud. El sonido del agua cae en la piscina fría y Farid habla y su voz se desprende como las sales mientras recibe el masaje de agua caliente. Detrás de la cortina, los músicos rasgan laúdes y cantaban canciones de amor. El sabor del té engrandecía los ruidos y él se tendió desnudo sobre el mármol. Escuchó perezoso a la gota que se desprendía del techo. Alberto volvió a tocarle la cara.

Recordó que en aquellos años, se había visto en un espejo de bronce. Todos los recuerdos del presente y de un pasado que intuía inmortal, todos los recuerdos de ese día se agolpan en una única unidad de espacio y tiempo. 

Vagaron como mendigos por la ciudad de Damasco y nunca se sintió tan feliz porque Massah Allah, porque así lo había querido Dios y él nunca había tenido a su madre para él y pensaba en el Rey Serpiente. Pensaba mucho en el significado de la historia.

Atonatiuh reflexionaba también en el misterio de la serpiente. Reflexionaba también en ese mismo momento frente a un espejo y pensaba en lo que le había dicho su madre, en que había visto al dios serpiente descender por la colina transformado en la humedad que todo fertiliza. Era el dios que traía la civilización del oriente, el que venía a fertilizarlo todo con la humedad de la codicia y la sensualidad, con el deseo de penetrar este mundo, estas bocas que están a punto de tocarse para transmitir la humedad de una parte a la otra, para entregarse al misterio de lo que están sintiendo que es el mismo misterio de la serpiente que desciende de la montaña y todo lo llena de un vapor, como el vapor en el hammam. Atonatiuh piensa en Izcóatl y en la curiosidad que le produce. En sus dientes blancos y en lo raro que es estar viviendo en un mundo que se está acabando porque, en efecto, todo se está acabando. ¿Cómo si no se explican aquellos encuentros cada vez más frecuentes? A pesar de su edad y por pertenecer a la clase del calpulli, en el pueblo se habla de los cambios en el gobierno, en la necesidad de someterse o no a Dios. En la voluntad del altísimo Ometecutli, en la transformación y en el deseo o no de la esclavitud. Había sabido que su prometida, Tenépatl había sido vendida a los mayas del sur de donde venían noticias cada vez más inquietantes. Escaseaban los productos de las islas del norte porque

—¿Alguna vez has estado enfermo? 

—Vivíamos con el señor de la guerra. 

—¿Con un beduino? 

—Sí. Una vez le pegó a mi mamá y me dio fiebre durante cuatro días. Tenía cinco años. 

—Eres leal. 

Como si fuera perfectamente normal, Dalí tocó los muslos del muchacho como si probara una fruta que no sabe si comprar en el mercado. 

—¿Leal? 

—¿Eres? 

—No sé.  ¿Cómo es Grecia? 

—Grande —respondió Dalí, con ganas de volver a los temas de su interés. 

—Di algo en tu idioma. 

—No soy monito de feria, Farid —dijo él, muy hosco. 

Farid bajó los ojos. 

—Discúlpeme. 

—Eres modesto, estás sano. Eres bonito, Farid, muy bonito. 

Gracias, contestó el niño. Nunca se sintió tan halagado.

Desde la hostería del Azul, Farid mira el alminar de la masjid. Sólo su fuerza vertical con inscripciones coránicas que Farid no puede leer. Es enorme y de turquesa. Parece un mosaico de vidrio que rompe la monotonía de los techos rojos en la ciudad. Hay viento. Vuelan telas en los balcones de las casas. El niño imagina que se lanza y sabe cómo volar. Vuela sobre Damasco y va hasta donde la mujer que hierve té de menta. Dan ganas de gritar que mañana nos vamos a La Meca porque somos buenos musulmanes y el hombre que asesinó mi madre no será ya más nuestra sombra de mala suerte. 

—Yo te ayudo a matarlo. 

—Si. 

—Ese hombre. ¿Él es mi padre? 

Jamil sonrió y te contó, Farid una historia maravillosa. Tu padre era un dios del río. Un dios verde. Tenía mil brazos, era alto como una colina. Tenía los ojos verdes, era el más grande señor de la guerra.

***

sabor de los pasteles con la almendra al centro, el crujido de la masa que

se desmorona bajo los dientes y se pega al paladar. La lengua que

se enciende de sensaciones, una detrás de otra, piensa Farid:

almendra, sal, miel, muerte, polvo, perro, piedra, primer orgasmo  luciérnagas.

 al encantador de serpientes. el pecho de Jamil La sábana de piel de carnero y la lámpara que huele a sebo. El olor de Jamil que es agrio y rico como el limón de Tenochtitlan. 

Jamil por la noche acariciaba tu pelo. 

y castración.. El alminar. Los muros de verde turquesa, la voz del niño sobre el canto llano. Las ciudades que aparecen vibrando y el maná que cae del cielo. La cúpula y la masjid. El canto del muecín: Veremos como vuelves tu rostro al cielo. Venus, Al-Debarán. El canto del gallo el camino que me trajo desde el monte Olimpo. La libertad que me regaló mi madre.

El olor del cuerpo sucio de Farid se mezclo con un olor dulce de perfume de rosas. Tienes los dientes muy blancos, dijo Carlo. Los dos son muy hermosos.

Farid sonrió. Farid sonrió también.

Carlo quitó la toalla a los dos niños y los puso sobre una de las sillas de marmol del hammam. Les pidió que se dieran la vuelta para mirarles el cuerpo.

No hay cicatrices. Muy bien. Los dos están muy sanos. Y tiene bonitos ojos. A Farid. Tus ojos son verdes ¿o son grises? No sé. Carlo soltó la carcajada. ¿Puedo bajar de aquí? Preguntó Farid.

Claro que sí, dijo Carlo. Que sin prestar demasiada atención a los niños decidió de pronto tomar un hato de hierbas en una cazuela de metal y comenzó a frotarse la espalda.

Farid se cubrió con la toalla. Eres un niño modesto, dijo Carlo. Pero lo más importante es que estás sano. Que no tienes cicatrices. ¿Has estado enfermo? No.

Tienes todos tus dientes y ojos grises. Y no has estado enfermo nunca. Carlo cerró los ojos y se tendió a disfrutar del vapor del hammam.

¿Quieres agua? Preguntó Farid. Si. Farid bebió de un jarrito de agua fresca. El griego sin hacer caso de los niños se talla los pies. Parece haber perdido el interés en los niños por completo.

¿Por qué hablas así? Preguntó Farid. ¿Así cómo? Extraño.

Eres tú el que habla extraño. Es difícil entender lo que dices. ¿Cómo es Europa? No sé. Nunca he ido. Pero mi padre cuando me vendió a Carlo dijo que me gustaría. ¿Te vendieron? Sí. ¿A ti?

Farid se quedó pensativo. No. Soy un hombre libre. No tengo Dios. Yo tampoco.

Luego Carlo condujo a los niños por un laberinto de aromas inexplicables.

Una mujer en un idioma extraño tendió a Farid en una cama y comenzó a darle masaje.

Comentaba con Carlo en un idioma extraño. Aprobó y lanzó sobre el cuerpo del niño cubetadas de agua: templada, caliente, fría. Los poros de su cuerpo se abrieron, se fue todo el cansancio. Se sintió relajado y limpio.

Luego hizo lo mismo con Farid.

Cuando salieron y después de bañarse, Farid y Farid se estuvieron viendo en un espejo enorme tallado en lámina de cobre e Farid se sintió feliz. Hermanado con este otro niño de cabellos como rayos.

Entraron a la piscina. Y es una mañana entera de libertad. Aquí culmina el viaje de tu vida, el viaje que te trajo a Damasco. Desnudo nadando debajo del agua. Pasan las horas y tus pies se arrugan.

Entre la alberca y el techo rebota el sonido. Afuera Damasco, el misterio de una ciudad tan grande y el desierto y todo, Jamil y el señor de la guerra, tu tribu y el souq quedaron atrás.

Quisieras seguir aquí toda la vida, encerrado en eta cápsula de agua. No es tiempo de despertar. Está la piscina y el techo. La gota que cae sobre la superficie del agua y resuena diciendo como que el destino existe y te trajo aquí frente a Farid que de pronto te toca la cara y sonríe, con sonrisa curiosa.

El destino existe. Lo ha inventado el Único, el mismo que ha inventado la muerte. Doce, trece, catorce gotas caen en el cuarto contiguo. Es un sonido delicioso que invita a crecer. No imaginas nada en este invernadero sin fantasmas ni muerte.

El griego se limpió una gota de agua que se deslizó de la frente hasta su pestaña, se levantó, golpeó las manos y un par de esclavos se aproximó para entregarles a él y a Mohamed, hermosas batas de seda blanca y unas babuchas bordadas con un gusto tan fino que daba pena pisarlas.

Atrás se quedó el tic-tac de la gota que marca el paso del tiempo. Tanto tiempo. Atrás se quedó tu infancia. El ruido en esa piscina  de la que se desprende una gota del techo. Golpeteo que se desprende como las sales del tiempo, presentimientos. Golpes de silencio, uno por uno en la mar de tu cuerpo. Y aunque hubieras querido morir ahí, en esa piscina o mirándote en el espejo de cobre junto a Farid. El encantador de serpientes. Había pensado en otro destino para ti.

Farid terminó de vestirse primero. Sus sandalias estaban viejas, entonces Carlo puso a sus pies un par nuevo y luego, como si fuera el turco de Solimán, se acomodó un puñal en la faja.

Farid se sintió pequeño junto al gigante. Qué vergüenza pensarlo. Hubieras querido que aquel hombre fuese tu papá.

Afuera del Hammam está el minarete y un eremita grita y pide dinero para seguir expulsando demonios.

Con el paso del tiempo me fui curando, el médico me tenía amarrado y drogado con humos de colores que se desprendían del mortero. La cuerda cada vez era más larga. Comencé a inventar un plan. Tenía que volver al monasterio. Yo que antes deseaba ser esclavo, ahora quería cantar. Podía levantarme de la cama e ir hasta el espejo y tratar de convencerme de que ese muchacho desnudo era yo.

Conforme pasó el tiempo y el dolor se fue calmando, aprendí a adivinar la hora en que el sol entraría por la ventana, cómo iluminaría las motas de polvo en la tarde y el momento en que allá afuera comenzarían las danzas y los cantos de las putas, los golfos y los marinos. Adivinaba tantas cosas que adiviné el momento justo para cortar la cuerda que me ataba a la cama y, cuando escuché que subía el otomano: “¿qué hay atrás de la puerta?” pensé. Le reventé al médico otomano una jarra en la cabeza. “Hay una nube” me decía, con el otomano a mis pies. ” ¿Y detrás de la nube?” Una ciudad. Casi me resbalo en la sangre de mi médico. Abrí la ventana. Respiré aire limpio. “Detrás de la nube hay un desierto. ¿Y detrás del desierto?” Completamente convencido de que me había transformado en albatros, me arrojé fuera de la ventana y para mi sorpresa, no pude volar.

Muchos años atrás había despertado mareado, después del hammam en un cobertizo, sobre una cama de paja. Y junto a él se encontró con un muchachito que dijo que se llamaba Rashid. Ahora en Sevilla lo sueña igual que sueña las gotas del agua que se desprenden del techo del baño de vapor, del techo del cielo un tac tac que vibra en los charcos del jardín del Señor de las Salinas y vibra sobre el impluvium arrugando la superficie tersa del agua. 

Lo extraño de que su madre hubiese muerto y que toda esa aventura le hubiese conducido a otro mercader en la ciudad de Damasco le produjo tanto asombro que durante mucho tiempo no pudo llorar. Recordaba sólo obsesivamente al niño desnudo, al Encantador de Serpientes que bailaba con el enemigo de su pueblo. Recordó a su madre leyendo con dificultad las letras de oro que en la mezquita rezaban: tú morirás. También él morirá, Mohamed. Sólo el Altísimo no morirá. Esta, después de todo era la única cicatriz. Saber que lo que más amaba había muerto. 

Una tarde a Rashid y a Farid los llevaron hasta una mujer que los desnudó y los miró con aire interesado.

—Están pálidos —dijo ella—. Pueden morir. 

256 

Dalí, el vendedor de esclavos dijo que era un riesgo que habría que tomar. Farid trataba de encontrar la extraña relación entre el Rey Serpiente de los cuentos de su madre y el niño que bailaba bajo el muro de la mezquita. No entendía nada o no había querido entender, a pesar de que Rashid le había dicho: 

—Nos van a castrar. Farid trataba de olisquear la habitación. Sangre y olor a madera quemada y en otro mundo, más adelante, el mundo en el que recuerda, la jara de ládano en el jardín de Luis Méndez de Sotomayor.

Es Farid. Ahora se da cuenta. Es él el que grita y jala las

cadenas, se enreda en ellas sobre la cama, trata de correr a

la puerta, sube, escala la pared de madera, el piso sube con

él, sube más rápido, lo alcanza, se le pega a la cara, pero

no hay dolor ni pena aunque allá, a lo lejos escucha él mismo

sus gritos. La sensación del suelo le trae de nuevo el mareo

y luego el olvido. Desapareció el dolor.

Farid se arrastra en el piso. Se acomoda. ¿Mamá?

Abajo se escucha algo. Una voz. Es primero una voz muy

quedita que le susurra en la oreja. Es el hombre barbado, el

hombre de las hierbas y los filtros.

     —Si te vas al infierno, Farid,  acuérdate de Ibrahim.

     Farid grita. De pronto se escucha claramente. De un

salto se levanta y arrastra la cama por toda la habitación.

     —Tranquilízate, niño árabe. Van a venir a pegarte.

Gritos. Ahora todos son gritos y risas de Ibrahim que allá abajo murmura: —Parece que hueles la muerte, Farid.

¿Qué hay detrás de la lengua? ¿Qué habita detrás de la nube? Ha de

morir el cantante. Palabras. ¿Habrá otra nube? Nada. Sabor a

cigarro. ¿Cómo llegué aquí? Palabras. Canon: una tras otra. La

voluntad ordena, hay espacio y tiempo donde había un correr

eléctrico y sin sentido. Todavía se desprende de la sábana un

calorcito. He sudado. Palabras. Parece que flotan bajo la lámpara.

¿Dónde estoy? Soñé a Farid. Se veía en un espejo de bronce pulido.

Decía: ¿qué hago aquí? O ¿Cómo llegué aquí? Creo que dijo algo, no

dijo nada, eran huellas en el cerebro que puso tiempo y espacio

cuando estaba a punto de despertar.

     Como llegué aquí. Farid se miraba en un espejo de bronce

pulido y preguntaba: ¿Cómo llegué aquí? Iba vestido de seminarista

novohispano. Había, claro, anacronismos: un reloj, una pluma

atómica, papeles regados y un whisky.  Sigo vestido. Las monjas

del otro lado de mi balcón estaban cantando. Damasco, el

encantador de serpientes, la clase de música. Todo ha salido de

aquella ventana, como si fuera el aroma de un té verde que cobra

presencia y dibuja en las cortinas una ciudad derrotada.

     Palabras. Olores, sabores, imágenes. Estuve con él. Una hora

a lo mucho. Su boca. Los pies, un beso. Firmeza, desnudez y un

explotar tan blanco que todavía me hace cosquillas. ¿Quién soy?

¿Farías? El encantador de serpientes enredaba en su cuerpo una

cobra descomunal.

Palabras. Cobran sentido así, una tras otra. Describen imágenes.

De otra forma no tienen sentido. No tiene sentido tratar de saber

de otra forma. Palabras, imágenes. Una tras otra. Ponen sentido

ahí donde antes hubo caos.

¿Cómo llegué aquí? Se preguntó Farid. Debe habérselo preguntado

tiempo atrás, desde que recitaba su nombre frente a la riada en el

caserío que se quedó tanto tiempo, tantas leguas detrás, del otro

lado del mundo. ¿Qué hay detrás de la nube? ¿Qué habla detrás de

la lengua? ¿Qué habla un instante antes de que diga sí, no, nada?

¿Cómo diablos llegué aquí?

     Justo antes de que calle lo que detrás de la lengua dice, me

muero, se descuelga del techo una araña y detrás de la araña una

tela y detrás de la tela una voz, la voz de Farid y de la voz se

desprende lo otro: cielo, nube, nada, todo se calla, el cantante

ha muerto, queda vibrando su voz en la vieja catedral de México

Tenochtitlan. Escribo México Tenochtitlan y viene a presencia la

pirámide que se desploma, digo ha muerto el cantante y ha muerto

el cantante. Hay orden donde había caos. Voluntad detrás de la

lengua. Como el encantador de serpientes que recuerda Farid en el

camino de Damasco.

Escribo que la voz de Farid se ha quedado en el aire de una vieja

catedral y entonces todo lo que sigue se desprende de la nota más

aguda de su canto. Farid Ángel, el encantador de serpientes,

esclavo mulato y castrado que registra el cabildo de la catedral

metropolitana de México como el más grande cantante que hubo en la

Nueva España.

Levantaba la toga que lo cubría y se veía la cicatriz: la prueba. Un hilito rojo, apenas visible iba de un lado a otro del escroto y demostraba que era cierto lo que había soñado: la castración. Se volvía a la cama, despreocupado, inhalando las semillitas que chispeaban en el brasero caliente. Se llenaba de aquel olor los pulmones, expiraba y decía: Saber que yo moriré es en realidad la única cicatriz.

Así pasó los días en la habitación, reconociéndose cada vez mejor en el espejo y adivinando la hora en que el sol entraría por la ventana. Cuando iluminaría el escritorio; cómo en el aire se levantarían a bailar las motas de polvo.

De noche aprendió a escuchar gatos, graznido de las gaviotas, las risas de las putas, los golfos, marinos. Le sorprendió descubrir lo distintos que eran los ruidos por la mañana, por la tarde y por la noche. Vivía drogado ahí, en esa habitación, sin dolor ni ansiedad. Lo llenaba una deliciosa sensación de pereza.

Alguien sube las escaleras. Llaves. El otomano desataba la cuerda y él se hacía el dormido, porque no lo pasaba mal, aunque había comenzado a planear la forma de lanzarse fuera de la ventana.

¿Qué hay detrás de la puerta? Se decía: Una nube. ¿Y detrás de la nube? Un desierto. ¿Y detrás del desierto? Un muchacho que baila con una serpiente. Voy a volar hasta él.

—Te traje de cenar —dijo el otomano. Se sentó junto a Farid. 

El movimiento de la cama hizo que le dolieran las ingles.

—Todavía sangran un poco tus testículos —comentó el otomano—. Yo sabía que esa vieja que te operó no era de fiar. ¡Qué importa! Es sólo una cicatriz. Vas a ser niño por siempre.

Por toda respuesta, Farid pidió:

—¡Regálame una manzana verde!

El médico lo miro muy sorprendido. Nunca ningún castrado le había pedido tal cosa.

——No tengo manzanas verdes ——dijo. Creyó que el muchacho estaba loco, pero en Farid habían comenzado a nacer los antojos y el antojo más grande era consumar su plan. Cuando salía el otomano, lanzaba fuera de la ventana los humos del brasero y trataba de concentrarse para pensar en el viaje. 

Un día logró desatarse.

—¿Me trajiste una manzana verde? —Preguntó Farid a la mañana siguiente, cuando el otomano vino para servir el desayuno.

——No te hagas el loco —dijo el médico— o van a venderte a un burdel.

El otomano se dio cuenta entonces de que los tobillos de Farid estaban desatados. El muchacho tomó la jarra que había en la mesita y la estrelló en la cabeza del médico con todas sus fuerzas. Se mezclaron el agua y la sangre y él corrió hasta la ventana, se lanzó fuera, pero no pudo volar.

Así pasó los días en la habitación, reconociéndose cada vez mejor en el espejo y adivinando la hora en que el sol entraría por la ventana. Cuando iluminaría el escritorio; cómo en el aire se levantarían a bailar las motas de polvo.

De noche aprendió a escuchar gatos, graznido de las gaviotas, las risas de las putas, los golfos, marinos. Le sorprendió descubrir lo distintos que eran los ruidos por la mañana, por la tarde y por la noche. Vivía drogado ahí, en esa habitación, sin dolor ni ansiedad. Lo llenaba una deliciosa sensación de pereza.

Alguien sube las escaleras. Llaves. El otomano desataba la cuerda y él se hacía el dormido, porque no lo pasaba mal, aunque había comenzado a planear la forma de lanzarse fuera de la ventana.

¿Qué hay detrás de la puerta? Se decía: Una nube. ¿Y detrás de la nube? Un desierto. ¿Y detrás del desierto? Un muchacho que baila con una serpiente. Voy a volar hasta él.

—Te traje de cenar —dijo el otomano. Se sentó junto a Farid. 

El movimiento de la cama hizo que le dolieran las ingles.

—Todavía sangran un poco tus testículos —comentó el otomano—. Yo sabía que esa vieja que te operó no era de fiar. ¡Qué importa! Es sólo una cicatriz. Vas a ser niño por siempre.

Por toda respuesta, Farid pidió:

—¡Regálame una manzana verde!

El médico lo miro muy sorprendido. Nunca ningún castrado le había pedido tal cosa.

——No tengo manzanas verdes ——dijo. Creyó que el muchacho estaba loco, pero en Farid habían comenzado a nacer los antojos y el antojo más grande era consumar su plan. Cuando salía el otomano, lanzaba fuera de la ventana los humos del brasero y trataba de concentrarse para pensar en el viaje. 

Un día logró desatarse.

—¿Me trajiste una manzana verde? —Preguntó Farid a la mañana siguiente, cuando el otomano vino para servir el desayuno.

——No te hagas el loco —dijo el médico— o van a venderte a un burdel.

El otomano se dio cuenta entonces de que los tobillos de Farid estaban desatados. El muchacho tomó la jarra que había en la mesita y la estrelló en la cabeza del médico con todas sus fuerzas. Se mezclaron el agua y la sangre y él corrió hasta la ventana, se lanzó fuera, pero no pudo volar

Afuera de la habitación todo son ritos y grisas los estivadores preparan un barco. El ruido del vaivén de las olas allá abajo me marea y calma mi malestar. Es otoño. El clima es templado. La luna se refleja en los canales entre los barcos porque al médico otomano me ha encadenado a una de las patas de la cama, pero encuentro la manera de moverme por la habitación. La mayoría del tiempo la pasé ensimismado en las enormes velas que llevarán esos barcos hasta un sitio que desconozco. A mis amos. Una mañana miro que entran a las bodegas cien o doscientos esclavos. Los hay de todo tipo. Algunos deben de venir de Samarcanda, otros de Ucrania. Otros de África. Los custodian muchachos de piel bronceada poco más grandes que ellos. Me pregunto si a todos ellos los habran castrado. Ahora sé que no. La mayoría de ellos irían a las plantaciones en el Nuevo Mundo. Las gaviotas y los películanos revolotean alrededor de los barcos. Buscan pescado podrido. Creo que me miran y yo me escondo. Por jugar, porque con las hierbas de mi habitación de sábanas de piel no hay nada que duela. Sueño a veces en lo que sucede atrás de la ventana, pero me acomodo perezoso y pienso que se está mejor aquí. Trato de leer el nombre de aquel barco que, comienzo a sospechar, es el mismo que me llevará hasta mis amos. No puedo leerlo porque sus letras son distintas de las que aprendía  leer en Hagia Sophia. Me siento complacido en aquel lugar y aunque cada que puedo me miro la cicatriz en el sexo, pienso que incluso ésta, la de la castración, es poco con respecto a la cicatriz de saber que existe la muerte. Cuando la toco, me produce un consquilleo que no es del todo desagradable. Me extraño de conocerme ahí porque en ese rostro que, por otro lado no había visto nunca en un espejo de azogue, comienza a parecerme mucho más real que todo lo que he visto y pensado sobre mí, en el cobre o en la superficie de los río. Cuando me aproximo a la ventana, cruje el piso de madera y la cadena que me tiene atado a la pared. Los estibadores cargan la nao con agua y víveres, camarón seco, tocino, vino, carbón y aceite de oliva. He aprendido a distinguir el sonido de los pasos del médico otomano. Me gusta estar con él. A veces se sienta en un escritorio y hace cuentas. También a él le gusta el olor que se desprende de su mortero. Vivimos allá adentro en la pasión del desgano, de la despreocupación. Para darme de comer me trae una charola con pasta y bolitas de carne. Hay sobre el escritorio una hermosa jarra azul de cristal veneciano. Un vaso de agua y siempre que come conmigo me dice que tengo suerte. Me ha comprado un duque, conoceré el Nuevo Mundo. Amaré mi vida, me dice. Hay cosas más importantes que la libertad pero yo, a pesar de que soy tan niño me doy cuenta de que si no tengo libertad seré incapaz de querer a Dios. Cuando el otomano se va y cierra la puerta alcanzo a ver que desciende del torreón por una puerta en forma de caracol. Las troneras iluminan la habitación en la que me encuentro y también la refrescan. Cicatrizas muy rápido, me dijo. Y era cierto. La línea roja había dejado de consquillear. Me recosté perezoso sobre la cama, me entretuve mirando el techo y el hombre me acarició el cabello. Qué sensualidad. El humo me cierra los ojos

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