F1222 · 1O

1O

EL REY SERPIENTE

Antes de aprender a temer la muerte, al-Hákim aprendió a desear que todos lo miraran.

No había cumplido todavía siete años cuando se prometió, mirando el cielo junto a su hermana Sitt, que un día ningún hombre en el imperio tendría en el corazón otro nombre que no fuera el suyo. El jardín estaba lleno de jazmines y alhelíes, y su madre, Emet, acababa de dejar la cabeza en el suelo ante su padre, el califa, con esa mezcla de dignidad y obediencia que el niño no entendía todavía, pero que ya empezaba a humillarlo. Ella había pedido conservar su religión. Había pedido volver a la cueva del monte Qasioun donde, decía, Adán había adorado por primera vez al Dios único. El califa había accedido. Y esa concesión, que para ella era misericordia, para el niño fue una herida.

Porque desde entonces supo que en el palacio había algo que no obedecía del todo a su padre.

Y si no obedecía al califa, tampoco lo obedecería a él.

En el centro del palacio, un alquimista prometía la inmortalidad.

Al-Hákim lo vio primero como se mira una deformidad: con fascinación y repugnancia. Arsenius hablaba con humildad de oficio, esa humildad aceitosa de los hombres que han sobrevivido demasiado tiempo entre poderosos. El califa al-ʿAzīz miraba el fondo de su taza de té como si allí hubiera una puerta secreta, mientras el veneciano medía las palabras con el cuidado de quien sabe que una frase de más puede costarle la cabeza.

—Serás inmortal —dijo.

El niño no entendió del todo lo que significaba aquella palabra, pero sintió de inmediato su temperatura. No sonaba a bendición. Sonaba a privilegio. A algo que separa. A algo que permite mirar a todos desde arriba.

Su padre preguntó cuánto oro quería. El veneciano sonrió. El califa lo amenazó. Los guardias lo postraron. La cimitarra se acercó al cuello. Todo eso impresionó a al-Hákim menos que una sola frase del alquimista:

—Isha salvó a mi amado.

Aquello sí lo atravesó.

Porque su madre también hablaba así. Hablaba de ese profeta bienamado con un temblor distinto al de los imanes y al de los juristas. Y el niño, sin comprender, sintió por primera vez que había una cercanía secreta entre la locura de su madre y la falsa mansedumbre del veneciano.

Cuando el alquimista se fue, su padre contempló la luna como un hombre que ya no puede renunciar a un deseo. La luna entraba en Piscis, decían los sabios. Los esclavos encendían las antorchas. El jardín parecía suspendido entre dos luces. El califa imaginó a Emet, a Sitt y a sus hijos jugando inmortales entre las flores. El niño no lo supo entonces, pero esa noche la inmortalidad entró en el palacio como entra una enfermedad: primero como fantasía, luego como hábito, al final como condena.

A la mañana siguiente, durante la lección de canto, al-Hákim vio salir al veneciano por la puerta principal. Iba escoltado por una corte de torsos desnudos que recuperaron sus cimitarras al dejar atrás el recinto. Sitt preguntó quién era. Emet seguía tejiendo mientras los escuchaba cantar.

—Un alquimista —dijo.

—¿Qué es un alquimista? —preguntó el niño.

Ella no levantó la vista.

—Un hombre que busca la inmortalidad donde nunca la va a encontrar.

La frase quedó suspendida en el aire con una claridad insoportable. El niño no la olvidó, aunque tardó años en entender por qué le dolía.

Tres días después cumplió siete años. El califa permitió a Emet salir con los gemelos a conocer la ciudad. El Cairo se abrió ante ellos como una lengua interminable. Al-Hákim escuchó los gritos de larga vida y bendición, pero más que los vivas le fascinó el mercado: la proliferación de nombres, la evidencia de que había palabras para los colores de los caballos, para el sonido de una coz, para el olor de un viejo ciego que sonreía al paso de la comitiva. Comprendió que el poder no consistía sólo en mandar, sino en ser nombrado.

Cuando volvieron al palacio, su madre murmuró señalando la puerta:

—Por aquí entrará el Profeta cuando llegue el día de la batalla final y Dios revele por fin el tejido del tiempo.

Los dos niños callaron. Ya sabían que a su madre no convenía hacerle demasiadas preguntas. Ella seguía hablando en voz baja, como si el secreto fuera más real cuanto más cerca estuviera del susurro.

—No deben tener miedo a la muerte. No existe la muerte. Todo es inmóvil y hermosamente perfecto. El fin ya llegó, pero no todavía.

Al-Hákim la creyó loca. Lo aterró haber heredado esa locura.

Una tarde, después de meditar el Corán, se tendió en su cama y vio una araña escapar por el techo. Miró el movimiento mínimo de sus patas y pensó, con una ternura tan violenta que casi lloró, que tal vez su madre tenía razón: tal vez nada se movía realmente, tal vez el cambio era un engaño de los ojos. Salió al jardín con una paz extraña en el pecho. Miró a los guardias inclinarse, las nubes, el río, el laberinto de flores donde jugaba con Sitt, y sintió por un momento algo parecido a lo que los cristianos llaman Espíritu: una serenidad profunda, inmerecida, que años después recordaría con vergüenza y nostalgia.

Duró poco.

Cuando tenía once años, su hermano Muhammad vomitó negro y murió.

Lo que más impresionó a al-Hákim no fue el cadáver, ni el olor, ni el estremecimiento del palacio. Fue ver llorar a su padre. Un califa llorando era algo más perturbador que un príncipe muerto. Significaba que el orden del mundo podía quebrarse. Las mujeres culparon en voz baja a Emet. El califa mandó ejecutar al wasita, al jefe de guardias, a los cocineros, a cualquiera sobre quien pudiera recaer la furia. Las cabezas cayeron una por una. El niño miró la cimitarra subir y bajar hasta que comprendió que el poder se parece mucho al miedo cuando pierde a quien ama.

Aquella noche se acostó junto a Sitt y su madre.

No pidió la historia del Rey Serpiente.

Primero preguntó:

—Madre, ¿también tú vas a morir?

Ella le acarició el cabello, le besó la nariz, le tocó la cara con una dulzura que a él le pareció insoportable.

—Dime —insistió—. ¿También tú vas a morir?

Emet tardó en responder.

—Reza para que el miedo a la muerte se transforme en amor.

Sitt entonces pidió lo que ambos necesitaban de verdad:

—Cuenta la historia del Rey Serpiente.

Y Emet comenzó.

Habló de un tiempo en que los hombres no tenían nombre, vagaban desnudos y libres por la tierra, como monos aullando más allá del palacio. Habló del oasis del monte Qasioun, del arroyo que había coronado el paraíso, del enemigo de Dios escondido entre los árboles. Dijo que entonces la serpiente todavía tenía garras y un séquito armado con corazas, y que entraba en las habitaciones de las mujeres recién paridas para devorar a los niños.

Los gemelos escuchaban inmóviles.

Al-Hákim imaginaba la juntura de la madera, los armarios, la sombra debajo de la cama, todos los lugares donde el Acusador podía esconderse.

Entonces Emet empezó a cantar.

No era una canción de corte. No era una salmodia árabe. No era tampoco un himno cristiano reconocible. Era otra cosa: una melodía bárbara, antigua, aprendida del sacerdote que custodiaba la cueva de Adán en Qasioun. Una canción que, según ella, había enseñado un arcángel al pueblo de su madre para conjurar al Rey Serpiente y expulsarlo al bosque y al desierto.

Los guardias y los eunucos no sospechaban nada. Para ellos era sólo el canto extraño de una favorita extranjera. Pero los gemelos oían otra cosa. Oían una fuerza.

Emet abrazaba a Sitt, acariciaba las cejas espesas del niño, y cantando les enseñaba que el enemigo podía ser vencido no con hierro ni con decreto, sino con una melodía que recordara a los hombres quiénes eran antes del miedo.

Al-Hákim, absorto, miraba en los ojos de su madre el reflejo del eunuco que custodiaba la puerta. Y mientras aprendía la canción del pueblo que había salvado a la humanidad de la esclavitud del Acusador, comprendía sin decirlo que había dos clases de poder: el de su padre, que cortaba cabezas; y el de su madre, que hacía retroceder a la serpiente con una canción.

Muchos años después, cuando ya hubiera olvidado el temblor exacto de aquella voz y sólo le quedara una palabra suelta —muwadín, gente de un solo Dios—, seguiría recordando esto: que la primera vez que tuvo de veras miedo a la muerte, no fue el califa quien le enseñó a combatirla.

Fue su madre.

Y no con doctrina.

Con canto.

Aquí ya tienes algo decisivo: la infancia de al-Hákim deja de ser solo antecedente biográfico y se vuelve escena originaria. El punto fuerte no es “el niño quiere ser inmortal”, sino que queda atrapado entre tres pedagogías:

el poder del padre,

la falsa promesa alquímica,

y la canción materna contra el Rey Serpiente.

Ese triángulo sostiene toda la novela.

El siguiente paso natural sería escribir la reaparición de esa canción en Farid, siglos después, para que el motivo no quede sólo en la infancia de Hakim sino pase de la madre al inmortal.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

Leer en secuencia A–B–C →