Farid observaba al joven al que estaban golpeando. El eco apagado de sus murmullos flotaba en el aire, palabras quebradas que parecían un rezo, tal vez una súplica. La violencia, envuelta en un silencio ritual, despertó en él un recuerdo enterrado en los pliegues de su infancia. Le habían enseñado que si se usaran todos los árboles de la Tierra como cálamos y el agua de los océanos como tinta, ni aun así se agotaría la palabra de Alá.
Ese nombre resonó en su mente con una fuerza inquietante. ¿Era Alá el mismo que Cristo? ¿Y si Cristo era Alá? La confusión lo atravesó como una ola, arrastrándolo entre sus identidades de Farid y Eneas, un péndulo oscilando entre dos mundos. Incapaz de soportar el peso de la duda, regresó a su camarote, donde el aire salado parecía presionar sus pensamientos aún más. Intentó dormir, pero el sueño le era esquivo.
Más tarde, tras una pequeña llovizna que él, acostumbrado al Mediterráneo, percibió como una tormenta, salió al aire libre. El cielo estaba cubierto de nubes pesadas, y el mar oscuro reflejaba su estado interno, abrumado por la incertidumbre.
—Mā šāʾ Allāh —murmuró al cielo, sus palabras una mezcla de resignación y súplica.
Caminó hasta la orilla del barco y vio el océano, una extensión infinita que parecía devorar su ser. Entonces, a lo lejos, un canto de marineros rompió el silencio:
—Ah, Rodrigo Martínez, a tus ánsares…
La tonada, sencilla y melancólica, lo golpeó con la fuerza de una ola. Era una canción que conocía, un eco que había viajado desde Galicia a los cancioneros de la Reina Isabel, y de allí a Italia, transformándose en un lamento campesino cargado de amor y nostalgia. Ahora, ese lamento lo alcanzaba en medio del mar, envolviéndolo en un ritmo que le recordaba sus raíces y, al mismo tiempo, la distancia que lo separaba de ellas.
Farid pensó en su recorrido: de Galicia a Roma, de Roma a los confines de un mundo que aún no entendía. Frente al océano, se sintió diminuto, un punto perdido en la vastedad del universo.
Mientras la melodía se desvanecía, recordó el juramento que había hecho durante la tormenta. Había sido educado como musulmán, pero también sabía que fue bautizado siendo niño. Esa dualidad lo perseguía. Había llegado a Roma y comulgado, no porque creyera realmente en Dios, sino porque la idea de transmutación lo fascinaba.
—Mi alma —pensó—, se está simplificando.
Esa simplificación era el preludio de algo más grande: un amor trascendental, uno que sabía lo esperaba al otro lado del mar.
Mientras tanto, en tierras lejanas, Atonatiuh rezaba con fervor al patrón del pueblo de Veinte Aguas, el dios Tláloc. Desde niño, había deseado ser el más fiero del calpulli, y lo había logrado. En el calmécac, destacaba no solo por su diligencia, sino por su comprensión de la estructura del cosmos mexica.
Sabía que los dioses regían los cuatro rincones del mundo y el quinto, el centro sagrado. Cada rincón tenía un color, un elemento, un dios. Pero al centro de todo, en el lugar más sagrado, estaba Omehtecuhtli, el dios andrógino, la unión perfecta de hombre y mujer.
En el ritual de las cruces de ceniza, Atonatiuh barría el brazo que representaba al este, donde gobernaba Tlahuizcalpantecuhtli, y empujaba la ceniza hacia el centro, hacia el lugar sagrado. Era un acto que contenía toda la cosmovisión mexica: los ciclos de vida, muerte y regeneración. Cada barrido era una preparación, un presagio de lo que vendría.
Ambos hombres, separados por un mar y por siglos de historia, avanzaban hacia un punto de convergencia. Farid, en su búsqueda de simplificar su alma para encontrar el amor, y Atonatiuh, en su camino hacia los dioses, sin saber que su mundo sería sacudido por una fuerza extranjera.
Eran dos líneas paralelas, avanzando hacia una unión que ninguno de ellos podía prever. Una nueva nación nacería de la unión, la lucha y el mestizaje, de mundos que jamás imaginaron encontrarse.