Seguí pues mi camino y fui recordando las tardes en que Rashid me hablaba de Alá. ¿Me has olvidado? Preguntaba Jamil, mi madre. ¡Oh madre! Le respondía yo, ¿cómo voy a olvidarte? Si ahora recuerdo claramente cuando íbamos a la ciudad y me comprabas pasteles dulces de avellana. Que me enseñaste a ser un buen musulmán.
—Ahora te has vuelto cristiano —dijo Jamil consternada—. Y la vi claramente parada, delante de mí. Y te haces llamar Eneas…
—No lo sé. En verdad no lo sé. Fue Altísimo Jesucristo quien me hizo olvidarlo todo y cumplió de esa manera extraña lo que yo le pedí en tres juramentos. Fui yo quien le pidió que me sacara de todo lo que estaba viviendo. Es indudable que siguiendo su voz que a veces es música y a veces es fuego, a veces miedo y a veces paz, que estoy aquí, delante de ti. Pero ¿cómo podría olvidarte?
—No lo hagas. No te olvides de mi. No te olvides de peregrinar a La Meca, si puedes. Por mi, en recuerdo del buen musulmán.
—Lo haré —dije— aunque pensé que mentía, porque nunca podría volver al Asia estando ya tan lejos de todo lugar.
Esa noche rezó a Alá. Sabía que el Dios que todo lo sabe no habría de enojarse. Mi madre, pensaba, ya debe estar en otra parte. Ahora que la había visto, sé que está en el paraíso del musulmán. Beberá a besos a mi padre que la querrá siempre y serán en aquel sitio de peregrinación y gozo, eternamente prolíficos. Yo aquí, me basta saber que soy lo que soy, un segundo de paz que me da la virgen que me regaló Atonatiuh y sé que seguiré siendo un buen cristiano aunque soy también un buen musulmán. Soy Eneas y soy Farid. Soy mexicano y soy turco, esclavo y libre. Enamorado y capón.
Hablando con sus fantasmas, siguió otros meses Farid por los caminos que ya lo acercaban a México. Cantaba la canción secreta de Farid creyente de todos los milagros y todas las religiones que conoció. Así, sin saber por qué o para qué, me puse a cantar.
—Yo conozco esa voz —me dijo un día un hombre que encontré en el camino—. Tu eres el niño en el coro de Veracruz. ¡Ha pasado tanto tiempo! Me gustaba especialmente cuando cantabas el aleluya.
—¿Tienes algo de comer? —preguntó Farid.
El hombre se sentó conmigo y me dio pan y vino.
—¿A qué te dedicas? —preguntó el hombre.
—A robar —contesté—. Robo y mato por los caminos. Trataba de sonar peligroso, pero él sonrió y me dijo:
—Lo sé.
—¿Qué sabes tú?
—Que mientes porque no puedes hacer otra cosa.
Cuando desperté y vi que el hombre ya no estaba, supe que era Cristo. Que sabía que mentía porque él era verdad. Comencé a pensar en rogarle con nueva fe. Rogué por mi linaje, por los muertos, por los vivos, en aquel momento. Por todos los mártires que murieron en Tenochtitlan.
—Ojalá —murmuró— tengas a bien, un día, mostrarme el paraíso. Quiero ver la cara real de la virgen de las tribulaciones.
El viento en la copa de los árboles, se movió.
—¿Me dejas solo? —grité.
—No. Te quedas contigo.
—Quiero ir contigo.
—No es tiempo.
—¿Y si me empecino en ir contigo?
—Entonces yo tendré que empecinarme en decirte que aquí vas a quedarte hasta que yo vuelva.