A pesar de encontrarse en Pafos, una zona turística, no podía evitar pensar que había regresado a Acapulco. Todo era muy diferente a cuando nació, pero eso era de esperarse. Sin embargo, este hotel alquilado a través de Internet le había desencantado por completo con todo lo relacionado con las ofertas en línea. Consideraba que solo un terrorista estético sería capaz de decidir pintar las paredes con tonos de rojo y naranja. Los pasillos estaban decorados con imitaciones de los frescos del museo de Pafos, lo cual no facilitaba sentirse cómodo rodeado de monstruos con cola de sirena y hombres-toro reflejándose hasta el infinito en los espejos.
Mientras Farid desempacaba, la herida en su ingle volvió a abrirse. Entró al baño y lavó la sangre abundante en la bañera. En otro lugar, el centurión también pensaba en él.
Farid leyó el libro con convicción, creyendo en la veracidad de todo lo que estaba escrito en él. No se refería únicamente a los olores, colores y descripciones de diferentes personas, sino que lo consideraba cierto en su totalidad, especialmente en relación al lunes en que se despertó con dolor de estómago debido a que iba a encontrarse con Juan.
Al abrir la ventana, también se encontró con la veracidad de Chipre. La dueña amable le hablaba en griego, aunque ya no lo entendía, y el hijo de la dueña coqueteaba con él, como hacía con todos los clientes atractivos de su madre. No sabía si le coquetearía si supiera que tenía más de mil años y que su única virtud era nacer de manera persistente en almas tan estrechas que le parecían pajillas con las que quería beberse el mar. No era necesario confundirse. A pesar de su edad, no era más maduro. Por el contrario, nunca le habían salido las muelas del juicio y solo tenía la ilusión de pasar ese día de Navidad con Juan, el discípulo amado que se recostó hace mucho tiempo en el pecho de Cristo.