F1046 · —¿Se siente rara la cicatriz, verdad?

Era otoño y el clima estaba templado. Una luna blanca y enorme se reflejaba en el mar, en la cubierta y en las velas del barco. Farid, a través de una escotilla, observaba cómo el brillo pálido acariciaba la superficie del agua. Con él viajaban cien, quizás doscientos muchachos, todos esclavos, todos castrati. Eran jóvenes de su misma edad, seleccionados por su belleza y docilidad, transformados en los sirvientes perfectos, hechos para lucirse en fiestas, cumplir fantasías de sus amos, cuidar serallos y, a veces, simplemente para sobrevivir.

El dolor ya no estaba. En la noche, Farid tocaba la cicatriz roja en su entrepierna. La exploraba con cuidado, y cada contacto le provocaba una sensación extraña, entre cosquilleo y vacío.

—¿Se siente rara la cicatriz, verdad?

Farid levantó la mirada. Frente a él estaba otro muchacho, su silueta recortada por la luz de la luna que se filtraba en la penumbra.

—La mía todavía duele —añadió el chico.

Era extraño conocerse así, en la medianoche, enseñándose las heridas. Comparaban el dolor y la sensación del golpe que los había marcado para siempre, un recordatorio de la avaricia de quienes los compraron y los transformaron.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el muchacho.

—Farid.

—No. ¿Cuál es tu verdadero nombre?

—Farid.

—¿Te bautizaron?

—Sí.

—¿Y antes…?

—No hay antes. No hay nada antes.

El silencio se alargó. Siguieron juntos durante horas, rodeados por el murmullo de otros muchachos que dormían o se agitaban con pesadillas, imágenes de desiertos mezcladas con el mar. Finalmente, el chico habló:

—Yo me llamo Rashid.

No había nada más que decir. Farid no sintió vergüenza, solo una calma extraña, casi feliz, al estar junto a otro castrado. No había compasión entre ellos, solo la paz de saberse comprendidos.

—¿Quieres?

Rashid sacó un pedazo de pan escondido bajo su jubón y lo compartió con Farid. Así, en la oscuridad, se volvieron amigos, niños ya marcados para toda la vida. Gracias a la magia cruel de los cuchillos, sus cuerpos no crecerían más. Sin embargo, había en ellos una chispa de felicidad que les permitió acomodarse junto a los demás y dormir, hombro con hombro.

—¿A dónde vamos?

—No lo sé.

—A Venecia.

—A Chipre —intervino uno de los mayores.

Chipre. Farid pensó en el sabor a cobre, en los palacios venecianos disputados por los otomanos.

—Rashid.

—¿Qué?

—¿Crees en la gehena?

—Sí.

—¿Vamos a volvernos infieles?

—Un día podemos regresar y peregrinar a La Meca.

—Un día.

—Tal vez.

De pronto, Farid escuchó un canto. Era un sonido familiar que lo atraía. Bajó del castillo de popa y se dirigió hacia una escotilla. Desde ahí venía la melodía. La oscuridad de la bodega lo envolvió al entrar, pero sus ojos se acostumbraron poco a poco. En el centro, un esclavo atado a un poste cantaba su libro sagrado.

—“Si se hiciera tinta de todas las aguas del mar, no terminarían de escribirse los prodigios de Alá” —entonaba.

El agua de sal entraba por una ventanilla, pero el esclavo no dejaba de cantar. Farid lo observó, fascinado y perturbado. El muchacho, empapado por la llovizna, se mantenía erguido, enfrentando a la muerte con la certeza de que su destino era el paraíso. Farid recordó entonces al joven que había muerto durante la castración, y las palabras de su madre resonaron en su mente:

—Reza para que el miedo a la muerte se transforme en amor.

Pero ¿a qué Dios debía rezar? ¿Eran todos los dioses el mismo? Farid cerró los ojos. El canto del esclavo se convirtió en un eco dentro de él, avivando preguntas que nunca se atrevería a responder.

A la mañana siguiente, mientras el barco seguía su curso, Farid observó a los demás pasajeros. Entre ellos, un joven llamado Eneas subió al barco con una expresión de nostalgia, aunque no supo decir de qué. Más tarde, escuchó que Eneas viajaría a América con un noble bastardo del rey de España.

—Verás que tiene sus privilegios ser esclavo de la familia Cornado —dijo alguien.

Farid lo miró desde la distancia, reconociendo en su silencio algo familiar. Ambos compartían un destino impuesto, y aunque sus caminos se separaran, el eco de sus cicatrices los uniría para siempre.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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