F0633 · 1523.02 — 1523, marzo 12 — Ciudad de México, amanecer 1. La fecha del 12 de marzo de 1523 es plausible porque:

Farid dormía en los brazos de Atonatiuh, su respiración tranquila contrastaba con la tensión que aún permanecía en el aire. La penumbra del salón, iluminada por los últimos rescoldos de las antorchas, era un lienzo en el que los recuerdos y los sueños se mezclaban con el presente. Atonatiuh lo sostenía con firmeza, sus ojos fijos en el horizonte más allá de las ventanas, donde la noche comenzaba a ceder al primer brillo del amanecer.

Las imágenes de Mariana aparecieron en la mente de Farid, etéreas y vivas a la vez. Su sonrisa, el perfume de su piel, los destellos de su cabello bajo la luz del sol… Todo parecía tan cercano y, sin embargo, inalcanzable. En su sueño, Mariana caminaba por un paisaje desdibujado, entrelazando sus pasos con los ecos de una música que resonaba desde los pasillos del colegio. Atonatiuh, mientras tanto, sentía cómo esas visiones lo atravesaban también. Era como si Farid y él compartieran una conexión profunda, una herida común que no había cicatrizado del todo.

Afuera, la ciudad comenzaba a despertarse. Los primeros rayos del sol alcanzaron las cúpulas de la catedral, bañándolas en un resplandor dorado que prometía un nuevo día. La calma era engañosa, una tregua frágil que escondía las cicatrices de la guerra. Atonatiuh lo sabía, pero en ese momento, sostuvo a Farid con la certeza de que la paz, aunque efímera, debía ser atesorada.

Cuando Farid abrió los ojos, encontró la mirada de Atonatiuh, fija y serena, como si hubiera estado esperando ese momento. Farid no dijo nada. Se incorporó lentamente, sintiendo aún el peso de sus sueños, y miró a su alrededor. El salón estaba vacío ahora, salvo por ellos dos y las sombras alargadas que proyectaban las columnas.

—El amanecer siempre me recuerda que hay que seguir —murmuró Atonatiuh, sin apartar la vista del horizonte.

Farid asintió, sintiendo una fuerza renovada que lo llenaba desde dentro. La tristeza seguía allí, como una niebla persistente, pero ya no lo paralizaba. Se levantó, con la mirada fija en el futuro, dispuesto a enfrentar lo que viniera.

La catedral, ahora en calma, reflejaba un nuevo comienzo. Las campanas repicaron en la distancia, anunciando el inicio de un día que prometía desafíos, pero también posibilidades. Farid respiró hondo, llevando consigo las lecciones del pasado y la esperanza de un mañana más justo. Atonatiuh, de pie junto a él, compartió ese instante, consciente de que la lucha por la paz nunca terminaba, pero siempre valía la pena.

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