A las diez de la noche, Farid conducía por una zona montañosa, por carriles estrechos. Se entretenía pensando en los iconos que había comprado en un monasterio que albergaba una fuente milagrosa, supuestamente abierta por San Miguel Arcángel con su espada. Había descubierto el monasterio sin mapa ni indicaciones, justo al lado de la carretera. Un pope lo bendijo y allí adquirió iconos de San Miguel y Santiago Matamoros. Aunque Farid ya no sabía exactamente en qué creía ni quién era, aquellas figuras sagradas parecían acompañarlo en su viaje, despojándolo de los prejuicios de un viajero que buscaba perderse.