F0769 · —¿Cuánto es mucho? —preguntó Farid al hombre que lo adoctrinaba.

Con once años, Farid no sabía de la palabra bautizo ni había escuchado el castellano. No conocía el mar ni lo salado de las olas. No había oído hablar del profeta, de Jesús, ni había escuchado Meshihco, Juan o Mariana.

No sabía del granizo. En México, lo esperaba con las ganas del adolescente que intuye ya la llegada del primer orgasmo.

—¿Cuánto es mucho? —preguntó Farid al hombre que lo adoctrinaba.

—Diez. El último de sus avatares fue Hakem Biamr Alá. Dios le dé paz eterna. ¿Entiendes?

—No.

—¿Cuánto es mucho? —preguntó Farid de cinco años.

—Diez —contestó ella. Su madre, en el río, lo bañaba. La última vez que Dios se encarnó, lo hizo en Hakem Biamr Alá, Dios le dé paz eterna. ¿Entiendes?

—No.

Farid cantaba en el coro: Quoniam ipsius est mare. Suyo el mar, suya la arena que vomita ciudades en el desierto. Suyo el destino de cada piedra y animal que buscaba en ellas su guarida. Sus manos habían fundado la arena seca. Farid, en el coro, se levantaba y abría la boca. Farid, en el desierto, caminaba hecho un tuareg que se estremecía con la visión de las cúpulas de Damasco.

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