F0773 · VI

VI

El consejo tutelar de menores de Nuevo Laredo huele a ese sudor de niños que a veces, cuando entra uno a un local donde juegan a maquinitas, se queda pegado en las narices. Es un aroma de sudores dulzones y pubertad. La reja está cerrada. El cuarto oscuro, hay dos catres. En uno de ellos, El Canalla está sentado. En el otro, sentado también, esperando tranquilamente Samuel Félix Medina. Los dos tienen diecisiete años. El Canalla lo mira con admiración. ¿Quién eres? Le pregunta. Samuel Medina voltea a mirarlo y sonrie. 

El comando que venía a rescatarlo llegó cinco minutos tarde. Diez y cinco de la mañana. Hacía menos de cuarenta y cinco minutos que Samuel Medina había sido detenido por su presunta participación en un grupo de sicarios. Esos cuarenta y cinco minutos los había esperado así, sentad, con El Canalla a su lado sin saber como iniciar la conversación. 

El comando bajó y con armas AK-47 y Rifles M-16 rodearon el Consejo Tutelar. El encargado del portón no tuvo tiempo de reaccionar, le reventaron el cerebro y ellos mismos cortaron el candado con unas pinzas. 

Egidio, el encargado de completar el rescate, entró acompañado seguido de un grupo de encapuchados: ¡Félix! ¡Félix!

Ya vinieron por ti, dijo El Canalla. Se habían tardado. Comentó Félix y sonrió. Era dulce su sonrisa. La sonrisa de un muchacho bueno que sabe hacer bien su trabajo. ¿Quién eres? Volvió a preguntar El Canalla. Félix se acercó a la reja: Aquí. 

El comando disparaba ráfagas al aire, los prisioneros, todos menores de edad, gritaban desde sus celdas ¡Arriba Sinaloa! ¡Acaben con ellos, cabrones! 

¡Aquí! Volvió a gritar Félix y junto a él, El Canalla: Llévame contigo. Félix volteó a mirarlo y le dijo: ora pues. Escondida en un rincón una trabajadora de intendencia marcó un celular y llamó a la policía. 

En menos de siete minutos, Félix estaba sentado en una camioneta. Lo seguía un comando blindado, de los mismos Zeta. 

¿Quién es este? Preguntó el jefe de Félix. Uno que conocí cuando era niño. Es de confiar, mintió Félix. Se llama, me dicen El Canalla. El Canalla. Tienes cara de mocoso. 

Farid quiere que ahora mismo te largues para Cuba. La guerra comenzó. Están matando a los nuestros. Te vas a matar cubanos. ¿Y yo? Preguntó El Canalla. Pues entonces para que otra cosa veniste cabrón. 

VI

El consejo tutelar de menores de Nuevo Laredo huele a ese sudor de niños que a veces, cuando entra uno a un local donde juegan a maquinitas, se queda pegado en las narices. Es un aroma de sudores dulzones y pubertad. La reja está cerrada. El cuarto oscuro, hay dos catres. En uno de ellos, El Canalla está sentado. En el otro, sentado también, esperando tranquilamente Samuel Félix Medina. Los dos tienen diecisiete años. El Canalla lo mira con admiración. ¿Quién eres? Le pregunta. Samuel Medina voltea a mirarlo y sonrie. 

El comando que venía a rescatarlo llegó cinco minutos tarde. Diez y cinco de la mañana. Hacía menos de cuarenta y cinco minutos que Samuel Medina había sido detenido por su presunta participación en un grupo de sicarios. Esos cuarenta y cinco minutos los había esperado así, sentad, con El Canalla a su lado sin saber como iniciar la conversación. 

El comando bajó y con armas AK-47 y Rifles M-16 rodearon el Consejo Tutelar. El encargado del portón no tuvo tiempo de reaccionar, le reventaron el cerebro y ellos mismos cortaron el candado con unas pinzas. 

Egidio, el encargado de completar el rescate, entró acompañado seguido de un grupo de encapuchados: ¡Félix! ¡Félix!

Ya vinieron por ti, dijo El Canalla. Se habían tardado. Comentó Félix y sonrió. Era dulce su sonrisa. La sonrisa de un muchacho bueno que sabe hacer bien su trabajo. ¿Quién eres? Volvió a preguntar El Canalla. Félix se acercó a la reja: Aquí. 

El comando disparaba ráfagas al aire, los prisioneros, todos menores de edad, gritaban desde sus celdas ¡Arriba Sinaloa! ¡Acaben con ellos, cabrones! 

¡Aquí! Volvió a gritar Félix y junto a él, El Canalla: Llévame contigo. Félix volteó a mirarlo y le dijo: ora pues. Escondida en un rincón una trabajadora de intendencia marcó un celular y llamó a la policía. 

En menos de siete minutos, Félix estaba sentado en una camioneta. Lo seguía un comando blindado, de los mismos Zeta. 

¿Quién es este? Preguntó el jefe de Félix. Uno que conocí cuando era niño. Es de confiar, mintió Félix. Se llama, me dicen El Canalla. El Canalla. Tienes cara de mocoso. 

Farid quiere que ahora mismo te largues para Cuba. La guerra comenzó. Están matando a los nuestros. Te vas a matar cubanos. ¿Y yo? Preguntó El Canalla. Pues entonces para que otra cosa veniste cabrón. 

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El consejo tutelar de menores de Nuevo Laredo huele a ese sudor de niños que a veces, cuando entra uno a un local donde juegan a maquinitas, se queda pegado en las narices. Es un aroma de sudores dulzones y pubertad. La reja está cerrada. El cuarto oscuro, hay dos catres. En uno de ellos, El Canalla está sentado. En el otro, sentado también, esperando tranquilamente Samuel Félix Medina. Los dos tienen diecisiete años. El Canalla lo mira con admiración. ¿Quién eres? Le pregunta. Samuel Medina voltea a mirarlo y sonrie. 

El comando que venía a rescatarlo llegó cinco minutos tarde. Diez y cinco de la mañana. Hacía menos de cuarenta y cinco minutos que Samuel Medina había sido detenido por su presunta participación en un grupo de sicarios. Esos cuarenta y cinco minutos los había esperado así, sentad, con El Canalla a su lado sin saber como iniciar la conversación. 

El comando bajó y con armas AK-47 y Rifles M-16 rodearon el Consejo Tutelar. El encargado del portón no tuvo tiempo de reaccionar, le reventaron el cerebro y ellos mismos cortaron el candado con unas pinzas. 

Egidio, el encargado de completar el rescate, entró acompañado seguido de un grupo de encapuchados: ¡Félix! ¡Félix!

Ya vinieron por ti, dijo El Canalla. Se habían tardado. Comentó Félix y sonrió. Era dulce su sonrisa. La sonrisa de un muchacho bueno que sabe hacer bien su trabajo. ¿Quién eres? Volvió a preguntar El Canalla. Félix se acercó a la reja: Aquí. 

El comando disparaba ráfagas al aire, los prisioneros, todos menores de edad, gritaban desde sus celdas ¡Arriba Sinaloa! ¡Acaben con ellos, cabrones! 

¡Aquí! Volvió a gritar Félix y junto a él, El Canalla: Llévame contigo. Félix volteó a mirarlo y le dijo: ora pues. Escondida en un rincón una trabajadora de intendencia marcó un celular y llamó a la policía. 

En menos de siete minutos, Félix estaba sentado en una camioneta. Lo seguía un comando blindado, de los mismos Zeta. 

¿Quién es este? Preguntó el jefe de Félix. Uno que conocí cuando era niño. Es de confiar, mintió Félix. Se llama, me dicen El Canalla. El Canalla. Tienes cara de mocoso. 

Farid quiere que ahora mismo te largues para Cuba. La guerra comenzó. Están matando a los nuestros. Te vas a matar cubanos. ¿Y yo? Preguntó El Canalla. Pues entonces para que otra cosa veniste cabrón.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes