F0005 · 03.01 — FARID Y HAKIM

03.01 — FARID Y HAKIM

1490 · lugar indeterminado — Farid, 12 años físicos · Hákim, ca. 505 años (aparenta unos treinta)

No sé exactamente dónde es aquí. Hay agua. Eso basta para empezar.

Yo, que fui una puta en Babilonia, nazco aquí. Oigo agua y cuando levanto la palma para taparme los ojos el sol queda atrapado entre mis dedos; pienso en tu cara, Hákim, no porque se parezca al sol —qué estupidez— sino porque llevo días intentando no nombrarte y de pronto comprendo que ésa es precisamente mi condena, quizá mi ceremonia: decir tu nombre, decir lo que quiero, dejar que la palabra haga aquello que ya no puede hacer la mano. Hákim. Ya está. Vuelves. El pecado y el amor se entrelazan de tal manera que cualquier hombre sensato intentaría separarlos; yo no. He pasado demasiado tiempo separando cosas.

Ayer digo que escribir no sirve para nada y lo digo con absoluta convicción: escribir no sublima, no cura, no limpia el alma; el verbo es ceniza y después del poema el mundo continúa siendo exactamente el mismo problema. Hoy, en cambio, encuentro una lengua de niños. No una lengua infantil: algo peor, una lengua que todavía no ha aprendido a esconderse. Te quiero. Ven. No te vayas. Tengo miedo. Cuatro frases. Una teología completa. Escribo con ellas porque son las únicas que puede sostener mi palma, las únicas que te permiten permanecer dentro de mi pensamiento sin convertirte enseguida en metáfora, y mientras escribo pienso que ya no queda nada por hacer, ningún ciclo pendiente, ninguna tarea, ningún mañana que esperar. No regreso. No reencarno. Una tumba y basta. Eso me tranquiliza.

Diciembre. No sé por qué diciembre. Hace frío en una mañana que todavía no existe y, sin embargo, la recuerdo; nuestra historia termina allí, en una estación futura, dentro de una ciudad quizá todavía no construida. Escribo ahora la última palabra aunque falten siglos para que llegue ese día. Después vuelas. Yo también. No somos almas: somos aves, o algo que desde abajo podría confundirse con aves, dos animales que se persiguen sobre primaveras que regresan una y otra vez, se encuentran, se separan, vuelven a encontrarse; tu cuerpo roza el mío y ese roce me arroja a Indochina. No sé qué significa Indochina, pero conozco el calor de sus árboles, un soldado, el barro pegado a los pies, disparos que quizá sólo son ramas quebrándose lejos. Llevo días caminando y tengo la certeza de haber cruzado medio mundo para regresar al mismo sitio. Mi lengua sabe a sal. El azul del mar entra por mis ojos y rompe algo detrás de ellos. No hay nereidas. No hay elefantes. Ayer sí había elefantes. No: eso pertenece a otra historia.

El cielo se vuelve púrpura y el viento moja las velas. Las velas me llevan a Lisboa. Ahora estoy allí y traigo Indochina dentro de un cofre; es imposible, por supuesto, y precisamente por eso no intento corregirlo. El suelo comienza a moverse, una campana golpea sola, después otra, una pared se abre y el fuego entra por la grieta; los borrachos corren, las putas gritan, alguien continúa rezando mientras una iglesia cae y pienso que quizá toda ciudad necesita unos segundos de terremoto para recordar que nunca fue eterna. Un esclavo me ama. O yo lo amo. No sé. Me deja una marca. Me mata. Tú estás de rodillas, mendigas tu vida en una lengua cuyo acento nadie entiende y después corres hacia el mar.

—Hákim.

No me escuchas. Te arrojas y el agua se cierra. Una mujer flota unos metros más allá. Sirena, pienso. No. Una muerta. Después aparece el cofre y sé antes de verlo que mi nombre está escrito sobre la madera: FARID. Lo miro respirar. No el cofre. Mi nombre.

Llueve. Una mujer sube por una calle que huele a orina, pescado y humo, con el vestido pegado al cuerpo y los brazos abiertos como si anunciara el fin de algo.

—¡Grita que fui puta!

Me río y no sé por qué, quizá porque fui yo. Babilonia vuelve así, sin ceremonia: una puerta, después otra, una colina entre perros y ratas; detrás de cada puerta alguien ama, alguien mata, alguien duerme al lado de una persona que ya no ama, una mujer reza mientras un hombre fornica y un niño escucha las dos cosas desde otro cuarto y aprende mucho antes de tiempo que quizá no sean tan distintas como le explicarán después. La puta está arriba. Los senos exangües, el vientre hinchado. Me mira.

La carne todavía canta.

Eso dice.

O lo digo yo.

No importa.

Entonces te nombro otra vez y estoy de nuevo junto al agua. No sé cuánto tiempo ha pasado; quizá ninguno. El río golpea la piedra, por un instante parece correr hacia atrás, gira y continúa, y comprendo que llevo siglos escribiendo la misma escena con distintas ciudades: Babilonia, Lisboa, Indochina, aquí. Siempre cambia el lugar. Tú permaneces.

Mi única historia consiste en volver a encontrarte.

Escribo para eso. No para curarme, no para entender y mucho menos para sublimar. Escribo porque algunas veces una palabra abre una puerta y apareces detrás. Después me callo.

O eso escribo.

Después me callo.

La tinta todavía está húmeda cuando vuelvo a escribir tu nombre.

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