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Farid se fue a las caballerizas para acariciar a Viento del Diablo, el alazán de su amo. Le acarició y le dijo cosas al oído. Le gustaba el aroma del caballo. Sentía en él cierta nobleza. Desde que supo que estaba condenado a la esclavitud, Jemil, su madre, pensó que no debería vivir. Había tomado toda clase de elixires, pero su vientre no había podido arrojarlo. Farid en una villa en el camino de Damasco, en el desierto en que Pablo se encontró con Dios.

Miró en la ventana a Luiz Méndez junto a su amante Inés. Farid olisqueó al caballo. Recordó cuando su madre le olisqueaba la cabeza. El frío de la madrugada le punzaba en la columna. Él más se hundía en el caballo. En aquel pueblo Farid había vivido los primeros años de vida junto a las otras mujeres del señor de la guerra. Recordó:

—¿Me cuentas la historia del Rey Serpiente?

Su madre sonríe. Le besa la frente. Le cuenta la historia de Elías, el ángel que les dio la música. Sonido del mar. Afuera de un torreón se escuchan las gaviotas, el rugido del mar. Trató de acercarse a la ventana, pero descubrió que estaba atado a la cama con un cordón rojo. Y estaba desnudo. Se miró en el espejo de plata. Recordó. Antes de desvanecerse había jurado:

—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.

Los sonidos del puerto eran más fuertes que la voz de Dios. Afuera los estibadores llenaban las bodegas del barco. Más tarde, cuando estuvo frente al Encantador de Serpientes repitió:

—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.

Extrajo de su sayo una manzana verde y la comió junto a Viento del Diablo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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