Me levanté molesto y salí del pueblo. Vi ya que no me seguía y me sentí ridículamente solo. “No debí dejarle al gato”, fue lo primero que pensé. Y seguí caminando. Luego, “Se sintió consternado”, pensé. “Cuando le dije que me alejaría para siempre de él, se sintió consternado”. Entonces algo dentro de mí se convenció de que esta vez era yo quien tendría que volver sobre mis pasos. Rectificar e ir a buscarlo. “No me importa ninguna aventura o prodigio que no sea su compañía”, me dije. “No me importa que tenga mujeres ni que quiera tanto a ese gato”.
Corrí como un idiota todo lo que equivocadamente había andado y cuando llegué al calpulli indígena supe que Atonatiuh había partido ya, no al oeste, sino al sur de aquel pueblo.
Fui tras él y lo encontré unos pasos más allá, tocando su guitarra y con Pequeño Jaguar durmiendo a sus pies. Me senté y compartimos lo que traíamos para avituallarnos. Ese fue el primer gesto en la soledad de aquella mañana soleada. Que no fue necesario decir nada para decir “perdón”.
—Quiero ir al fin del mundo —le dije a Atonatiuh. El pequeño Chimalpopoca quien me miró con extrañeza. Muy delicadamente le quitaba la piel al pescado y se lo daba a un perro sarnoso.
Atonatiuh pensó profundamente en lo que acababa de escuchar. Abrió sus ojos muy grandes y exhaló.
—No entiendo. ¿Por qué nunca te es suficiente?
—¿Nunca me es suficiente qué? —pregunté.
No respondió. Tal vez estaba haciendo ya conmigo lo que los cimarrones hacen con los criminales. Me había dejado de hablar. Entendí que le parecía violento y peligroso que no pudiera sentirme en paz en ninguna parte. Pensé muy bien lo que le diría y finalmente:
—Atonatiuh. O Cristóbal o como quieras llamarte. Pequeño Isaac o Chimalpopoca, como quieras llamarte. Yo soy Farid. Soy Juan, soy muchos. Y tengo de mi tantos nombres que uno tal vez no me es suficiente. Tengo dentro la civilización y ya no puedo volver. No soy feliz aquí. No me contento, como dices, Atonatiuh, con esta vida y con esta cruz. Creo, con toda sinceridad que este es el verdadero sentido del sacrificio. Ir dejándolo todo detrás, como una serpiente que se despoja de sí misma, se sacrifica a sí misma para quedarse sólo con lo que es suyo. Creo sinceramente que este es el sentido del canto: dar sentido al silencio cuando no hay ya nada que decir y las personas que quieres te miran como si fueses aire o un fantasma.
Me levanté. Tomé un trago de vino, porque siempre me ha gustado brindar cuando he conseguido decir lo que quiero decir y me fui a recostar junto al río porque debajo de los árboles siempre es peligroso que te caiga un bicho. Desperté de madrugada y los vi un poco más allá. Estaban dormidos muy plácidamente, incluso creo recordar que roncaban. “Que sean libres así”, pensé. “El único sentido de este inmenso viaje ha sido volverme pobre de todo amor.”
—Ven conmigo —pidió Farid.
—¿Sabes? —contestó Atonatiuh— Aquí me siento bien. Esta es mi gente.
—Tú no eres uno de éstos.