F1219 · DAMASCO / ROMA / EL CUERPO QUE NO MUERE

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DAMASCO / ROMA / EL CUERPO QUE NO MUERE

Farid entró en la ciudad

por una puerta

que ya no existía.

No se detuvo.

Nunca se detenía ya.

Las ciudades no cambiaban.

Solo repetían.

Damasco.

Roma.

Praga.

París.

Distintas piedras.

El mismo desgaste.

El cuerpo

No dolía.

Eso era lo peor.

No envejecía.

No sangraba.

No terminaba.

Hakim

Seguía ahí.

Siempre estaba.

En otro lugar.

En el mismo.

Sentado frente al metal.

Pesando.

Esperando.

Como si el alma pudiera medirse.

Farid

Lo miró.

No con distancia.

Con cansancio.

—No es ahí.

Hakim no levantó la vista.

—Tiene que estar.

Golpeó la mesa.

—Todo tiene causa.

Silencio.

Farid

—No.

Pausa.

—Eso es lo que no entiendes.

El mundo

Seguía girando.

Roma se quebraba en concilios.

París discutía a Dios.

Castilla mataba en nombre de Dios.

Y todos creían

que estaban más cerca.

Farid

Caminó entre ellos.

No como testigo.

Como herida.

La Inquisición

Aún no era fuego.

Era rumor.

—El alma tiene dueño.

Farid escuchó.

Y supo:

eso también fallaría.

El cuerpo (otra vez)

No podía morir.

No podía terminar.

No podía cerrar.

La comprensión

No vino como idea.

Vino como peso.

—No soy humano.

No lo dijo.

Lo aceptó.

El monasterio

Un monje lo miró.

—¿Qué buscas?

Farid no respondió.

Porque ya no buscaba.

La alquimia

El fuego.

El mercurio.

La sal.

Todo exacto.

Todo inútil.

Hakim (otra vez)

—Tiene que haber una fórmula.

Farid negó.

—No hay fórmula.

Silencio.

La aparición

No fue visión.

Nunca lo es.

Fue presencia.

La Virgen.

No María.

Nunca María.

La mirada

No juzgaba.

No salvaba.

Miraba.

Y en esa mirada—

todo quedaba expuesto.

Hakim

Tembló.

Por primera vez.

No de miedo.

De reconocimiento.

Farid

—Es ella.

Hakim no preguntó.

Sabía.

La verdad

No venía del oro.

No venía del fuego.

No venía del saber.

Venía de eso:

haber sido visto.

El quiebre

Hakim bajó la cabeza.

No derrotado.

Desarmado.

—Entonces… ¿por qué sigo?

Silencio.

Farid

—Porque aún no has sido amado.

Silencio.

Más largo que todos los siglos.

El eco histórico

En Constantinopla—

un niño nacía.

En Castilla—

un nombre se escribía.

En América—

una serpiente era dibujada.

Todo al mismo tiempo.

Todo conectado.

Farid

Sintió la línea.

No como destino.

Como peso compartido.

Hakim

—¿Y tú?

Farid no respondió.

Porque la respuesta—

no estaba completa.

Última línea

Y en ese instante—

mínimo,

irrepetible—

dos hombres que no podían morir

entendieron algo

que ningún imperio

había podido sostener:

que la eternidad

no es vivir para siempre

sino no poder

terminar

lo que aún no ha sido

verdaderamente

amado.

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