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DAMASCO / ROMA / EL CUERPO QUE NO MUERE
Farid entró en la ciudad
por una puerta
que ya no existía.
No se detuvo.
Nunca se detenía ya.
Las ciudades no cambiaban.
Solo repetían.
Damasco.
Roma.
Praga.
París.
Distintas piedras.
El mismo desgaste.
El cuerpo
No dolía.
Eso era lo peor.
No envejecía.
No sangraba.
No terminaba.
Hakim
Seguía ahí.
Siempre estaba.
En otro lugar.
En el mismo.
Sentado frente al metal.
Pesando.
Esperando.
Como si el alma pudiera medirse.
Farid
Lo miró.
No con distancia.
Con cansancio.
—No es ahí.
Hakim no levantó la vista.
—Tiene que estar.
Golpeó la mesa.
—Todo tiene causa.
Silencio.
Farid
—No.
Pausa.
—Eso es lo que no entiendes.
El mundo
Seguía girando.
Roma se quebraba en concilios.
París discutía a Dios.
Castilla mataba en nombre de Dios.
Y todos creían
que estaban más cerca.
Farid
Caminó entre ellos.
No como testigo.
Como herida.
La Inquisición
Aún no era fuego.
Era rumor.
—El alma tiene dueño.
Farid escuchó.
Y supo:
eso también fallaría.
El cuerpo (otra vez)
No podía morir.
No podía terminar.
No podía cerrar.
La comprensión
No vino como idea.
Vino como peso.
—No soy humano.
No lo dijo.
Lo aceptó.
El monasterio
Un monje lo miró.
—¿Qué buscas?
Farid no respondió.
Porque ya no buscaba.
La alquimia
El fuego.
El mercurio.
La sal.
Todo exacto.
Todo inútil.
Hakim (otra vez)
—Tiene que haber una fórmula.
Farid negó.
—No hay fórmula.
Silencio.
La aparición
No fue visión.
Nunca lo es.
Fue presencia.
La Virgen.
No María.
Nunca María.
La mirada
No juzgaba.
No salvaba.
Miraba.
Y en esa mirada—
todo quedaba expuesto.
Hakim
Tembló.
Por primera vez.
No de miedo.
De reconocimiento.
Farid
—Es ella.
Hakim no preguntó.
Sabía.
La verdad
No venía del oro.
No venía del fuego.
No venía del saber.
Venía de eso:
haber sido visto.
El quiebre
Hakim bajó la cabeza.
No derrotado.
Desarmado.
—Entonces… ¿por qué sigo?
Silencio.
Farid
—Porque aún no has sido amado.
Silencio.
Más largo que todos los siglos.
El eco histórico
En Constantinopla—
un niño nacía.
En Castilla—
un nombre se escribía.
En América—
una serpiente era dibujada.
Todo al mismo tiempo.
Todo conectado.
Farid
Sintió la línea.
No como destino.
Como peso compartido.
Hakim
—¿Y tú?
Farid no respondió.
Porque la respuesta—
no estaba completa.
Última línea
Y en ese instante—
mínimo,
irrepetible—
dos hombres que no podían morir
entendieron algo
que ningún imperio
había podido sostener:
que la eternidad
no es vivir para siempre
sino no poder
terminar
lo que aún no ha sido
verdaderamente
amado.