Esa misma noche, en la celda de Juan Hernández, un golpe a la puerta lo despertó. Era Farid. Juan, aún somnoliento, lo hizo pasar. Farid se sentó frente a él con una expresión pensativa.
—Siéntate. ¿Qué quieres? —preguntó Juan.
—¿Por qué nunca quisiste hacerlo conmigo? Como el hermano Estévez. ¿Por qué no me obligaste? Según lo que me has dicho, no hay ninguna razón para horrorizarse de la materia y del cuerpo. ¿Por qué, si tú no crees que tocarnos sea malo, nunca quisiste tocarme? —preguntó Farid con un tono que mezclaba tristeza y desafío.
—Porque tú no querrías —respondió Juan.
—Pero pudiste obligarme. Obligarme a hacerlo y obligarme a callar, como el hermano Estévez. A mí nunca van a creerme —dijo Farid con un atisbo de desesperanza.
—¿Querrías? —preguntó Juan.
—No —admitió Farid.
—¿Lo ves? —dijo Juan, aliviado en parte por la respuesta.
Farid se arrodilló ante Juan, besó su mano con respeto y se levantó para salir. Juan se quedó solo, abatido y profundamente triste, con el eco de la conversación resonando en su mente.
En los pasillos oscuros de la catedral, Farid caminaba en silencio, sus pensamientos envueltos en la penumbra que se extendía a su alrededor.
Más tarde, en la casa de Manuel, Farid estaba en la cama junto a su amante, Manuel, con quien acababa de hacer el amor.
—Contigo quiero hacerlo. Contigo me gusta porque somos dos esclavos en este mundo tan lleno de pecados —dijo Farid, con una mirada que buscaba significado en su relación.
—No entiendo lo que me dices —respondió Manuel, frunciendo el ceño.
—No te entiendo, pero tú eres mi amante —dijo Farid con una sonrisa triste.
—Habla en castellano. En lo poco que sepas de castellano. Te entiendo mejor —sugirió Manuel.
Farid cambió al español. —¿Sigues creyendo en tu religión?
Manuel soltó una pequeña risita. —¿Te mandaron los frailes a preguntarme?
—No. Lo que sea que me digas, no se lo voy a contar a nadie —aseguró Farid.
—Sí. Sigo creyendo en los dioses de mis ancestros —respondió Manuel.
—Pero sacrificaban humanos —dijo Farid.
—Tal vez haya estado mal y por eso los mismos dioses que se oponen al sacrificio humano nos abandonaron —admitió Manuel con un tono pensativo.
El silencio se asentó entre ellos antes de que Manuel rompiera el hechizo.
—Hay una rebelión, Farid. Nos vamos a rebelar. Vamos a destruir la catedral y vamos a sacar a todos los frailes de esta tierra. Vamos a reconfigurar lo que estuvo mal. No todo lo que nos han enseñado los blancos está equivocado. Tienes razón. No eran buenos los sacrificios, pero tampoco es bueno que en el nombre de su Dios nos tengan en esta situación. Los niños se mueren de hambre en las calles y los encomenderos los golpean hasta cansarse.
Farid se vistió con la túnica áspera de los franciscanos y salió sin decir más. David, quien había estado observando en silencio, se quedó en la cama, evitando las preguntas inevitables. Cerrar los ojos era un peligro; dormirse en ese estado le parecía una trampa. El cuerpo desnudo del esclavo se le había quedado grabado en la retina con una intensidad que temía interminable. “No eres un caballero”, se dijo. Y, como si regresara a su niñez, se puso a llorar. Horas después, el agua se llevó el cuerpo y de Farid sólo quedó el recuerdo de su voz. No fueron necesarios
silicios ni rezos obsesivos. Solo la fe de que había encontrado en el muchacho una razón para construir un mundo mejor aquí, en las tierras del viejo imperio, tan lleno de violencia y sangre. “Esto que siento me aleja de él”, se dijo. “Quiere alejarte de ti. Si cedes y lo tocas, vas a ser como Estévez. Estas cosas nunca terminan. Una viene detrás de la otra. Es una ruta sin fin. Y vivirás atormentado.”
Todos entendemos, David, la soledad, el claustro. Su piel. No pienses en estas cosas, el niño necesita aprender. No, no hay mucho más que yo pueda enseñarle. Sí. Nuevas obras, compón para él. En eso cabe el dolor. Lo importante no es la vida, lo importante es navegar. —La música—se dijo en el silencio de su celda. —La música. Pero los franciscanos quieren llevárselo. ¿Cómo los convencen?
—Con música.
Con música. Nada más. Desprecian la catedral y nos desprecian a nosotros porque tenemos una iglesia más pequeña que san Francisco. Una iglesia de madera que trata de imponerse sobre corpulentas pirámides de piedra. Solo está Farid aquí para luchar contra los franciscanos. Ellos tienen cientos, magníficas voces, niños de voces impecables. Son santos los franciscanos. También tú, David. También tú puedes ser santo y darle a la cristiandad esa catedral. Para eso hace falta un poco de fe. Y mucho dinero. Y mucho dinero. Los mejores compositores de Nueva España son indios. Fray Pedro los entrena. Tenemos que atraer el arte para levantar esta catedral.