F0610 · Aquella primera semana en que volví de catedral, las cosas habían…

Aquella primera semana en que volví de catedral, las cosas habían cambiado. Aunque el duque de Estrada seguía divirtiéndose con sus amigos en cenas y bailes al ritmo de tambores indígenas y laúd, El aire de sospecha que había descubierto en los conquistadores era el de la conspiración. En sobremesas, en las tabernas y en sus solares no hablaban de otra cosa. Querían mantener este mundo para sí mismos. Contaban exaltados las historias de su conquista, exageraban sus proezas y a menudo inventaban monstruos y diablos que en la selva los habían atacado. Se creían caballeros andantes que habían conquistado un mundo para llevar a esos salvajes el verdadero Dios.

Fue con Cristóbal Atonatiuh por los caminos que el muchacho había aprendido cuando era un joven Dios y, con Nautli había aprendido a amar. La calle de noche se encendía, no sólo de luz, también de olor al cebo de las antorchas. Se iban al norte con una tea para no caer en las acequias que excavaban por todos lados para drenar de agua el lago de la ciudad. Si llegaban muy temprano al lugar de sus reuniones, se tendían en la hierba. Se descalzaban para sentir los pies, la sensualidad y la belleza de ser tan joven y no tener que hacer otra cosa que vivir para la verdad y el éxtasis que, en ese momento, a Daniel le parecían una misma cosa.

Se entristecía por él. Porqué él había sido un dios. El primer obispo de México fue Juan de Zumárraga. Vino de Sevilla cuando México dejó de depender de esta diócesis. El emperador de la cristiandad estaba queriendo que lo perdido por causa de Lutero en Europa se recuperara en el Nuevo Mundo. 

Para ello, la evangelización tenía un lugar preponderante. Era necesario establecer, lo antes posible a un virrey; dejar atrás el tiempo de la conquista, establecer una diócesis, dejar atrás el tiempo de las misiones. Al menos en la antigua capital de Moctezuma. 

Pero los naturales no querían ir a misa con su obispo. Juan de Zumárraga escribió al rey Carlos que su catedral era una viuda a la que nadie viene a ver. Fue entonces que de Toledo llegaron los dineros para la más imponente fábrica en el Nuevo Mundo, el oro para levantar el templo más portentoso del mundo en el mismo lugar donde antes se adoró al sol. El nuevo sol de Cristo iluminaría desde esta ciudad a todo el continente. 

Pero entonces alguien le dijo a Zumárraga las razones por las que su pueblo no venía a misa. Nunca lo hubiese pensado. En san José de los Naturales Zumárraga escuchó un coro de ciento cincuenta príncipes mexicanos que no habían cumplido los doce años. 

Los naturales amaban esa música. Sólo la música podría conquistar realmente a México Tenochtitlan.

85 Y yo de pronto sin haber sabido bien cómo me convertí no sólo en el favorito de los señores. El duque de Estrada pidió que preparara para una fiesta en la que vendría el marqués, una serie de madrigales. 

Usando los talentos que el ángel me dio estaba yo preparando mi destrucción. No podía yo saber que la música no era un regalo. Yo era un cáliz, una patena, pero ciego, supe que había llegado la hora de poner en peligro mi alma.

Juan de Zumárraga sólo ha sentido algo similar después de rezar varias horas. Es una placidez que no había podido ganar nunca, de ninguna otra forma.

Pedro de Gante era primo del César Carlos V y yo había conocido su imponente fachada en algunos de los viajes que hice con Atonatiuh y Marina de Estrada a la capital. Atonatiuh en aquellos viajes parecía entristecerse. Cualquiera hubiese pensado que sentía nostalgia por el mundo que estaban demoliendo, 

Daniel había ido al convento de San José de los Naturales junto al convento de san Francisco donde se había empeñado en la evangelización de todas las almas del nuevo mundo. Tronaba la campana y los niños se levantaban. Comenzaba la procesión y la música. Aquellos hombres y mujeres caían de hinojos porque nunca habían escuchado eso: ese sonido que proclamaba que no se habían detenido los sacrificios: se habían perfeccionado porque Dios mismo estaría muy pronto en el altar. 

Farid se enteró de lo que le había hecho Jorge a Isaac. La siguiente vez que lo enviaron, fue con él. Había que sacrificar.  

La conversación con Pedro de Gante se intercorta con el sacrificio humano y con el sacrificio de Farid por Isaac 

Un guerrero náhuatl de aspecto apacible, caminaba tranquilo por los senderos que se han vuelto ya selva en las afueras de Tenochtitlan. El hombre se detiene a mirar una hierba. Arranca un trozo, la huele. Pone un pedazo muy chiquito en la lengua y la saborea. Nunca había visto esta hierba. Son tantas que no basta una vida. Sigue caminando. Mezcla el sabor de la hierba con la saliva. Habrá que esperar a saber qué pasa, aumentar las dosis para saber del sabor de esta hierba para qué sirve. Cuauhtleco eso es, es un sabio. 

En la laguna de lo que hoy es Xochimilco, se mira Chimalcóatl. El cuervo vuela sobre la superficie y el sol es una llama larga. Es de mañana y extiende sus dedos sobre los lirios. Allá abajo la ciudad. Parece que el sol quisiera retomar Tenochtitlán. 

Sol traidor, piensa Chimalcóatl, el Tlaxcalteca. 

Las cosas no eran así, se lamenta. No era cosa de sustituir todo nuestro pasado por el Dios de los de Castilla. 

Chimalcóatl lanza ramitas al lago. Se siente traicionado y traidor. Traicionado por este Dios en el que invertimos tanta sangra, sol que sigue saliendo y acaricia también a los españoles. 

Rompimos los hilos, piensa. Somos traidores, por eso nos traicionaste. 

Chimalcóatl hubiera seguido pensando. En el reflejo del lirio sobre la superficie del lago, en el pez que devora otro pez al fondo del lago, en el cieno, por donde están los tesoros, pero Cuauhtleco lo interrumpió. 

Hola Chimalcóatl. 

Cuauhtleco. 

Cuauhtleco llegó en otra balsa. Llegó silencioso, por la derecha. 

Vamos a redimir el honor de los tlaxcaltecas. 

Cuauhtleco asintió. El viento mecía los lirios en la laguna, pero todo tan silencioso. 

——Vamos al refugio ——dijo Chimalcóatl—— ¿Vienen hombres contigo? 

Una mujer, nada más. La diosa. 

No vamos a traicionarte. 

Lo sé. Querían acompañarme. Prefiero caminar solo. 

Remaron hasta la orilla. A Chimalcóatl lo esperaban ya, emboscados, veinte hombres de Tlaxcala. 

Este es el tlatoani de México ——dijo Chimalcóatl. 

Todos cayeron hincados. Entre la gente salió Roberto. 

Cuando Roberto y Cuauhtleco tomaron sus brazos, la alianza estaba sellada. Los tlaxcaltecas fieles habían jurado caminar siempre al lado del heredero de Cuauhtémoc, Cuauhtleco, primer tlatoani del sexto sol.

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