X La muerte de Alberto **
En aquel centro, Atonatiuh, extasiado con los cantos vehementes, con el ruido de los tambores, con la pintura y la seriedad de sus compañeros, abría los ojos. Los habían conducido a una caverna en la que abrían los ojos. Era una caverna espaciosa, propicia para morir y volver a nacer. Las paredes eran amplias y bien iluminadas. Se escuchaba a lo lejos
404
una cascada y cuando los ojos se acostumbraban a lo que estaban viendo, miraban el montículo gris de la ceniza. La cruz de los cuatro rincones del mundo se había doblado sobre sí misma al centro. Los muchachos todos estaban desnudos. Cada uno de ellos se había pintado de acuerdo con la deidad de uno de los puntos cardinales. A sus pies estaba un río claro, bueno para beber. Ahí Atonatiuh creía escuchar el murmullo de todos los que lo antecedieron. El murmullo de su padre y su abuela quien había muerto poco después de que lo acompañó a conocer a su prometida.
Cuando terminó el ritual de la cruz de los puntos cardinales. El guerrero viejo que gobernaba el calmécac de Atonatiuh los invitó a todos a entrar en aquel río de agua caliente. Los muchachos tuvieron que mostrar más valor que nunca para avanzar contra la corriente. Y a pesar de que se alejaban de la salida, la caverna no oscurecía. Al contrario, todo comenzó a llenarse de un resplandor verdoso. El guerrero ordenó a los muchachos que se introdujeran en un charco. Así, Atonatiuh nadó en el agua cálida a través de las rocas y abrió los ojos y como todos estuvo a punto de ahogarse. Pero en el remolino había bebido del agua del sin- olvido de modo que cuando emergió en el interior de la caverna sagrada, creyó haber visto en el fondo de la laguna de la caverna toda clase de dioses que bailaban rodeando tesoros que nunca serían descubiertos.
405
—En esta caverna —sentenció el guerrero— nuestros antepasados se volvieron inmortales. Entregaron su alma al dios serpiente, al dios que dirigió su camino desde el norte. Era la serpiente en la caverna la que los había guiado, la que les había dado el valor de luchar contra la corriente, contra la oscuridad, contra todos los miedos. El maestro les pidió que cerraran los ojos y siguieran cantando.
Sentado frente a la Virgen de las tribulaciones estaba anocheciendo. Allá a lo lejos, los tejados de Roma parecían incendiarse con el rojo de un sol que comenzó a descender. Alberto tuvo una extraña impresión, creyó escucharse a sí mismo. La voz venía del pozo. Era el sonido de todos aquellos muchachos con los que había aprendido a cantar cuando su madre lo dejó en este lugar que ahora, extrañamente ya no le parecía tan triste. Sus captores se habían alejado unos pasos porque creyeron que rezaría, pero Alberto ya no tenía fe si es que alguna vez la tuvo. A pesar de que se sentía en paz, estaba convencido de que todas las ilusiones humanas son vanas. Comenzó a llover. Era una lluvia delgada y fresca que casi no se metía por entre las pérgolas y los naranjales. En cualquier momento vendría el hermano Fabricio a confesarlo. ¿Qué le diría? No quería confesarse con Dios, sobre todo porque estaba convencido de que era una patraña. No existían ni Dios ni el diablo, pensó. Lo único que
406
había era el hombre arrojado en un jardín que cada día se hacía más amplio. Uno de los hermanos que lo custodiaba le trajo una manzana. Recordó lo que Farid le había contado, que el caballo de Solimán sólo comía manzanas verdes. Sonrió. Pensó en todo lo que había querido a este esclavo que le dio refugio en la casa de Dante y que le había enseñado a tocar a cambio de que él, Alberto, le enseñara a cantar. Ahora mismo, pensó, estaría a la mitad del mar o tal vez ya habrían llegado al otro lado del mar. Cuando pensaba en ello había en él una suerte de inmensidad inimaginable. Era imposible pensar en cómo sería ese otro lugar alejado de la cabeza del mundo, de esta Roma que, estaba seguro, ya nunca abandonaría. De aquel pozo de la Virgen de las Tribulaciones emergía el sonido del sin-olvido. Aquí comenzaba su historia. No había nada antes, nada detrás. Por más que Fabricio lo hubiese confesado, el marqués había querido venganza. Lo imaginó en la Casa de Dante, inventando conspiraciones Sintió un poco de rencor. El mismo que había sentido por Fabricio cuando le dio la absolución y le anunció adolorido que iba a morir. Había bebido del sin-olvido.
Luego del anuncio, Fabricio se quedó silencioso junto a Alberto quien comenzó a sentir una extraña mezcla de sentimientos. Hubiese querido pedirle perdón realmente. A él, no a Dios. Perdón por haber dudado de que el amor estaba aquí, en el monasterio y por haber pensado
407
que había más interés en recorrer el mundo, en conocer lo incognocible que en este lugar en el que, a pesar de su falta de fe se acomodaba por el horario en el que todo parecía adquirir sentido. Hubiese querido decirle: “he venido a Roma para buscarte, no encontré en ninguna parte el amor que nos profesábamos en este lugar, frente a esta Virgen y este pozo.” Hubiese querido decirle que de todas aquellas extrañas aventuras lo único que realmente extrañaba era a él, a Fabricio. Agradecerle el amor que le había dado cuando más lo necesitaba. Fabricio por su parte, pensaba, también callado en este siglo perverso. La condición de abad lo había cambiado sólo porque lo había hecho más consciente del deber que tenía para con sus súbditos.
Y si el deber suyo en este momento era arrancar la fruta podrida no podía detenerse a analizar sus sentimientos, a permitir que volviera la ternura por aquel niño que ahora tenía junto a sí. Por otra parte, el niño había crecido, había perdido el rostro frágil y se había convertido en la clase de adulto que Fabricio y despreciaba. Alberto, pensó, es un signo del siglo perverso, de un siglo de adúlteros y gente sin fe. En silencio se abrazaron y Alberto volvió a escuchar el corazón de su maestro de música. Vinieron por él los guardias. Alberto musitó:
—Quiero tu bendición.
408
Fabricio puso las manos sobre la cabeza de aquel muchacho y recitó lentamente una oración en latín para que la Virgen tuviera piedad de él y rezara por él ante el Altísimo. No le había pedido otra pena que arrepentirse de modo que, cuando Alberto se fue para ser entregado a su verdugo, esperó que hubiese podido cumplirla. Sospechaba que no. Alberto no era la clase de personas que se arrepienten. Al contrario. Durante la confesión había sospechado un rencor hacia todo lo santo que realmente le preocupaba. Espero también que los verdugos de aquel desconocido que muchos años atrás había sido su amigo, fuesen rápidos. Que el marqués no se deleitara en torturarlo.
En la casa de Dante, el marqués del Carpio había dado otra fiesta. Se hablaba, como siempre del futuro del mundo, del humanismo, del engaño de la iglesia. Se conspiraba para que Francia interviniera por fin en Roma y acabara con la influencia española. Se habló de nuevos inventos, de nuevas rutas comerciales, de nuevas conspiraciones y se bebió mucho. Había comenzado a amanecer. El marqués y su mujer acompañaron a un joven alquimista hasta el río. Era muy de mañana y como era domingo había poca gente en el barrio. A lo lejos, sin embargo, había comenzado a llenarse el marcado del puerto. Pronto habría mucha gente. Las prostitutas comenzaban a volver a sus lugares. El marqués se despidió de su amigo y volvió
409
con su mujer a la Casa de Dante. Pensó extrañado que tal vez hubiese querido tener una casa normal. Miro a lo alto de la colina y pensó que era el último día en la vida de Alberto. No lo odiaba. Al contrario, le daba curiosidad lo que sentiría aquel muchacho que se entregaba a la muerte. Se preguntó por qué había deseado castigarlo a pesar de que nunca había amado a María de Solier. Algún otro marido, pensó, se hubiese sentido satisfecho de que esta mujer a la que no amaba encontrara un chichisbeo, un hombre joven que le diera el placer que él se negaba a proporcionarle. Abrazó a su mujer. La condujo a la alcoba. No harían el amor, pero se dormirían abrazados. Escucharían a lo lejos las campanas y pensarían que tal vez doblaban porque era domingo o tal vez porque comenzaba el adviento. Tal vez doblaban por la muerte de Alberto o tal vez porque había comenzado la revolución, el cambio, la verdadera emancipación humana. Faltaban unos meses para que él y su mujer pudiesen tener noticias de su hijo en el Nuevo Mundo. En ello, pensó, consiste la inmortalidad. En buscar el Grial, en buscar el camino entre oriente y occidente, en abrazar la redondez del mundo. Estaba convencido de que pronto enconEn la casa de Dante, el marqués del Carpio había dado otra fiesta. Se hablaba, como siempre del futuro del mundo, del humanismo, del engaño de la iglesia. Se conspiraba para que Francia interviniera por fin en Roma y acabara con la influencia española. Se habló de nuevos inventos, de nuevas rutas comerciales, de nuevas
410
conspiraciones y se bebió mucho. Había comenzado a amanecer. El marqués y su mujer acompañaron a un joven alquimista hasta el río. Era muy de mañana y como era domingo había poca gente en el barrio. A lo lejos, sin embargo, había comenzado a llenarse el marcado del puerto. Pronto habría mucha gente. Las prostitutas comenzaban a volver a sus lugares. El marqués se despidió de su amigo y volvió con su mujer a la Casa de Dante. Pensó extrañado que tal vez hubiese querido tener una casa normal. Miro a lo alto de la colina y pensó que era el último día en la vida de Alberto. No lo odiaba. Al contrario, le daba curiosidad lo que sentiría aquel muchacho que se entregaba a la muerte. Se preguntó por qué había deseado castigarlo a pesar de que nunca había amado a María de Solier. Algún otro marido, pensó, se hubiese sentido satisfecho de que esta mujer a la que no amaba encontrara un chichisbeo, un hombre joven que le diera el placer que él se negaba a proporcionarle. Abrazó a su mujer. La condujo a la alcoba. No harían el amor, pero se dormirían abrazados. Escucharían a lo lejos las campanas y pensarían que tal vez doblaban porque era domingo o tal vez porque comenzaba el adviento. Tal vez doblaban por la muerte de Alberto o tal vez porque había comenzado la revolución, el cambio, la verdadera emancipación humana. Faltaban unos meses para que él y su mujer pudiesen tener noticias de su hijo en el Nuevo Mundo. En ello, pensó, consiste la inmortalidad. En buscar el Grial, en buscar el camino entre oriente y
411
occidente, en abrazar la redondez del mundo. Estaba convencido de que pronto encontraría la manera de liberar al mundo de lo que consideraba una escoria. El papa Borgia. Pronto todo aquello, todo el mundo como lo había conocido tenía que morir. traría la manera de liberar al mundo de lo que consideraba una escoria. El papa Borgia. Pronto todo aquello, todo el mundo como lo había conocido tenía que morir.
El día en que lo iban a ejecutar, Alberto despertó con la convicción de que no creía en Dios. No había nada. Había deseado ver a Fabricio y aún eso se había convertido en una auténtica decepción. Al hermano no le habían parecido interesantes las aventuras de las que habló Alberto y lo había absuelto como quien absuelve a un desconocido. Quiso hablar con él, charlar con respecto a las novelas de caballería, a lo que había pasado, a lo que sentía. Le hubiera gustado que le preguntara lo que él había sentido cuando había conseguido conquistar una mujer. Esperaba encontrarse con un hermano, pero se encontró con un desconocido. Y ahora todo el mundo le era desconocido. No había nada que hacer aquí. El tribunal apuró el trámite y se le condenó a la horca. Había matado a un hombre, dijo el inquisidor. Él que se había consagrado a la orden de Santo Domingo como un defensor de la fe había fallado a Dios, a la Virgen y a sus hermanos. Ninguno lo miró con simpatía. ¿Acaso habían olvidado
412
que eran ellos los que lo habían lanzado a la Casa de Dante? ¿Acaso olvidaban que eran ellos los que habían querido espiar a Isaac y conocer el camino al Nuevo Mundo? Esperaba que amaneciera cuando, a las cinco de la mañana apareció Fabricio. Volvió a resultarle extraño porque en cuanto Alberto se levantó, lo abrazó. Lo miró como para tratar de reconocerlo, pero no sólo dijo que estaba enterado por el marqués del Carpio de todo lo que había hecho en casa de Isaac. Había desperdiciado la oportunidad de aprender la nueva geografía, enterarse del nuevo curso de la ciencia y servir a Dios. Pero tú, claro, dijo, nunca has creído en Dios. A Alberto le extrañó que Fabricio lo tuviese tan claro. Se quedaron juntos callados y hubo durante un tiempo algo compañía, de un amor tranquilo. A las seis vinieron los verdugos para llevarlos al lugar secreto en que colgaban a los monjes que hubiesen fallado a Dios. Se le avisó que sería incinerado y que sus cenizas serían lanzadas al río. Alberto sintió paz. Si aquellos hombres que habían querido engañarlos pensaban que rogaría se engañaban. No dijo palabras especiales ni se quejó. Subió al cadalso con una dignidad que a todos les resultó extraña. Fabricio dio una orden y Alberto sintió un vuelco en el estómago, sintió claramente cómo la cuerda se cerraba alrededor de su garganta y cómo, sin quererlo, comenzaba su cuerpo a abandonar todos los líquidos que aún retenía. Recordó a Farid. Él tendría la boca abierta para cantar. Poco a poco la ciudad de Roma comenzó a volverse
413
borrosa. Entonces se hizo clara una imagen. Era la imagen de la Virgen de las Tribulaciones. Alberto trató de decir algo, pero su garganta se cerró para siempre y él volvió a sentir un vuelco y sintió cómo se abrí a sus pies la eternidad. Nunca volvería a verla ni nunca volvería a sentir el amor que había sentido la tarde que su madre se fue por el camino de tierra roja que aún se ve en el monasterio de Santa Sabina cuando los turistas curiosos se aproximan al jardín.
414