Aún hoy está en pie la capilla que levantaron los monjes para resguardar la Virgen de la Tribulación cuando llegó a Roma desde el Aventino. Está al fondo de un naranjal desde el que se ve la ciudad. Frente a esta capilla está el edificio principal del monasterio. Ahí, en una de las habitaciones más altas, la madrugada del 21 de enero de 1491 el monje Alberto despertó sobresaltado. No recordaba su sueño, pero tenía la sensación de que era mejor no tratar de pensar en ello. Se levantó. Miró hacia la ventana. Por la parte superior aún se metía el aire de la colina. Aunque era invierno no era un frío contante y Alberto, más por miedo a volver a soñar que por piedad, bajó para rezar frente al icono que ya era famoso en la ciudad. Siempre que Alberto se sentía atribulado vestía su esclavina y se iba a la capilla en los naranjales. Ahí se quedó muchas madrugadas. Una suerte de calor interior lo invadía y, a pesar de haberse desvelado, la paz se quedaba con él.
Abajo de la colina, al otro lado del Tíber está La Casa de Dante. Se trata de un castillo de estilo Medieval en la Piazza Sidney Sonnino sobre el Viale di Trastevere. Este atractivo edificio pertenecía a finales del siglo XIV a Alfonso Fernández de Córdoba y Herrera, señor de Aguilar. Al edificio en el Trastévere se le conoce como Casa de Dante porque se cuenta que durante el exilio del poeta florentino, este vino a vivir aquí. En 1491 el señor de Aguilar lo había comprado para cumplir una promesa que hizo a mi abuelo número quince en el sentido de cuidar a su amante y al hijo que tuvo con ella. El pequeño Garci de quien descendemos mis hermanos y yo era en aquel tiempo un muchachito que apenas aprendía a caminar y ante la política que estaba teniendo lugar en Castilla, donde nació, no parecía tener futuro. Él y su madre eran moros y, como se sabe, por aquel tiempo estaba a punto de desaparecer el último reino nazarí.
En la Casa de Dante, el señor de Aguilar les ofreció refugio a Inés quien de mala gana dejó Castilla para refugiarse en esta casa que se había transformado en poco tiempo en lugar de reunión de toda clase de humanistas, esos licenciosos conspiradores que hablaban sin pudor en contra de Dios.
El 21 de enero de 1491 el señor de Aguilar no dejaba de mirar el cielo ni siquiera para mirar a su amigo Al-Hakim quien era médico del papa Inocencio III. La conversación tuvo interés solo al inicio, antes de que don Alonso y el árabe se dejaran arrebatar por el hachis que preparaba con ánimo delicado el joven esclavo Farid, un muchachito de ojos grandes y bondadosos.
Hakim siempre permaneció más sobrio que el señor de Aguilar, no solo porque tenía más años que él (muchos más, en realidad). El alquimista árabe se había acostumbrado a controlar los delirios del láudano desde que era muy joven. En fin que Alonso Fernández de Córdoba se metió de pronto en una charla inexplicable en torno al tamaño del universo y Al-Hakim comenzó a aburrirse.
—El mar es inmenso.
Esta había sido la última frase coherente del señor de Aguilar quien se quedó mirando hacia el cielo, hundido en la oscuridad de sí mismo, creyéndose descubridor por primera vez de la inquietud de entender que más allá, en lo infinito, no existe ni el arriba ni el abajo, ni el este ni el oeste ni el principio ni el fin.
Al-Hakim, el alquimista árabe, ordenó a su esclavo que dejara de preparar el láudano y cogiera el duduk. El muchachito lo hizo. Comenzó a sonar el duduk con un aire tan melancólico que Alonso de Aguilar se sintió por fin cobijado en el fondo del mar, rodeado de bestias salvajes que resultan, sin embargo, inusualmente amables. La música le había devuelto, si no la sobriedad, al menos una suerte de tierra firma sobra la cual pudo, al fin, relajarse de verdad. No hubo entonces otra cosa en la mente del señor de Aguilar que aquel sonido nostálgico que adormecía la tristeza de estar arrojado en el mundo a la mitad de semejante inmensidad.
Cuando el señor se quedó dormido, Al-Hakim ordenó a su esclavo que lo cuidase. Que limpiara la saliva que a veces se deslizaba por la comisura de los labios del viejo noble castellano. Y así lo hizo Farid. Dejó de tocar y se quedó junto a don Alonso cuidando sus ensoñaciones de madrugada. Cuando Al-Hakim se fue, el muchachito se quitó las sandalias y se puso también a contemplar el cielo.
El alquimista árabe cruzó el patio de la casa de Dante, en su caballeriza resopló Viento del Diablo, su caballo. Ordenó al portero que le abriera la puerta porque tenía ganas de pasear por Roma de madrugada antes de que, al amanecer, ofreciese al papa un tratamiento que él había inventado: la transfusión.
Inés abrió los ojos, miró pasar por el patio a Al Hakim. Supo que el señor de Aguilar estaría completamente extraviado en el láudano. ¿Lo amaba? Nunca se lo había puesto así. Sabía solamente que era una muchachita de la baja nobleza nazarí que se había hecho amante de un noble castellano que se murió a causa de la mancha del alquimista. Lo recordó. No sabía tampoco si a él lo había amado, si bien era real que le producía un placer que nadie le había dado. Cuando apareció la mancha ella hubiese querido quitársela. Que se la llevara a ella, pero no a él. Recordó haber besado su ombligo, subir por el pecho. Ahí estaba, de color escarlata, la marca de la alquimia. En poco tiempo se hizo evidente que pronto moriría. Y lo que más le entristecía era que él tenía razón, la única manera de salvarse de las persecuciones que poco a poco comenzaban a crecer en Castilla era refugiarse fuera de Castilla, ir con aquel hombre que ahora mismo observaba el cielo en un castillo medieval, extraviado con los efectos del láudano.
Vino a posarse en la terraza fuera de la ventana de Inés un mochuelo, un pequeño búho blanco al que alcanzó a ver iluminado por las antorchas. Había cesado la música. Aquel día Alonso había decidido que vendría del convento el monje castellano para cantar. Y ella se estremeció sin saber muy claramente por qué.
En el reflejo del vidrio volvió a recordar el espejo veneciano en que Luis le mostró la mancha del alquimista. Juntos la acariciaron como para retar a la muerte.
—Este espejo —había dicho mi abuelo número quince— refleja las verdades del dios Hermes. Es él quien nos hace saber lo que va a pasar.
Y los dos se besaron. Porque no habían querido darle importancia, pero en poco tiempo, el cansancio fue la señal. El plomo se le había metido en la sangre. Al otro lado del espejo, se dijo, está el Trismegisto. La abrazó y ella lo tendió sobre la cama y le besó la mancha que comenzó a doler.
—Sigue, no te preocupes —dijo él—. Besa mi cicatriz.
Y fue así que a los sesenta años el viejo noble castellano engendró a mi abuelo número catorce Luis Méndez Sotomayor quien dormía al pie de su cama, en una cunita en la Casa de Dante.