“¿Cómo he llegado aquí?” Esta pregunta es mi mar de los sargazos, la señal, la hostia que guía y me gobierna cuando está consagrada con el corazón abierto frente al cuerpo de Dios. Subo una calle empedrada, detrás del templo pagano que desmantelan, me pregunto: “¿para qué?” Camino con Cristóbal por los barrios del norte, por donde sólo van prostitutas y vagos como nosotros. A veces también, vestidos de ministriles caminamos por el barrio de los españoles y más allá por el barrio de los jóvenes señores tlaxcaltecas que se han casado ya con mujeres rubias y tienen hijos que todos desprecian.
Vuelan pájaros nuevos. Han llegado palomas al nuevo mundo. En mí la repetición ha perdido sentido: levantarse, meditar; el desayuno antes de la gramática. Todo se ha vuelto un fardo que sube de peso. Abrir y cerrar ventanas. Encender teas, preparar la Misa. El orden del tempus me lleva en mis meditaciones hasta el fin del mundo. ¿Qué significa, sin embargo el fin del mundo en un mundo redondo? Quiero averiguarlo. Quiero ir a donde renace el sol. Ir a una playa en que el sol se desangre frente a mi con la sensualidad con la que he mirado a Cristóbal desnudarse. Y el inválido lo contempla como quien contempla a un hombre o a una mujer, por primera vez.
Los relojes han llegado también. La puntualidad me desespera. Me desespera la lluvia y estar aquí siempre, tratando de descubrir el verdadero sentido de mi nombre: Farid. ¿Quién soy?