F1124 · , febrero, 6. San Miguel de Allende, Guanajuato, México. 04:17h.

2004

, febrero, 6. San Miguel de Allende, Guanajuato, México. 04:17h.

La policía lo encontró en casa de Susana. Había viajado demasiado sólo para buscarse en los ojos de aquella mujer. De regreso en México, Isaac descubrió que en sus ojos aún ardía ese rayo azul, secreto en quien va huyendo hacia todas partes.

También a él lo observaba Aldebarán, estrella de los peregrinos.

Extrañó su idioma, la nostalgia de volver, de reencontrarse con algo o con alguien que pudiese aliviar el dolor profundo por haber perdido a Yemil. Llevaba consigo a la Virgen, su Virgen de las Tribulaciones, aquella mujer morena que sostenía en brazos a un niño coronado, pequeño rey del mundo recibiendo de su madre una manzana verde, el nuevo Adán en los ojos atentos de quienes lo veían acercarse, curiosos por escucharlo cantar.

Aquella noche lo invadió una tristeza honda, oscura. Zurcía una media rota, susurrando: “Nunca un caballero ni un hombre libre zurcieron su calceta”. Pero sabía que mentía, que todos, hasta los caballeros, zurcen calcetas y cagan. Y se sintió, por un instante, único en su tristeza salvaje, desamparado en la inmensidad del mundo.

En ese instante, desde las sombras emergió una voz:

—¿Por qué te fuiste? —Era el hijo de Moctezuma.

Isaac alzó los ojos, sin miedo:

—¿Y tú qué haces aquí? ¿Dónde está el dios de Tenochtitlán?

Atonatiuh rió con fuerza:

—Ni éste es rey ni yo soy dios —mintió con descaro, saliendo al claro, mostrando orgulloso su rostro regio.

Isaac sonrió al ver que, de entre las sombras, también surgía una hermosa mulata.

—¿Y ella quién es? —preguntó.

—Una mujer que ha querido venir contigo, Isaac —respondió ella misma.

Isaac guardó silencio, conformándose con cenar lo que habían traído: gallinas robadas y algo que parecía comida de perro. Estaban muy cerca de la costa, en la ruta hacia donde muere el sol. Cada mañana, al despertar, veía un rayo violeta en el cielo, visión que callaba por temor a que lo creyeran loco, como aquella aparición del Encantador de Serpientes o del hombre que le había entregado a la Virgen de los Peregrinos.

Entonces la nostalgia lo atrapó de nuevo, añorando el Mediterráneo y hasta Nicosia. Pensó en Alexander, en las laudes cantadas con sus hermanos entregados a Dios. Ser libres no había sido suficiente para encontrar la felicidad en medio de aquellos hombres y mujeres cimarrones.

Atrapado entre nostalgias, Isaac sintió el bosque incendiarse tras sus pasos. Cruzó un río y el fuego siguió saltando por las copas de los árboles, persiguiéndolo como si él mismo fuera la chispa que provocaba ese incendio. Gritó pidiendo ayuda. Farid escuchó. Susana despertó sobresaltada, creyendo oír su voz. Desesperada, salió a buscarlo. Isaac corría, mareado, sintiendo en las ramas la caricia cruel de un amante lascivo que deseaba perderlo. El suelo cedió bajo sus pies y rodó entre piedras hasta perder el sentido junto al río. A lo lejos, escuchó a Susana llamándolo.

En medio de la lucha interna, Isaac recordó la crueldad de los cristianos que charlaban tranquilos mientras él, atado, gritaba. La soledad de conquistadores antiguos se apoderó de él, llevando consigo dioses que asesinan a otros dioses, perpetuando una conquista eterna.

Una mujer salió a su encuentro, Isaac desnudo sintió vergüenza, pero ella lo consoló diciendo:

—No temas tu desnudez. Yo te he visto así desde siempre, pues soy tu madre. ¿A quién sirve el emperador sino a ti y a tu hijo? Eres el único, Dios del antes y el después; este es el secreto: no hay verdad fuera de ti porque tú posibilitas toda verdad.

Aquellos días, Isaac soñaba con placeres que le avergonzaban al despertar. Sentía que haber invitado a alguien a compartir su aventura hacia el fin del mundo había sido un error. El camino era inhóspito, más duro incluso que el de los conquistadores hacia la ciudad blanca. Pero él era inmortal, nada debía temer. Ni hombres ni brujos, ni profetas del fin del mundo.

Un día, en el calpulli cimarrón, Miguel confesó que quería envejecer junto a aquella mulata y formar allí su vida. Isaac no comprendía aquel sentimiento, jamás había sentido algo parecido. Extrañado por aquella extrañeza, al día siguiente abandonó el pueblo sin mirar atrás.

A veces levantaba la vista buscando en el cielo el rayo violeta, convencido de ser el único en verlo. Encendía una vela que San Alejo le había regalado, riendo al imaginarse santo y barbado como él, sabiendo que nunca moriría.

Más allá de Sancti Spiritu, comprendió el sentido del peregrinaje: encontrarse a sí mismo en las selvas de esa tierra herida, donde indígenas, europeos y esclavos se unían contra toda opresión. Y aunque sabía que viajar al este significaba desgracia, confió en la Virgen de la Tribulación.

Una tarde alcanzó una pequeña colonia al sur de Tenochtitlán. Vestido con el uniforme desgastado del ministril, se acercó a los pobladores preguntando con tranquilidad, mientras la sensualidad de vivir volvía a invadir su cuerpo, recordando juramentos antiguos y el poder de la música europea que, según él, había conquistado México.

En la playa, Cristóbal asaba un pescado. Isaac, al entrar al mar con él, vio claramente que navegaba hacia el poniente junto a un colibrí. Mientras Eneas cantaba, aparecieron todos aquellos que alguna vez había amado, espíritus tendiendo sus manos para alargar su vida.

Llegaron al fin del mundo en febrero de 2060. El mar gris rugía bajo cielos altos. Huitzilopochtli se despidió por última vez. Isaac sabía que vendrían por él tarde o temprano. Atonatiuh, ya anciano y ciego, entró al mar, ayudado por Isaac, hasta que las aguas devoraron su cuerpo glorioso.

En ese momento, el mar se llenó con todos los que Isaac había amado. El Encantador de Serpientes apareció, y el océano se tornó en sangre mientras el Ángel Exterminador lo llamaba a descender a la caverna del olvido.

Isaac escuchó el grito de Alonso desde lejos, advirtiéndole que el monte ardía. Paralizado, acarició su amuleto de hueso, sin saber a qué dios encomendarse. Desnudo, ofreció su cuerpo al fuego, suplicando ser mortal, tener una vida común y amar a Mariana, vestido con un traje negro el día de su boda.

Pero el fuego respondió con violencia, recordándole cada amor que le había sido arrebatado, cada dolor y cada olvido. Las llamas tomaron conciencia, y en ese instante comprendió que el tiempo mismo era la piel desgarrada de un Dios que había sacrificado su eternidad por amor.

Cuando finalmente Isaac miró hacia el mar, hacia el poniente, supo que no había otra verdad más allá de su propio corazón, convertido en santuario y cárcel, principio y fin de todas sus dudas. Allí, en la última luz del día, se entregó al silencio, aceptando su destino mientras el sol caía una vez más, despidiendo otro mundo que se extinguía entre llamas violetas y verdes.

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