F1082 · 1491…

1491 

El misterio de la clave de do y de fa. Eran esas notas cuadradas, esos pictus los que estaba haciendo sonar Roberto por la mañana. Por primera vez desee ser músico y como tantas otras veces, hubiese parecido que me escucharas. Aunque tal vez era justamente al contrario y era yo quien en esos libros polvosos, te estaba escuchando.

Parecía el réquiem por esa ciudad. Pocos tenían la esperanza de que sobrevivirían, pero Jorge la tenía. Yo morí también a mí mismo y Tenochtitlan, como yo, había comenzado también a exhalar. Decidí ahí mismo que lo dejaría de amar.

Durante el réquiem de Antón de Alaminos, murió la España del descubrimiento. Nació la España imperial, y nació la España imperial. Yo morí también a mí mismo y Tenochtitlan, como yo, había comenzado también a exhalar. Decidí ahí mismo que lo dejaría de amar y convencido de que podría consumar semejante prodigio, caí en fantasías que me secaron el seso.

Y en Chipre Jorge enseñaba a cantar a otros niños. Había perdido la esperanza de volver a ver a Miguel. El dolor de su partida había conseguido cicatrizar con el convencimiento de que un monje no debe sentir apego tampoco por las personas, tampoco por los hermanos, tampoco por uno mismo. La voz de Miguel siempre volvería y siempre de distinta manera. Hacía muchos años que la voz de Miguel había cambiado, que había dejado de cantar y se había convertido en un misionero y Farid, el esclavo árabe del alquimista se había transformado en el cantante de catedral, en el cantante que ahora en lo alto del coro en aquella primera catedral de Coyoacán espera la señal.

y fray Juan entregó el bonete al más pequeño de los servidores. El niño lo recibió y le besó la mano, se hincó frente al altar.

Todos se inclinaron frente a la imagen del Cristo moribundo y con la siguiente orden:

—Procetio —comenzó la marcha de la misa más fastuosa que en estas tierras se había realizado jamás.

Cuando salimos de sacristía, el más pequeño de los novicios se adelantó , frente al espejo hizo una señal para mirar al altar. El padre Herrero respiró y comenzó a tocar la vigüela. Todos respiramos y comenzó el ingresso. Allá abajo, en el atrio, la cruz emergió del humo.  

La gente gente que había venido de los pueblos indígenas y los conquistadores, los colonos y sus hijos, todos se pusieron de pie. El padre fue bendiciendo. El ceremoniero hizo un gesto. La cruz se detuvo.

Entonces volví a verlo. Ahí estaba él. Tan feliz con el hoyuelo en su mejilla, en silencio. Se hizo el silencio y yo cogí aire. Fue un silencio un poco largo, tal vez. Había callado todo, la vigüela y la voz de los niños e coro. Había llegado el momento de cantar.

Volví a verla. Ella ahí, parada, frente a la cruz. Silencio. Un poco largo tal vez. Ha callado el órgano. Ha callado el coro. Es el momento de comenzar a cantar.

Hoy, en esta ciudad monstruosa en que vago por los puentes sin entender bien ya nada, me sorprende que en aquel tiempo creí que esa voz era mía. Me envanecía con ella. Soy inmortal, pensaba mirando a Mariana desde lo alto. Allá abajo está el féretro de Alaminos cubierto por la bandera imperial. ¿Qué son ellos? ¿Qué es ella? Son nada. Todos morirán.

Mariana, sin embargo, no volteó. Vanidosa, no quiso regalarme ni siquiera la mirada que otros domingos me había regalado. ¿Cómo puedo haber aspirado a que me viera? Pensé. Cerré los ojos y la imaginé desnuda. No hubo tiempo ni siquiera de sentirme impuro. Además, ¿como podría ser impuro, si son mis amores la clase de amores que viven sólo para sí mismos?

Durante el réquiem de Antón de Alaminos, murió la España del descubrimiento y nació la España imperial. Yo morí también a mí mismo. Decidí dejarla de amar.

Silencio. Isaac suspira. Abre la boca de nuevo y entonces, sale de su boca el sonido más perfecto y agudo que nadie ha escuchado jamás. 

Alonso de Molina, otro infante de coro responde a Isaac. Uno pregunta, el otro responde. 

     Mariana toma la mano de su padre, Luis de Villodre, señor de las Salinas. 

     Fray Juan levanta los brazos en dirección del crucifijo. Dice: Oremus. Todos se levantan. 

La gente sale de misa.  En el atrio hay antorchas que iluminan el verde de la laguna. Hay todavía restos de edificios destruidos. Hace menos de diez años que se vino abajo el imperio español. 

Me envanecía con la música. Canté pensando: soy inmortal y para esto he nacido, para hacerme inmortal no en la música, inmortal en el cuerpo y el alma. Abajo estaba el féretro de Alaminos cubierto por la bandera imperial. ¿Qué son ellos? Me murmuraba el acusador. ¿Qué es él? Polvo solamente, polvo nada más. Todos los que aquí se hacen el signo de la cruz, como Antón, como su hijo Felipe, todos morirán.

Martín volteó a verlo y sonrió. Yo, vanidoso no le regalé la mirada que otros domingos me gustaba darle, como diciendo: canto por ti, no canto por Dios o tal vez canto a Dios porque ha dibujado tu cara y tu cuerpo. ¿Cómo pude haber aspirado a que fueras mi amigo? Mi amigo particular. Para verlo sin que se diera cuenta, cerré los ojos y por primera vez lo imaginé desnudo en el río.  No hubo tiempo ni siquiera de sentirme impuro. Además, ¿como podría ser impuro, si mis amores fueron siempre la clase de amores que viven para sí mismos?

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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