F0128 · Conforme la noche caía sobre Roma, Alberto permanecía de rodillas frente…

Conforme la noche caía sobre Roma, Alberto permanecía de rodillas frente al Cristo del reclinatorio. La tenue luz de las velas proyectaba sombras inquietas en las paredes, y el aire estaba cargado de un silencio que parecía más pesado que el mármol que lo rodeaba. Se había prometido no intentar quitarse la vida, pero no por amor a la existencia. Era el miedo a Dios lo que lo retenía, un miedo que, según decían, pertenecía a los sabios, a aquellos que saben amarse a sí mismos. Pero Alberto no se amaba. Cada fibra de su ser le parecía despreciable. Todo lo que alguna vez le dio alegría ahora era una fuente de dolor inagotable.

Abrió la Biblia buscando consuelo, pero apenas posó la mirada sobre las palabras, estas comenzaron a vibrar y deformarse. Una frase se destacó, clara y brutal como un golpe: “Yo no te quiero”. Cerró el libro de golpe, temblando, y el eco resonó en la inmensidad de la iglesia. Se retiró al lecho, buscando refugio en las sábanas, pero allí tampoco encontró descanso. Cerró los ojos, y su mente lo llevó a un barco que cruzaba mares infinitos, rodeado de risas y gemidos de navegantes entregados al exceso. Todo lo que conocía desaparecía entre el humo y el oleaje.

Mientras tanto, Inés Cornaro enfrentaba sus propias tormentas. Había acudido a confesarse con un sacerdote severo, un hombre de rostro tallado en piedra que le negó la absolución a menos que revelara todo a su esposo. Por primera vez en años, Inés sintió que su desobediencia era un triunfo. Regresó a casa y se refugió en los pequeños placeres: las mesas bien dispuestas, los juegos de cartas, el clima amable de la encomienda que había sido su hogar durante tres años. Pero cuando supo que Farid debía partir hacia Veracruz, un desconsuelo absoluto se apoderó de ella. Lloró como si el esclavo cargara con la última esperanza que habitaba en su pecho.

Farid, por su parte, se preparaba para el viaje con resignación. Recordaba con inquietud su vida anterior, cuando los vapores y aceites perfumados de los hammams aún le daban una ilusión de libertad. Aceptó su destino el día en que un mercader llamado Dalí le besó la frente en un hammam y susurró: “Ma sha’ Allah”. Desde entonces, había aprendido a sobrevivir en los pequeños consuelos: el lamento melancólico del ud, las historias de Isaac, y la amarga paz de saberse perdido en el universo.

Fue en una iglesia donde Alberto y Farid se encontraron, dos sombras arrastradas por la misma tormenta. Farid, con un gesto tranquilo, cubrió a Alberto con una manta. Para los transeúntes que pasaban, no eran más que dos mendigos. Una mujer, al cruzar frente a ellos, dejó caer una moneda que rodó hasta sus pies antes de perderse en las sombras.

—Llévame contigo a Siria —murmuró Alberto, con una voz rota, casi inaudible—. Vamos al desierto, donde los tuyos.

Farid lo miró, y aunque su rostro mostró una sonrisa serena, los sollozos de Alberto lo inquietaron profundamente. Algo en él estaba roto, de una manera irreparable. Cuando el amanecer empezó a iluminar las calles de Roma, Farid se levantó y dejó a Alberto dormido al pie de la iglesia. Se prometió regresar pronto, pero mientras se alejaba, no pudo evitar sentir que el mundo en el que vivían exigía a cada uno traicionar incluso sus propios sueños.

Alberto, en su sueño, no veía imágenes. Solo escuchaba una voz, persistente, implacable, que le susurraba al oído: “¿Qué harás cuando me muera?”. Era un eco de culpa, un recordatorio constante de su propia incapacidad para redimirse. Allí, atrapado entre el peso de sus transgresiones y un mundo que no dejaba espacio para la esperanza, Alberto flotaba en el silencio.

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