F0636 · 1523.15 — 1523, el viaje hacia el fin del mundo Farid había llegado a la Nueva España con la Virgen de la

1523, el viaje hacia el fin del mundo

Farid había llegado a la Nueva España con la Virgen de la Tribulación en 1513, un ícono que, aunque pequeño, contenía el peso de su destino. En esos diez años, había cruzado guerras, intrigas y enfermedades, hasta que el hastío lo llevó a una decisión: buscar el camino que lo llevara hasta el fin del mundo. Después del funeral de Antón de Alaminos en la catedral mexicana, el maestro de capilla le había ordenado descansar. Pero para Farid, descansar significaba algo más. En la soledad del claustro, había sentido un impulso irrefrenable. Caminó resuelto hacia la oficina del rector y robó el ícono que tanto le pertenecía como le pesaba.

El eco de aquel desagradable incidente con Juan Rodríguez Cabrillo, fray Bartolomé de las Casas y Garci Méndez de Sotomayor —el abuelo número catorce de Isaac— todavía lo perseguía. Pero ahora, con la Virgen de la Tribulación escondida entre el sayo y el pecho, Farid sentía que todo volvía a su cauce.

De regreso al claustro, se detuvo junto a un árbol cuyo tronco parecía pulsar con una energía viva. Lo miró largo rato, admirando su fuerza. En el reflejo de la fuente cercana, vio su propia imagen: la cara redonda, los ojos grandes y curiosos, la sonrisa que aún conservaba algo infantil. Había cambiado, pero no como los demás. Su cuerpo seguía atrapado en la apariencia de un niño que nunca alcanzaría la pubertad. Cantó para sí mismo una melodía suave, algo entre una oración y un lamento, y se vistió con el uniforme del ministril antes de colarse en la oficina del ecónomo para robar el dinero de la limosna. Con frutas secas y monedas en los bolsillos, salió a la calle. Era libre.

Silbando la canción de Rodrigo Martínez, dejó atrás la catedral y las calles ceremoniales, donde Alonso García Bravo había erigido los primeros cimientos de lo que llamaban la nueva capital. Su mente divagaba entre las palabras del Libro de San Brandán: Quien de este mundo rehúye el deleite, con Dios gozará de las delicias del jardín celeste. Para Farid, ese jardín estaba en el oeste, donde el sol se hundía. Era consciente de que, según la Biblia, todo viaje hacia el este era un camino hacia la desgracia. Y así, con la Virgen apretada contra su pecho, tomó el camino hacia donde, pensaba, acababa México.

En las garitas que flanqueaban los caminos al sur de la ciudad, le pareció reconocer a un muchacho indígena que había conocido gracias a Pedro de Gante. Atonatiuh, el guerrero marcado por la viruela, lo miró brevemente antes de desaparecer como una visión. Farid, despreocupado, continuó caminando.

—¿Cuál es el camino hacia el mar? —preguntó a un hombre de aspecto europeo.

El castellano, mirándolo con desdén, respondió:

—Sigue al sol.

Farid consideró la respuesta adecuada, pero el hombre añadió con tono burlón:

—Vuélvete a casa, niño cantor. Es peligroso el camino hacia el mar.

Farid sonrió. Pensó que esto era una tentación del diablo, pero el hecho de ser reconocido le halagó. Decidido, continuó hacia el sur.

Al llegar al Cerro de la Estrella, miró la vasta extensión de la ciudad de las garzas blancas, con sus volcanes custodiándola. Le pareció que Iztaccíhuatl, la dama dormida, lo observaba con ternura, mientras Popocatépetl, el guerrero eterno, parecía velar su camino. Se tumbó bajo un árbol y trató de dormir, pero el insomnio lo llevó a descender al bosque. Allí, los árboles rojos exhalaban un aroma embriagador que finalmente lo adormeció.

Los días pasaron entre pausas y contemplaciones. Farid se detenía para observar gusanos, bañarse en los ríos y escuchar los susurros del viento entre las hojas. El Chichinautzin le ofrecía consejos sobre qué frutos comer, y un vagabundo le enseñó a preparar té de campánula, cuya fragancia lo reconfortaba. En su caminar, comenzó a sentirse parte de los árboles, las bestias salvajes y los ríos que lo rodeaban. Sin saberlo, se había convertido en uno de los ciento cuarenta y cuatro mil custodios de la Virgen de la Tribulación.

Era un destino que no había elegido, pero que lo había encontrado. Y mientras avanzaba hacia el fin del mundo, Farid entendió que no importaba lo que había dejado atrás. Lo que llevaba consigo —la Virgen, su voz, y el misterio de su existencia— era suficiente para sostenerlo en su camino hacia el horizonte.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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