F0420 · Construir una novela es como construir una catedral. Y no bastan…

Construir una novela es como construir una catedral. Y no bastan las intuiciones para encontrar el plan exacto que permita adorar a Dios en el momento justo en que Él lo está necesitando.

Así, uno no puede luchar contra las estructuras. Me niego a escribir una novela en la que hay partes que no disfruto escribir.

Juan Hernández hace mucho tiempo fue a visitar a Farías. Entró al patio, escuchó el canto de un árabe. Le pareció agua cuando hay tanta sed. Hizo a un lado la sábana que colgaba en el patio y lo miró. El árabe, Farid, lo miró también, pero no dejó de cantar. Juan Hernández sucumbió a la voz del niño como sucumbió el árabe, cuando era niño y todavía no lo castraban, al baile del reptil y el encantador de serpientes.

La serpiente es un símbolo fálico. Es todo aquello de lo que carecen

Farid, un castrado por las circunstancias y Juan Hernández, un castrado

Farid, un castrado por las circunstancias y Juan Hernández, un castrado por convicción, un castrado por la fe.

El niño Farid corre por las calles de México Tenochtitlan en 1531. Corre con pies descalzos. Escapa hacia no sabe dónde. Juan Hernández lo ha tomado a su cargo, le enseña latín y modos civilizados de comportarse. Farid busca en casa de un guerrero náhuatl el espejo del vencido, el cuerpo que le permita echarse a dormir, sodomizado, en los brazos de un hombre.

Es difícil saberse castrado, por circunstancias o por convicción. Farid se sabe castrado, por eso besa el cuerpo de Manuel, el tlaxcalteca bautizado, y se siente puro al darle placer.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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