F0942 · —¿Dónde estamos? —Preguntó Farid.

El presentimiento, la sonrisa chueca del muñeco que se quedó en el campamento del señor de la guerra. Y comenzó a responder lentamente la pregunta: ¿quién eres? El señor de la guerra en el campamento de Farid insistía, pero el mercader de esclavos insistía todavía más. Llévate a cualquier otro, decía, pero a Farid no lo toques. Vivían cerca de la ciudad de Damasco, en una tribu de rebeldes que se habían entregado al amor de Alá convencidos de que Hákim, su fundador seguía vivo y esperaba el momento para venir a redimirlos. Fascinado, Alessio escuchaba y comenzó a intuir algo que le pareció monsruoso. Farid escuchaba las palabras de su madre, aprendía de ellas. Eran palabras brillantes, suerte de luciérnagas que interrumpen los sueños en los que sólo hay imágenes, una esperanza y un miedo: el Armagedón, la batalla final en que Hákim volvería para salvarlos a todos los hijos del señor de la guerra, su padre. En el desierto, Farid no ha escuchado nunca hablar del granizo ni la nieve. ¿

Eran veinte o treinta niños caminando, levantando polvo con la marcha de sus pies desnudos. La tarde se había vuelto anaranjada y el sol hacía brillar los muros verdes y dorados. El vendedor de halcones dirigía la procesión. Les habían salido ampollas cuando subieron hacia el faro y el puerto donde un hombre rubio vestido como turco los recibió y los revisó uno por uno. Volvieron a caminar. Farid estaba a punto de caer, pero otro muchacho le ayudó a caminar. Seguía caminando la luz del sol pero muy lento.

—¿Dónde estamos? —Preguntó Farid.

Un muchacho junto a él le respondió que habían llegado al puerto. También a su familia, le contó los habían matado. Eran muchos y habían muerto en una escaramuza. Habían creído como Jamil que los llevarían a la Merca, pero la Meca, dijo el muchacho tratando de no recordar, es un estado interior.

Llegaron por fin al mercado y los alojaron en una serie de barracas. Ahí Farid se enteró que el muchacho con el que había conversado se llamaba Rashid. Si cerraba los ojos, para tratar de dormir, volvía a mirar al minarete, al niño mago que danzaba con una serpiente. No hay respuesta al para qué a la pregunta  por la muerte o el destino del Altísimo. ¿Cómo llegué aquí?

¿Cómo llegué aquí? Isaac canta. Y mientras hace música todo adentro se serena de tal forma que hay tiempo y espacio para pensar: ¿Cómo llegué aquí?

¿Qué es eso? Se preguntó Jorge. Es la nube que se mueve como en el asiento trasero de un auto cuando huele a sudor de pubertad. ¿Qué hay detrás de la nube? Debe haber pensado Isaac, detrás del cielo, detrás de la estrella ¿Qué hay? 

¿Cómo llegué aquí? Isaac canta

Jorge, respondió con voz de bajo:   Su nombre es santo, concluyó Jorge, y su misericordia colma a sus fieles de generación en generación. La voz de Jorge parecía dar a la liturgia su sentido más auténtico. Y él tenía la convicción de que, en efecto, había sido tocado de un modo muy modo especial. 

Señor. No entiendo. ¿Por qué todos vamos a morir? 

La madre, con cara extraviada había respondido con otra pregunta. 

——¿Qué le sucedió a tu voz?

Basilio no pensaba ni en su padre ni en sus hermanos. Ellos morían en otro sitio del incendio y, muchas veces, cuando fue a vivir a Roma, pensó en Eneas, el héroe mítico que antes de abandonar a Troya ardiendo había vuelto al castillo de Anquises para salvar a su familia. Él no.

A pesar de que se lo tenían prohibido, Eneas iba con Martín y con otros compañeros del coro a jugar en la selva. Jugaban a ser salvajes que habitaban en las copas de los árboles guerreando y cazando. Pescaban para descansar y cuando volvían al pueblo Martín invitaba a Eneas a su casa y su madre les regalaba dulces de leche y miel que traían de España. Eneas se encontró en aquel tiempo pensando que estaba cerca de la felicidad. Tenia un amigo, un oficio y un amor secreto, un amor inválido que lo esperaba todas las tardes para charlar.

La felicidad se le escapó de un golpe cuando apareció en la vida de Martín una muchachita larga de piernas flacas y ojos tristes que se llamaba Mariana de Vera y Méndez Sotomayor.

Eneas no había tenido ganas nunca de ser sacerdote, pero quería saber música. “Y si el camino para saber música pasa por los votos absurdos del sacerdote”, se dijo, “venga pues”, seré sacerdote. Así entró a ser uno de los niños de coro. Lo primero era aprender español. Roberto mismo se empeñó en enseñarle latín y castellano a cambio de una hora sentado frente al clavecín. Era un trabajo duro. Tanto que a veces extrañaba el tiempo en que sólo tenía que limpiar a Selim el inválido y cuidar que sus sábanas estuviesen bien almidonadas y bien secas cuando las secaba el sol. Pero cuando se sentaba al clavecín y Roberto cantaba. Cuando Eneas lo seguía o, al revés, cuando Roberto seguía la voz de Eneas y cuando le enseñaba deliciosas melodías escritas en la notación que estaba aprendiendo, todo tenía sentido, aún

 las tardes tristes y oscuras en que angustiado se revolvía tratando de recordar quién sabe qué. ¿Cómo llegué aquí? Se preguntaba. Pero la ansiedad de saberse arrojado sin patria ni historia ni futuro se calmaba en el tiempo de la música y su ritmo le daba paz.

Eneas puso todos sus empeños en perfeccionar las enseñanzas de Roberto, inspirado en lo que estaba sintiendo por Alonso. Un día, Roberto le preguntó:

—¿A quién amas?

Se asustó mucho de con la posibilidad de que un amor que él mismo consideraba impuro hubiese sido descubierto.

—No tengas miedo —dijo Roberto, sin embargo—, porque no amas a quien amas.

Eneas lo miró extrañado.

—Yo sé que a quien amas es sólo un reflejo de Jesucristo. Puede verse en tu forma de amarle —dijo.

Y siguió dando su lección sin escándalo ni descontento.

Tiempo se tardó en entenderlo. Ya amaba a Alonso antes de conocerlo, ya lo amaba en lo que pensaba de él, en el sonido del agua, en el cambio del cielo, en todo lo que el recuerdo de sus charlas y el recuerdo de sus aventuras juntos le traía a memoria. Ya lo amaba incluso cuando trató de traicionarlo queriendo amar a otra persona, forzando su corazón para guiarlo hacia Mi abuela Inés Cornaro. La muerte, el oprobio. Todo lo que lo condujo aquí. Hasta el fin del mundo.

Terminé no sé cómo, en la biblioteca y como estaba borracho, extraje de uno de los estantes un enorme volumen. Aproximé la vela. Me fascinó la rectitud del tetragrámaton, los dibujos enredados entre sus líneas y sus espacios.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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