El reino de los cimarrones era poco más que un arrabal de olor a tocino; uno de esos en los que las gallinas pican la tierra y los niños se solazan persiguiendo a los cerdos. Estaba lleno de niños y Atonatiuh dijo frotándose la barriga:
—Eso debe ser bueno, porque donde hay niños siempre hay mucha comida.
En el campamento había pocas reglas. Una, tal vez: no molestar a nadie. No había jefes y los muchachos y las muchachas se tendían con placer delante de todos llenos de buena fe y naturalidad.
Parían como hacían el amor, sin placer ni dolor. Comíamos de lo que los cazadores traían del bosque. A veces robaban y entonces los caciques indígenas o los españoles venían a buscarnos, pero nosotros nos movíamos como la tribu perdida. Habíamos sido esclavos de nahuas, habíamos sido esclavos de españoles, habíamos sido esclavos de los romanos. “Así será hasta que se acabe el tiempo”, pensé, por eso hay que ir hasta el fin, hasta donde se pone el sol.
“Entre los salvajes no hay nada más peligroso que ser como yo”, me dije. “Tampoco aquí”, lo supe, “es posible vivir en paz”. Cargaría por siempre a cuestas, en la civilización y en el campamento de los cimarrones, deseos que atentan contra los que se piensan dueños de la verdad. Todo don es una cruz.
Entre los cimarrones había fiesta todas las noches y un día, una hermosa muchacha se fue con Atonatiuh. Entonces lo supe. Supe que tarde o temprano, así como había perdido al legionario descubrirían la monstruosidad de mi inmortalidad y querrían matarme. “Entre los salvajes no hay nada más peligroso que ser como yo”, me dije. “Tampoco aquí”, lo supe, “es posible vivir en paz”. Cargaría por siempre a cuestas, en la civilización y en el campamento de los cimarrones, deseos que atentan contra los que se piensan dueños de la verdad. Todo don es una cruz.
Este debe ser el sentido de lo que llaman la santidad, pensé, ir dejándolo todo para quedarme sólo con lo que en realidad me pertenece. Este debe ser el sentido del canto, allanar el silencio cuando no podemos hacer nada distinto sino cazar y amar como todos los otros. “Que Atonatiuh sea libre”, pensé, “con aquella muchacha o con cualquier otra”. Este es el sentido de la libertad: ser pobre de todo amor. Durante la fiesta salí del pueblo llevando una antorcha. “!Que se quede feliz!”. En este nuevo escape comenzó a buscar un nuevo nombre: Eneas. Había vuelto a la Troya vencida y, convertido en loco y en caballero andante, me volví yo mismo mi libertad, mi propia civilización. Este era el secreto del sitio donde se pone el sol. Atonatiuh sería Cristóbal, porque había cargado en brazos a Dios.
Era eso, un arrabal de olor a tocino. Uno de esos donde las gallinas pican la tierra y los niños mulatos se solazan persiguiendo cerditos. Estaba lleno de niños y, como dijo Atonatiuh, donde hay niños hay siempre, mucha comida. Había pocas reglas, una, tal vez, no molestar a nadie. No había jefes. Los muchachos y las muchachas hacían el amor con la naturalidad de un bichito que se come un ratón. No había comercio, comían de lo que asaltaban en los caminos o de lo que recolectaban en el bosque. Los caciques nahuas o los señores españoles venían a menudo a buscarlos, pero nosotros vagábamos como una tribu perdida, siempre internándonos, escapando siempre, esclavos en soledad. Porque habíamos sido esclavos de nahuas y habíamos sido esclavos de los españoles. Así sería hasta el fin de los tiempos. Así sería toda la vida. Había fiestas todas las noche y aunque Atonatiuh y yo nos seguíamos amando, tuvimos siempre que hacerlo a escondidas y una hermosa muchachita negra comenzó a coquetear con Atonatiuh.
Van a matarme cuando sepan mi historia. Van a matarme o ellos o la Santa Hermandad. También aquí era imposible ser libre, cargando a cuestas siempre toda esta desnudez. Cargando la cicatriz de no saber si peco o amo o al amarte, Atonatiuh, confundo el arriba y el abajo y soy el camino que ha de llevarte al infierno.
Ese debe ser el sentido de la liturgia, pensó Farid, el sentido del canto cuando no podemos hacer nada distinto sino cazar y amar como todos los otros. Que sea libre con aquella muchacha, se dijo. Y durante una fiesta en que hubo danzas y fuegos volví a planear el escape. Que se quede él en su propio paraíso de esclavos, me dije. Yo había descubierto el sentido de todo aquel viaje y el sentido de mi nombre cristiano, como Eneas había venido de una Troya vencida, me había convertido en un loco que bajaba al infierno y me había convertido también en un caballero andante que enloquecido descubría el Nuevo Mundo. Había fundado en el primer beso que le di a aquel muchacho, mi propia civilización, en el lugar donde se pone el sol.
Durante aquella fiesta, bailé y no dije nada. Lo dejé que fuese feliz, esa felicidad suya de quien no tiene miedo. Vivía él en el país de la dulzura y la felicidad perfecta. Se casará con aquella muchacha y tendrá todo lo que yo no he de darle. ¿Qué sentido tiene querer que esté conmigo si conmigo no habrá para siempre? Adoraba en el baile, el aroma dulzón de Atonatiuh y el de todas aquellas muchachas. Lamentaba no atreverme a besarlo delante de todos. Borracho, queriendo hacer lo que nos hubiese costado la vida, me dije: Tú no eres esto, no es esta tu Roma y no existe para ti el compañero de viaje. Tú eres un inmortal. ¿Cómo podría haberle dicho, ven conmigo hasta donde me están llamando, ven a México y más allá? Conozco los caminos y quiero conocer el sitio donde atardece, por fin, el sol. Me hubiese dicho estás loco, me hubiese dicho, eres el loco que me salvó de ser asesino, me habría dado un beso y me habría abrazado, pero yo no hubiese podido dejarlo. Me mataría su corpulencia y su olor. El deseo de su boca y sus brazos. No quiero volver a morir, ahora que te he encontrado. Este es mi pueblo, me diría Atonatiuh. ¿Para qué? Me fui aquella noche y volví a ser en los caminos el mendigo de la virgen de las tribulaciones. El esclavo salvaje que no puede ser feliz en libertad.