F0032 · Farid descubre que no tiene cicatrices

Farid se desnudó completamente. Su ropa cayó al suelo como si se deshiciera del pasado que lo había encadenado. Frente a él, su reflejo le devolvía una imagen limpia, inmaculada: no había en todo su cuerpo una sola cicatriz. Hakim había cumplido su juramento. Lo había sacado de aquel lugar. Aquella constatación le trajo una calma que no recordaba haber sentido nunca, como si al fin se hubiera liberado de un peso que llevaba consigo desde el inicio de su memoria.

Las calles del Aventino estaban llenas de peregrinos. El murmullo de sus oraciones y sus pasos resonaba como un eco constante, reverberando entre las paredes de piedra que parecían observarlo todo. Venían a ver las reliquias de San Alejo, buscando en ellas una redención que Farid no sabía si alguna vez había deseado para sí. Y entonces la vio. La Virgen de los Peregrinos. Su mirada fija, serena, parecía atravesar todo, hasta las capas más profundas de su ser.

Farid permaneció inmóvil durante horas, atrapado en un momento que parecía extenderse más allá del tiempo. Una lluvia ligera comenzó a caer, acariciando su piel con gotas tibias que parecían tener voluntad propia. Salió la luna, y el aire, cargado de humedad, olía a tierra, a hojas frescas, a algo que Farid no podía nombrar pero que llenaba su pecho de una calma inusitada.

Entonces, salió de su cueva. Dio un paso, luego otro, moviéndose con cautela por entre las lenguas de fuego que se alzaban a su alrededor, danzantes, casi vivas. El fuego parecía contenerse, como si estuviera decidiendo si avanzar o detenerse, midiendo las fuerzas del agua que caía sobre él. Farid avanzó hacia atrás, como si retrocediera hacia un pasado que no quería enfrentar del todo, pero que tampoco podía ignorar.

Así estuvo varias horas, caminando al compás del fuego que lo seguía como una sombra incandescente. Pero de pronto, algo cambió. Una ráfaga de viento agitó los árboles cercanos, y con ese movimiento vino un golpe de valor que lo atravesó como un relámpago. Farid se detuvo. Sintió el pulso acelerado en sus venas, el calor del fuego rozando su piel, y en ese momento, se dio la vuelta.

El fuego seguía allí, rugiendo como un animal que no conoce la derrota. Farid lo miró fijamente, y algo en él cambió. Se inclinó, tomó unas ramas que habían caído, y comenzó a golpear el fuego con toda la fuerza que le quedaba. Cada golpe era una declaración, un acto de resistencia, de vida. Siguió golpeando, sin saber si era suficiente, pero con la certeza de que, por primera vez, no estaba huyendo.

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