Isaac recordó entonces su verdadero nombre, o tal vez, creyó recordarlo. Era imposible no saber si todo no era más que una invención.
Ha pasado tanto tiempo.
Recordó a su madre y la primera pregunta. Recordó el pacto con Farid y sobre todo el juramento del Encantador de serpientes.
—Es bueno olvidarse de uno mismo —había dicho el muchacho.
Y entonces Isaac descubrió que estaba fuera, fuera de aquel horror. El encantador de serpientes había cumplido su parte de la alianza.
—No quiero volver a olvidar.
En el viento, Isaac escuchó la voz del fuego que era la voz del Encantador de serpientes. Y decía:
—Quiero beber tus lágrimas.