***
Habrá sido allí, debajo del ciprés en Famagusta que Isaac escuchó por primera vez la palabra América. Escuchó la palabra azteca. Isaac aprendió a ser predilecto a defenderse de los sirvientes venecianos. A ser la mano derecha y la mano izquierda cuando no hay nada que diga la tarde, cuando el ciprés no significa nada más que olor a ciprés e Isaac no significa otra cosa que mulato árabe que sueña con cruzar el Mediterraneo para volver a un pueblo que desconoce.
***
En Famaugusta, a las dos de la tarde, Isaac y Rashid caminan a la posada donde se hospeda el señor Estévez, amigo del amo. Dan pasos largos. Huele a pino, el aire fresco se mete hasta los pulmones.
Don Miguel mira a fray Juan en la iglesia de San Francisco. El obispo está distraído y mira los frescos que han pintado los indígenas.
Habrá sido allí, debajo del ciprés en Nicosia donde escuchaste por primera vez la palabra azteca: Que el emperador azteca se doblegó, que a Carlos V, un marqués le ha entregado el reino de serpientes aladas, dragones, águilas que caen al atardecer justo en este espacio en el que hoy suena clara tu voz llena de todo ese amor a Rashid, a Lucía, al monito verde que se alimenta de piñones y cacahuates. Rashid y tú, Ghaffar, Isaac, cantante castrado en la Nueva España.
LA RUINA DE ALBERTO
* * *
ES LA VIRGEN DE LA TRIBULACIÓN LA QUE LE DICE LO QUE
ESTÁ POR SUCEDER. Y ALBERTO VA Y MATA A UN NOBLE IGUAL
QUE FICINO. CUANDO HAYA PROBLEMAS, METER
CONVERSACIONES, LAS DE FICINO ESTÁN BIEN.
Tanto miedo. Tanto miedo. Dante daba miedo, pero tú, señor, no das miedo.
Alexander había terminado por abandonar por completo la disciplina. Solía escapar de convento de noche y se sumía en noches de parranda en las que no había mujeres porque prefería beber. Vivía borracho. Los hombres del pueblo llevaban de nuevo al joven monje de regreso al monasterio para escándalo del abad. Había descubierto en una de sus correrías un hammam. Se dejaba conducir por aquellos laberintos llenos de humo y volvía a sentirse inmortal, lo atacaban las visiones que siempre lo acompañaban desde que era niño. Un esclavo le pedía que lo siguiera y lo llevaba hasta el centro del baño. Por el impluvium se metía una cascada de luz que se difuminaba en pequeñas gotas de vapor que flotaban alrededor de aquellos cuerpos desnudos. El monje no se había entregado nunca a tanta sensualidad. Cerraba los ojos y comenzaba a componer una música interior. Al día siguiente dos estibadores descamisados lo dejaron a la puerta del monasterio. Los hermanos vinieron y el abad lo encerró en un torreón desde el que se miraba el bosque.
***
Nada parecía moverse aquella tarde en el Cole Opio después de la lección de música. Estaba atardeciendo y las intrigas de la corte de Flandes estaban lejos. Juana, heredera de Castilla, famosa por sus aptitudes para la danza, la poesía y los idiomas, no tenía interés ni en su hijo Carlos ni en las cosas de Dios. Fue justamente por eso que se produjeron los primeros desencuentros con su madre quien, como era de esperar la había obligado durante toda la infancia a confesarse, cuando menos, una vez a la semana. Ahora que Juana había crecido, no se confesaba nunca. Y lo que es más, se reía como una idiota cuando alguien le hablaba de la Misa y sugería costumbres piadosas. Fue así que comenzó a decirse que la reina santa había parido a una loca.
***
No es que Lucía fuese especialmente caritativa o amara a su prójimo más de lo que el sacerdote consideraba necesario. No era una santa, en fin, pero se sugestionaba fácilmente y aunque ahora no pensaba volver a Europa sí extrañaba una paz que aquí no tenía por el único hecho de haber visto morir a tantos. Su marido era el último descendiente de una familia griega y tal vez por eso Fray Bartolomé había decidido llevarlos ahí a Isaac y a su joven esclavo. La casa era, además, muy confortable y estaba adornada con todos los lujos que podían tener los esclavos. En uno de los viajes, el marido, Vicente Cornaro, había comprado a su mujer un hermoso monito verde que durante un tiempo fue su delicia. En poco tiempo, la princesa había dejado de verlo porque se aburría, no le complacía nada y tampoco se le antojaba complacer a su marido en asuntos de amor. Como suele suceder, la indiferencia llevó al señor Cornaro al amor. Todo el tiempo deseaba estar cerca de ella y ella cada día inventaba un nuevo pretexto para dormir temprano y no escuchar historias de marinos ni de mercaderes. Se encierra para dormir, dice, pero en realidad se acuesta y cierra los ojos y lo único que siente en sí misma es aquel oscuro para qué.
El príncipe, por su parte, pasaba las tardes pensando en complacerla y había dejado de pensar en su propia situación en la precaria colonia que estaba a punto de transformarse por completo con el gobierno de Pedrarías.
A Isaac y a su amo les mostraron sus habitaciones y les dieron sirvientes indígenas. Farid lo primero que hizo fue tomar un largo baño y después se fue a dormir y volvió a soñar con los monstruos marinos en el lecho del océano y se sintió complacido y fastidiado cuando lo llamaron a cenar.
La casa de Lucía y el señor Cornaro estaba en la colina de la Española. Todas las mañanas Lucía se levantaba y se miraba en el espejo. Buscaba un par de aretes con los que se miraba frente al espejo de azogue y luego los cambiaba. Le gustaban los aretes de perlas. Su marido y otros comerciantes habían comenzado a venderlas en Europa. Las traían del Darien, de la Costa de Oro donde, había escuchado, Núñez de Balboa se había rebelado. Se puso los aretes y se sintió hermosa. Recordó que cuando aceptó ser la prometida de Vicente Cornaro pensó que el día de su boda sería el más feliz de su vida. Aquel hombre, después de todo, estaba emparentado por la línea materna con la casa de Trastamera y su linaje se remontaba al tiempo de los reyes visigodos. No había podido tener hijos. Tres veces se había embarazado y tres veces había perdido a su niño. Tal vez fue en ese tiempo, se dijo mirándose al espejo, que descubrió una realidad muy simple. La bondad de la tristeza lo llamaba ella. Era una bondad que consistía en no amar nada con verdadera profundidad. Después de todo, a pesar de que en este pueblo de colonos malolientes, es posible que alguien pensase que ella, la princesa griega lo tenía todo. Nada más lejos de la realidad. La incomodidad de su lecho de rozas era tan cruel como el de un natural que arrancado de sus tierras allá afuera de su casa no tuviese qué comer. Lo pensaba así porque estaba convencida de que su sufrimiento no difería tanto de quienes verdaderamente luchaban por sobrevivir, pero no sabía muy bien por qué.
Cuando descubrió que el amor humano lejos de complacerla le producía dolor y asco se había complacido pensando en que tal vez un hijo le daría felicidad. En este lugar alejado de Europa, de su familia, rodeado de bárbaros, un niño le daría sentido a su existencia. Había dejado de rezar después de su tercer aborto. Durante el cuarto pensó que Dios la estaba castigando por su falta de fe, pero en poco tiempo se acostumbró a pensar que Dios la había dejado sola, que Dios no se ocupaba de ella y, si es que existes, decía, por fin te ocupas de tus cosas y a mí me dejas en paz. Con esta idea, que Dios se ocupaba de sus propios asuntos ella vivía también en los suyos propios.
Su señoría reverendísima sube al púlpito. Lo mismo de siempre: vengan a misa en su catedral. Entierren a sus muertos aquí. A quién le importa. Agua, Isaac. Te pierdes en el sermón y recuerdas la sed y todas las fuentes que has visto en el mundo. La fuente del genovés, la fuente en el patio de la mezquita. La fuente en el barrio náhuatl. Arcos y borbotones. Toda el agua del mundo. Después comienza la Liturgia Eucarística. El regreso del rabí que prometió volver y desde entonces, vuelve.
En la iglesia del aventino sigue el invitatorio y el salmo. Los hermanos siguen la música de Alberto quien vuelve al ataque y ama así cada voz y cada boca, con un amor primitivo que acaricia y parece besar. La música no había dejado de interesarle, claro, pero le había transformado en un sentido completamente distinto al del maestro Nicolás, para él, lejos de separarlo del mundo, de sumergirlo en una realidad ultraterrena, la música le abría en mundo de sensualidad y deseo que había terminado por enfocarse en estas muchachas que iban y venían en estos baños cerca de los jardines de Nerón en los que ellas vagaban desnudas y susurraban el precio por el que estarían dispuestas a hacerlo todo.
En aquellos años también tuvo lugar en Farid una mutación porque el aprendizaje del canto en el estilo occidental le había abierto una suerte de lenguaje con el que podía decirse o recordar incluso sucesos que antes habían permanecido ocultos en su memoria. Y aquello era justamente parte del poder de su voz porque en ella resonaba su vida, el nombre de sus hermanos, el lugar en el desierto en el que nació un 20 de mayo de 1481 cuando a lo lejos se escuchaba el simún del desierto y el ruido de los chacales. Sus hermanos, los hijos de su padre con otras mujeres corrían por entre las tiendas del oasis y como al interior de cada una de ellas estaba encendida una tienda de sebo, las tiendas parecían los globos cantoneses que muchos años después vería durante un festejo romano en la casa de Dante. Aprender a cantar en el modo de los europeos había sido en Farid un proceso similar al de aprender a hablar. En 1481, el único nombre que conocía Farid era el de su madre: Jemil.
***
***
Y en el mundo, Isaac: Piri Reis, un turco, ha entregado a Solimán el mapa de Sudamérica. Hungría y Egipto son del turco. Turco, turco, en todas partes la palabra turco, incluso allá, bajo el ciprés donde Lucía convida a sus mascotas dulces exóticos. El monito verde, Farid y tú. Qué placer tenderse y escuchar historias del mar y de América, del emperador que habita un palacio donde nunca se pone el sol.
Y Farid se cree un triunfador. Se cree en paz. Y Hakim lo mira.
* * *
***
Hungría y Egipto son de los árabes, “el turco.” incluso allá, bajo el ciprés que plantaron para Lucía y que en diez años ha crecido lo suficiente como para dar sombra, la palabra turco causa temor. Y a mí me da placer eso: el turco. Ensalza mi hombría. Me da potestad. Soy el turco y me tiendo a escuchar al esclavo que lee historias del mar. Cuentos viejos de caballeros andantes. Soy el turco, el caballero andante que habita el palacio en el lugar donde se pone el sol. Atonatiuh le cuenta a la princesa la historia del fin del mundo. Cómo el emperador mexicano se doblegó a Carlos V. De noche las dos historias se mezclan y me vuelvo un caballero que cruza el bosque de Nicosia, pero el bosque se vuelve selva y mi caballo cabalga escapando de un reino de serpientes aladas, águilas que caen al atardecer, en un jardín de tomates y agua de chía escucho la voz de Atonatiuh que cuenta la historia del fin de México mientras de comer al monito verde. La princesa lo acaricia. Soy yo. Estoy llorando. Me doy cuenta que estoy enamorado de la señora Lucía.
***
Así vivió Isaac unos meses en casa de la familia Cornaro. Pasó el tiempo, el cumpleaños del emperador de los cristianos, festejaron el nacimiento del príncipe Felipe. La señora sufría de aburrimiento y nostalgia y sólo se sentía satisfecha dejándose peinar por Isaac mirándose los dos en un espejo de carey. Isaac escuchó la música de los cristianos y aunque creció un poco, no perdió el cuerpo del niño. Aprendió a escanciar vinos y aprendió a obedecer órdenes en italiano y en español aunque no recordaba ni su nombre ni había aprendido a pronunciar una sola palabra.
Me has vendido a un idiota. Gritó el señor Cornaro. Aprenderá a hablar, decía la señora. Lucía siempre lo defendió. Soy un monito verde, pensaba Isaac mirando sus ojos. Soy el monito que alimentamos con piñones verdes. Isaac la miraba. Se había enamorado de ella.
***
ALBERTO SE SIENTE UN ESCLAVO, PERO APRENDE QUE NO ES
TAN MALA LA ESCLAVITUD HASTA QUE SE DA CUENTA DE QUE
VAN A ENTREGAR SEXUALMENTE A FARID Y MATA A….
EN LA INVESTIGACIÓN MARCEL DE ROUMAGNAC HACE
QUE FABRICIO VUELVA A ENTRAR EN ESCENA
Signor Cornaro ha dado una fiesta. Aprendieron lo que hay que aprender de la mesa del nazareno de labios de un muchacho que se llamaba Fabricio.
Fabricio les enseñó otras artes tmbién: Por las noches entra Fabricio a la barraca de los esclavos y se tiende con ellos.
Aprendieron que el emperador de los cristianos saqueó Roma. Alimentaron al monito verde de Lucía con piñones y cacahuates. Aprendieron las artes del esclavo: callar y mirar. Servir y chismear. Chismear bajo el ciprés desde el que se miran los pinos mediterráneos que cambian de colores con el paso del tiempo.
Fabricio pronuncia con ellos nombres en árabe: Piri Reis, Hajj Mehmet. Almirantes turcos, cartógrafos de Solimán que dibujan retratos del cosmos.
Aprendieron que los cristianos tienen miedo de la palabra turco. Un miedo que a Isaac y Rashid los llena de orgullo. Se pasean diciendo, somos turcos, Solimán es el único novio del Mediterráneo.
Cuando llueve, aprendieron a quererse, a besarse y dejar que vayan sus cuerpos donde tienen que ir. Siguieron al pie de la letra las enseñanzas de Fabricio, inventaron juegos nuevos y besos sin culpa y sin miedos a la gehena.
A la signora le parece hermoso que se quieran. Tenderse sin pena a sus pies y ser amantes que se miran y tocan frente a los ojos azules de una princesa que disfruta viendo el campo y escuchando platicar de cualquier cosa a dos que se quieren sólo porque sí, porque así es la vida, se abre paso entre toda la mierda y ellos con todo y todo pueden quererse, turcos que bromean y se besan y entienden la lengua de sus muertos. Muchachos que se acarician cuando creen que nadie los ve y son esculturas vivas en el jardín de una princesa que divertida ha olvidado que hace poco quería morir de nostalgia.
Esclavos finalmente, soñaban con ser libres. Volverse guerreros egipcios que en el campo de batalla contra el bárbaro conquistan su libertad.
***
Eneas alimentaba con piñones al monito verde junto a Lucía. De pronto, como arrebatada de sí misma, ella ordenó:
—Canta una canción.
Eneas inventó entonces, una canción que hablaba de un muchacho que NUNCA HABÍA VISTO LA LLUVIA había visto la cara de Cristo. Y fue como si Lucía, gracias a esa música hubiera mirado por primera vez el huerto y hubiese sentido el aire que traía olor a naranjas. Sintió el olor de Eneas. Olía a dulce de piñón amargo. La princesa se sintió consternada cuando Eneas terminó de cantar, se inclinó y le besó la mano. Se quedaron viendo un tiempo largo y ella, sin saber que hacer, se levantó y se fue.
Esa noche, mientras dormía, Eneas pensó: «Todo ha acabado, terminaré en el cepo». Pensó que era una buena muerte y, además, quería probarse a sí mismo la intuición que le venía cosquilleando. Quería saber si era inmortal.
—Quiero que me ame —dijo en voz alta—. Quiero que se entregue a mí, que rompa sus votos matrimoniales y muera de amor por este esclavo griego que cruzó el mar para besarle la mano.
Salió al puerto, porque no podía dormir. Subió a un árbol y absorto escuchó el mar. Le cautivaba el vaivén de las carabelas y envidiaba en los pájaros nocturnos la serenidad. Se sintió dueño de sí y siguió haciendo planes para enamorar a la princesa. Y lo planeaba sólo por despecho, por apoderarse del amor de Alonso. Cada nuevo plan desencadenaba una tormenta que, extrañamente, lo encadenaba más a Alonso, porque mientras más deseaba separarse de él, más se enredaba en juegos de amor que conducían a su boca.
«Ahora —pensó— debo decirle que la amo. Y si he de morir con semejante confesión, moriré. No vale la pena vivir si no es posible decir esas dos palabras que podrían condenarme». Se imaginó subiendo al balcón.
—¿Qué haces aquí? —gritaría la princesa.
—Vengo a decirte que te amo— diría él.
Y luego Eneas, con voz clara, de niño simple seguiría diciendo:
—Y te lo digo así, señora, como si fuésemos iguales, porque el amor que siento por ti nos iguala en dignidad.
Planeando estas cosas, Eneas volvió a su celda, pero no pudo dormir.
A Lucía todo aquello, las naranjas y el huerto, el aroma de la boca del muchacho que muy cerca le cantaba con olor a dulce y piñón, que supo que había llegado el momento y le besó la mano.
Lucía miró por primera vez el huerto y sintió el olor de las naranjas. Pudo sentir el olor del muchacho que canta cerca de ella. Y huele dulce, a naranja y piñón. Lucía se siente Esa noche, en uno de los puertos del canal mayor, que Farid había convertido en su refugio. Al otro lado se miraba el Lido y él, se dijo:
—Ahora ¿qué es lo que deseas?
Él mismo se respondió como si su voz proviniese de abajo, del agua verde y se escuchó decir.
—Ahora quiero que me ame. Y que se entregue a mí sin importar que yo sea un eunuco.
Miraba los barcos cruzando al otro lado, a la isla. Había también barcos pesqueros y naves en las que iban y venían los nobles más poderosos de Venecia. Se sentía cautivado por el vaivén de las góndolas y aunque envidiaba en los pájaros la fuerza de su aislamiento se sintió dueño de sí. Libre por fin y siguió planeando y cada plan nuevo desencadenaba en él alguna tormenta. Y eso es lo que, sin saber, lo tenía encadenado.
Un día, Lucía Comneno estuvo a punto de confesar a su marido lo que había comenzado a sentir por el eunuco. La sensibilizaron las conversaciones que tuvo con el confesor, un cura de nariz prominente que se escandalizó tanto cuando escuchó todo lo que la princesa estaba contando que se negó a absolberla si no iba y decía todo a su marido, Vicente Cornaro.
No lo hizo, y no se sintió mal. Era, sin duda, un triunfo de su carácter. Lucía, más bien, dejó de confesarse y se entregó al placer de la belleza. Lo atraía como nunca la mesa bien servida; le atraía la forma de los árboles y un día se descubrió sorprendida diciendo para sí:
—Qué hermosa es mi vida. Qué hermosa es esta ciudad y esta villa.
Tenía cinco años viviendo ahí con su marido, pero nunca la había visto. Tenía dieciséis años viviendo en Venecia y nunca se había dado cuenta de lo hermosa que era la ciudad en la que le había tocado nacer. Toda esa belleza, sin embargo, deseaba compartirla con él, con ese muchacho. Y como Juan había dicho, era su cualidad de eunuco lo que más la atraía. No sólo se preguntaba ¿cómo será hacer el amor con un castrato? Perdía la respiración imaginando su desnudez, la posibilidad de descubrir para él su hombría y descubrir en ella la fuerza de su belleza y su seducción.
* * * Se sentía consternada, sobre todo cuando Eneas le besa la mano. Ella se levanta y se va.
Eneas esa noche pensó que todo había acabado. Terminaría en el cepo. Sería vendido. “No importa”, se dijo. “Quiero me ame. Y que se entregue a mí. Quiero que rompa sus votos matrimoniales, quiero que muera por mi”.
Miraba los barcos en el mar. Se sentía cautivado con el vaivén de las carabelas, envidiaba en los pájaros la fuerza de su aislamiento se sintió dueño de sí. Libre por fin y siguió planificando, pero cada plan nuevo desencadenaba en él alguna tormenta. Y esto, sin que él lo supiera, más lo encadenaba a Juan mientras más deseaba separarse de él.
—He de decirle que la amo— continuó—. Y si he de morir con semejante confesión ¡está bien! No vale la pena amarla si no puedo decirle que la amo. Y todo solamente porque soy un esclavo.
él se volvió flaco y había en su rostro algo grave, se había vuelto estoico. Aletargaba el amor que sentía por Lucía y como había escuhado las historias de Antón se decía:
—Ella es mi mar de los sargazos.
Alimentaban un monito que había traido su padre cuando. Lucía miró por primera vez el olor del huerto. Olía a naranja y piñón.
Lucía se sintió consternado. Pensó que todo habría terminado. “No importa”, se dijo. Quiero que muera por mí. Miraba los barcos en el mar. Envidiaba en los pájaros la fuerza del aislamiento. Siguió planificando. Cada plan desencadenaba alguna tormenta. Y cuando trató de separarse por lealtad a Antón más se sintió. Si no puedo decirle que la amo, sólo porque soy capón porque los que son como Antón
Imaginó subiendo a su balcón:
—Qué haces aquí. Van a matarte —diría la princesa.
—Necesito decirte que te amo —decía Farid. Y lo dijo con voz clara, de muchacho simple—. Y te lo digo así, señora, como si fuésemos iguales, porque el amor que siento por ti es tan grande que iguala tu dignidad.
Él mismo se respondió como si su voz proviniese de abajo, del agua verde y se escuchó decir.
—Ahora quiero que me ame. Y que se entregue a mí sin importar que yo sea un eunuco.
Miraba los barcos cruzando al otro lado, a la isla. Había también barcos pesqueros y naves en las que iban y venían los nobles más poderosos de Venecia. Se sentía cautivado por el vaivén de las góndolas y aunque envidiaba en los pájaros la fuerza de su aislamiento se sintió dueño de sí. Libre por fin y siguió planeando y cada plan nuevo desencadenaba en él alguna tormenta. Y eso es lo que, sin saber, lo tenía encadenado.
Un día, Lucía Comneno estuvo a punto de confesar a su marido lo que había comenzado a sentir por el eunuco. La sensibilizaron las conversaciones que tuvo con el confesor, un cura de nariz prominente que se escandalizó tanto cuando escuchó todo lo que la princesa estaba contando que se negó a absolberla si no iba y decía todo a su marido, Vicente Cornaro.
No lo hizo, y no se sintió mal. Era, sin duda, un triunfo de su carácter. Lucía, más bien, dejó de confesarse y se entregó al placer de la belleza. Lo atraía como nunca la mesa bien servida; le atraía la forma de los árboles y un día se descubrió sorprendida diciendo para sí:
—Qué hermosa es mi vida. Qué hermosa es esta ciudad y esta villa.
Tenía cinco años viviendo ahí con su marido, pero nunca la había visto. Tenía dieciséis años viviendo en Venecia y nunca se había dado cuenta de lo hermosa que era la ciudad en la que le había tocado nacer. Toda esa belleza, sin embargo, deseaba compartirla con él, con ese muchacho. Y como Juan había dicho, era su cualidad de eunuco lo que más la atraía. No sólo se preguntaba ¿cómo será hacer el amor con un castrato? Perdía la respiración imaginando su desnudez, la posibilidad de descubrir para él su hombría y descubrir en ella la fuerza de su belleza y su seducción.
***
Él, Rashid y el monito verde
eran las mascotas de la princesa en la cima de Famaugusta.
Nunca fue tan feliz. Todo el día era estar con ella. Tenderse
a sus pies amigo del lujo, la voluptuosidad. La pereza.
Isaac no puede saberlo, pero en otra parte del universo, muy
lejos, se levanta la sesión de un cabildo catedralicio que va
a cambiar su vida.
No podía saberlo, padre, usted estaba buscando a un músico. Y
yo, sin saberlo, lo era.
ESTO LO RECUERDA FARID PARA QUE PUEDA SER UN TEMA RECURRENTE Cuando se cansaba, uno de sus sirvientes abría una silla de madera y ella, sin mirar, se sentaba. Otro esclavo, un negro musculoso llevaba con él un monito verde al que alimentaba con pistaches.
Nos miró y algo dijo. Nos abrazamos y ella sonrió. Y fuimos vendidos, tú y yo Farid, en el puerto de Famaugusta.
LO QUE SIGUE LO PIENSA JORGE CUANDO VA A DESTRUIR A
Ella nunca lo había pensado. No se permitiría pensarlo jamás. Ella, descendiente de san Fernando y de Alfonso el Sabio no consentiría nunca sentirse una igual de este hombre que sin embargo le producía tanto placer, el placer de sentirse viva y capaz de consumar una venganza, el placer de no preocuparse por quedar embarazada ni de tener que recurrir a una matrona que matara el producto de aquellas noches lujuriosas cuyas noticias fueron llegando una a una al marqués del Carpio quien pensó primero que permitiría que su mujer enrojeciera un poco más con la música frívola de las canciones italianas que resonaban cada tarde en su jardín. No le convenía un escándalo.
Tampoco era como tantos otros maridos, a quienes despreciaba más que nunca en aquel momento, que consideraban justo que si habían sido infieles, ella tuviese sus propias aventuras. Le aterraba pensar, además, en la posibilidad de que ella engendrara a un bastardo. Tendría que terminar muy pronto con aquellos amantes. Con los dos. Pero ¿cómo? Por una parte no quería poner en riesgo la expedición al Nuevo Mundo y no deseaba un escándalo que atrajese la atención de la Santa Hermandad hacia el amasiato que estaba teniendo con aquella mujer judía a la que a cada momento resultaba más difícil proteger. Tenía que encontrar el momento propicio para separarlo de Isaac y matarlos. Salió al balcón. Los amantes descansaban aquella noche. ¿O no? ¿Sentía celos? Recordó a Inés, su amante. ¿Cómo podía sentir celos de una mujer tan desangelada como María? No. Sentía una ira seca y muda. Una ira que le hizo saber de pronto lo que tenía que hacer. Porque el marqués del Carpio no era de esos hombres que se arredran ante las dificultades. Estaba a punto de llevar al Nuevo Mundo sus negocios y sus ideas políticas. Estaba a punto de llevar las ideas que había macerado en la Casa de Dante al otro lado del mar. No podía permitir que un enojo casero acabase con ello. Tendría que hacerse cargo del monje de una manera contundente y eficaz, de un modo único, de un modo que causara a su mujer más sufrimiento del que fuese capaz de soportar.
* Los fines de semana Manuel de Villena seguía divirtiéndose con sus fiestas de disfraces y comidas con cerdo y vino. Los caciques, sin embargo habían comenzado a conspirar. Lo escuché de Alonso de Molina; mi compañero en Catedral. Los viejos sacerdotes de los dioses ensangrentados habían vuelto a hacer rituales y del norte de catedral llegaba el grito de nuevos sacrificios. La santa hermandad no había podido encontrar a los culpables de estos asesinatos. Encontraban cadáveres aún calientes, quemados, desollados, con las costillas rotas y sin corazón. Una máscara del dios Xipe, tal vez, pero nada más. Y aunque los franciscanos no nos lo decían, para que no creciera la alarma entre la gente mestiza y criolla de la nueva capital de Nueva España, los rumores crecían.