No creía en Cristo y sólo se acordaba de las reuniones en casa de Agalé cuando por alguna razón pasaba por la iglesia de Santa Maria en Trastévere donde aún hoy se levanta un templo para la madre de Dios en los terrenos en los que alguna vez rezaron, escondidos, los primeros cristianos.
El esclavo árabe ayudó al monje a subir a una carreta que llevaría todas sus pertenencias hasta la Casa de Dante. Y él, Farid, subió Viento del diablo. La carreta comenzó a moverse. Subieron por el camino de tierra roja y luego cruzaron hacia el redondel, pasaron la fuente y comenzaron a bajar. Hacia el Trastévere hacia Roma. Los pinos pasaban por encima de la cabeza de Alberto.
Llegaron a Casa de Dante, se hicieron las presentaciones y conforme fue pasando el tiempo el joven monje comenzó a sentir un disgusto particular. Era extraño porque le gustaba estar entre aquellos nobles, pero le disgustaba ser religioso. Estaba convencido de que debía pertenecer a esa clase.
Ya tenía varios días viviendo en la casa de Dante, cuando Alberto miró a Farid que venía hacia él para preguntarle con una sonrisa que si tenía ganas de salir a pasear de noche por la ciudad.
Farid estaba guardando su instrumento cuando le preguntó que si aún tenía ganas de beber.
Alberto no había salido nunca tan noche y dijo que sí.
Salieron por la puerta de la casa del marqués
Como Alberto dijera que sí, los dos salieron por la puerta grande de la Casa de Dante y se perdieron en las calles tortuosas en torno a la Plaza del Dragón, cruzaron hacia la basílica de San Crisógono en cuyo interior escucharon risotadas y, libres ya del peso de los chismes, fueron hasta la plaza de Santa María en Trastévere. A un costado de la iglesia, Farid hizo sonar una puerta de madera con un aldabón en forma leonina y abrieron dos gendarmes vestidos con el uniforme papal. El esclavo y el monje descendieron por una escalera de madera mal iluminada hasta que aparecieron en un amplio salón en el que se sentaron en una mesa larga llena de otros borrachos y el dueño, sin preguntar, les sirvió dos pintas de cerveza muy amarga y muy embriagante. Los locos que había visto los días anteriores estaban aquí. Y no parecía ya que estuviesen enfermos; los zíngaros hablaban como señores y los cardenales como cargadores de puerto.
Fueron por las calles tortuosas de la Judería. En las basílicas se escuchaban risotadas tan libres como ellos que, por primera vez conversaron desinteresadamente de lo que significaba haber abandonado todo para venir al fin del mundo. A un costado de la Iglesia de Santa María de las Nieves, Farid dijo:
—Es aquí—. E hizo sonar una puerta de madera con un aldabón en forma leonina. Le abrieron dos gendarmes vestidos con el uniforme de la Santa Hermandad. Alberto estaba a punto de salir corriendo pensando que serían detenidos, pero Farid entró hasta lo que parecía una sala que lo condujo a una escalera mal iluminada que descendía hasta una habitación mal iluminada en la que se sentaron en una mesa larga llena de otros borrachos y el dueño, sin preguntar, les sirvió dos pintas de cerveza muy amarga y muy embriagante. Los locos que había visto los días anteriores estaban aquí. Y no parecía ya que estuviesen enfermos; los zíngaros hablaban como señores y los cardenales como cargadores de puerto.
—En 1491 la Virgen de la Tribulación pertenecía a Jorge Comneno quien vivía en Roma, en un palacio que aún existe y al que llaman la Casa de Dante. Se se dice que allí vivió el poeta florentino cuando tuvo que escapar de su ciudad. Aquel año el mundo estaba cambiando; en el palacio del papa Inocencio VIII, en las cortes del rey de Aragón, en las oficinas de la reina de Castilla y en el campamento de Santa Fe. Cristóbal Colón se alojaba ya con los monjes de la Rábida y había conocido a la familia Pinzón. En la cocina de estos marineros, el navegante recibió del racionero Luis de Santángel más de un millón de maravedíes para la expedición con la que tendría que llegar a los reinos de Cipango y Catay. En aquel año de 1491 vivía en Casa de Dante mi abuela número quince, Inés. Ella era protegida de Alonso Fernández de Córdoba, señor de Aguilar quien la llevó a Roma junto con su hijo (mi abuelo número dieciséis). La idea del señor de Aguilar era casar a Inés con Jorge Comneno, último descendiente de los Comneno de Trebisonda. Además, Garci, el hijo de Inés estaba emparentado con Jorge. Con este matrimonio, Inés y mi abuelo Garci podrían sobrevivir a pesar de los estatutos de sangre que entrarían en vigor en Córdoba ante el inminente triunfo de los Reyes Católicos. Aquél 13 de enero de 1491
La noche de la miseria AQUÍ SE VA CON JORGE O TAL VEZ CON HÁKIM, MUY EN EL ESTILO DEL CUENTO DE NERVAL, FUMAN HIERBA. NO CON FARID QUE DEBE SER MÁS MISTERIOSO
Farid estaba guardando su instrumento cuando le preguntó que si aún tenía ganas de beber. Como Alberto dijera que sí, los dos salieron por la puerta grande de la Casa de Dante y se perdieron en las calles tortuosas en torno a la Plaza del Dragón, cruzaron hacia la basílica de San Crisógono en cuyo interior escucharon risotadas y, libres ya del peso de los chismes, fueron hasta la plaza de Santa María en Trastévere. A un costado de la iglesia, Farid hizo sonar una puerta de madera con un aldabón en forma leonina y abrieron dos gendarmes vestidos con el uniforme papal. El esclavo y el monje descendieron por una escalera de madera mal iluminada hasta que aparecieron en un amplio salón en el que se sentaron en una mesa larga llena de otros borrachos y el dueño, sin preguntar, les sirvió dos pintas de cerveza muy amarga y muy embriagante. Los locos que había visto los días anteriores estaban aquí. Y no parecía ya que estuviesen enfermos; los zíngaros hablaban como señores y los cardenales como cargadores de puerto.
—¿Así que esto es un lupanar? —Preguntó Alberto.
—No realmente —respondió el esclavo. No hay prostitutas. A mí no me interesan. Si te interesan a ti, sé dónde conseguirlas aunque habría que caminar.
Alberto dijo que no. No estaba interesado en ese momento. Ya tendría tiempo de desquitar también todos aquellos placeres que el monasterio le quitó. Farid, quien evidentemente tenía ganas de conversar, preguntó a Alberto que qué le había parecido la reunión. A decir verdad, dijo Alberto, había esperado algo más. Los personajes en la tertulia le parecieron frívolos y pretenciosos. Hablaban del mundo nuevo como si les perteneciera. Trató de investigar con el esclavo de las alianzas comerciales en las que, sospechaba, Isaac estaba involucrado. Porque se había hablado de geografía y de filosofía, se había hablado de música y de lenguas exóticas, pero detrás de todo ello resonaba una palabra: dinero. Farid comentó sin problemas que, en efecto, su amo tenía un par de negocios con Sevilla y que a través del Señor del Carpio estaba tratando de conseguir una concesión para pescar Perlas en las islas de Cipango y Catay.
Alberto se puso a especular en torno a las implicaciones teológicas del encuentro de aquellos nativos de los que había hablado el Señor de las Casas. No se trataba solo de que hubiesen encontrado una de las tribus perdidas de Israel, no se trataba solo de que al cerrarse la redondez del mundo se hiciera posible por vez primera el mandato misionero de Jesús y que fuese ya una posibilidad el fin del mundo. En realidad aquellos descubrimientos demostraban que de muchas formas Aristóteles se había equivocado. Y si Aristóteles estaba equivocado, entonces Santo Tomás estaba equivocado y por tanto la Biblia y toda la cristiandad. El mundo como lo habían pensado, redondo o no, se había desplomado. No del todo, insistía Farid: en realidad la sabiduría estaba abriéndose paso en el mundo a pesar de las supersticiones que la cristiandad había metido en la cabeza de la gente. El esclavo estaba convencido de que estaba llegando el tiempo de Poimandrés.
Alberto se estremeció con este nombre. Poimandrés era el demiurgo del que había leído aquellos días en el Corpus Hermeticum. Sólo en la razón, repitió como para convencerse a sí mismo, el hombre es igual a un dios. Sólo en la inteligencia es posible la divinización y si era verdad lo que había leído, que antes de la creación del tiempo y del mundo, antes de la encarnación de todas las almas en este mundo imperfecto creado por Poimandrés había habido un bautizo de sabiduría, este muchacho de aspecto aniñado también se había bañado en el agua de dios.
Pero más que en el agua de dios, en aquel momento Farid estaba interesado en la cerveza. Tomó un último trago para que el dueño del tugurio le trajese más. A pesar de la prohibición explícita de su religión, el árabe estaba bebiendo. Porque era un igual a él, a Alberto: ninguno de los dos había nacido para sujetarse a leyes eclesiásticas. Ambos poseían la sabiduría. Alberto brindó por ello y feliz y borracho se convenció de que la sabiduría de Poimandrés lo habitaba cuando en realidad lo único que llenaba su cabeza eran los humos de la cerveza.
Salieron de la taberna completamente borrachos. Ya comenzaba a amanecer. Alberto le pidió al muchacho árabe que se detuvieran bajo un pino para mirar la Isla Tiberina. Parecía, en efecto un barco que hubiese encallado. A lo lejos se escuchaba el grito de los locos en el hospital de san Bernabé.
—Allá vive Remo —dijo Alberto, sintiéndose un místico. Y era verdad, en esta isla, desde los tiempos de Augusto encerraban a los locos y a los iluminados. A los que negaban la realidad del único Dios. Allá debían estar encerrados, pensó Alberto, todos los navegantes y prestamistas que habían venido a la reunión en casa de Isaac. Ahí debía estar encerrada la reina Isabel y el loco papa Borgia, los indígenas que trajo a España Colón y que murieron de tristeza y frío, los amigos de Bartolomé, el loco señor de Las Casas que fantaseaba con un mundo en el que no existía el pecado; un mundo de locos, sin duda, el mundo de Remo, el rey lobo.
Un mendigo se acercó a ellos para pedir una moneda que le regaló Farid. El hombre se fue dando gracias a Dios y Alberto escupió:
—Helo aquí. Esto que llaman piedad y cordura es sólo un pobre diablo que agradece a Dios por ser miserable.