Jorge y Farid salieron de la taberna y afuera se calmaban ya las llamadas a Dios, los rezos y las peticiones de perdón. Jorge sonrió. Aquel movimiento le recordaba su propia mortalidad e inspirado por aquella nueva manera de ver el mundo se sintió libre de esos llamados a Dios. Todo había sido algo completamente natural. Como natural era la muerte y la sensualidad.
—Esto es una señal —dijo la matrona y volvió a entrar a la taberna para comenzar a limpiarla. Poco a poco la gente tranquila comenzó a volver.
—Has dicho que esto es una señal, pero ¿una señal de qué? —preguntó Jorge.
—Qué se yo —contestó la mujer que había traído más vino para que todos sus huéspedes se embriagaran. Y así lo hicieron, a las diez de la mañana todos comenzaron a cantar y la dueña de la taberna volvió y le dijo a Farid:
—No sé de qué pueda ser señal que se mueva la Tierra.
La gente tenía por aquellos tiempos de que el mundo estaba terminando. Y en muchos sentidos lo estaba. Granada había caído por fin. El reino milenario. Los Méndez de Sotomayor seguían en sus problemas familiares y en ello estribaba la contradicción. Mientras unos se amparaban en la escritura y pensaban en un mundo que se acaba, otros vivían atados a las cosas del mundo, a una historia que es tan pequeña que a lo más será una línea en un libro. De todo ello hablaba Jorge y Farid escuchaba y le dijo que tenía razón. El mundo se había acabado muchas veces. Se había acabado en Constantinopla con su amo. Y se había acabado también en él cuando había salido del desierto. Se había acabado Granada. Porque el mundo se acaba todos los días. Con terremoto o sin él.
Tenía dicinueve años y se sentía tan viejo.