17
LA CAVERNA / EL AGUA / EL FUEGO
Farid no salió del agua.
No del todo.
El cuerpo sí.
Pero algo—
se quedó.
El Leteo
El río no corría.
Se expandía.
No hacia adelante.
Hacia adentro.
Farid respiró.
No con los pulmones.
Con otra cosa.
La memoria
No volvió.
Se abrió.
Chacales.
El monte.
El Centurión.
El cuchillo.
El canto.
Todo al mismo tiempo.
Sin orden.
Sin historia.
El peso
No dolía.
Eso era lo insoportable.
La frase
“Tú morirás… él morirá… sólo el Altísimo no morirá.”
No venía de afuera.
Estaba escrita.
En la piedra.
En el aire.
En él.
El claro
Salió.
No caminando.
Desplazándose.
El bosque no era bosque.
Era forma.
Todo parecía dispuesto
para que él lo viera.
El fuego
Esperaba.
No lo perseguía.
No avanzaba.
Lo esperaba.
Farid
Se detuvo.
Por primera vez
sin huir.
La pregunta
—¿Para qué sirve cantar?
No fue pensamiento.
Fue golpe.
Directo.
El silencio
No respondió.
Porque sabía:
no había respuesta
que lo sostuviera.
La sangre
Volvió.
No como herida.
Como recordatorio.
El cuerpo no olvidaba.
Nunca había olvidado.
La caída
Se desplomó.
No por debilidad.
Por exceso.
El agua (otra vez)
Hundió el rostro.
No para vivir.
Para desaparecer.
La oración
—Altísimo Jesucristo…
No creía.
Nunca creyó.
Pero dijo:
—te doy mi vida.
No como fe.
Como decisión.
El fuego
No lo consumió.
Lo atravesó.
Como si lo reconociera.
El cambio
Las cicatrices desaparecieron.
No sanadas.
Integradas.
La comprensión
No vino como luz.
Vino como peso.
—No debo buscar a Dios.
Pausa.
—Debo amar.
Silencio.
Hakim
No estaba.
Y sin embargo—
estaba en el error.
En la creencia.
En la ilusión de control.
Farid
Sonrió.
No por alegría.
Por claridad.
—Pobre Hakim.
No como desprecio.
Como reconocimiento.
El regreso
El fuego bajó.
No desapareció.
Se retiró.
Como si supiera
que ya no era necesario.
Última línea
Y en ese instante—
sin milagro,
sin redención,
sin promesa—
Farid dejó de buscar
lo que lo había sostenido
y empezó
a responder
por sí mismo.