Cantaban canciones de Josquin des Pres y se dejaban llenar de nostalgia cuando llegaba la tarde y tenían que pensar en un lugar para hacerse de una guarida o encontrar una caverna para vivir. Detrás de las montañas encontrarían muy pronto el campamento de los cimarrones y ellos les dirían que venían buscando al dios verdadero, al del cóncavo y el convexo el que a veces levanta catedrales y a veces mezquitas, el que a veces se complace matando a los niños y sin embargo a veces escapa de la guerra llamando a sus hijos a la conversión. Lo estaba llamando a su modo a Farid y a Miguel. Lo estaba llamando en la opresión de los muros en Alexander quien había encontrado el placer en escribir no historias sino la historia de aquel monasterio enlazando en ello historias que tal vez no habían sucedido nunca. Después de todo, pensaba, el pasado es siempre ficción y con la ficción se puede hacer y decir siempre lo que uno quiere.
El amigo decide partir con Isaac, pero tienen que encontrar comida.