F1184 · CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 27

Farid recordaría mucho después —cuando ya no quedara ni un nombre capaz de atarlo a la tierra— que todo había comenzado con una frase de Hakim, repetida como una advertencia que era también un castigo:

No hay bosque inocente.

Hakim la pronunciaba con gravedad. Farid la recibía como revelación.

Decían que era esclavo.

El esclavo de un imán que nunca lo trató como posesión, sino como depósito de algo que ni él mismo comprendía. Hakim veía en Farid una docilidad extraña, no hecha de sumisión sino de escucha: esa inclinación leve de la cabeza, como si oyera palabras que nadie pronunciaba. Como si la tierra —raíces, colinas, muros— le dictara textos perdidos.

Había llegado marcado por nombres que nadie sabía explicar: el curado, el devuelto, el salvado.

Hakim nunca preguntó.

Sabía que preguntar rompe lo que apenas se sostiene.

Farid tampoco hablaba. Caminaba. Caminaba incluso en reposo. Su alma no conocía quietud.

Los ancianos decían que en su pecho había un fuego que no calentaba.

Hakim sabía que no era fuego.

Era historia.

Historia sin lengua. Memoria sin pueblo.

Por eso lo dejó ir.

Una tarde sin fecha, Farid cruzó el límite del campamento y avanzó hacia el polvo, obedeciendo una orden que nadie había dado. Hakim lo vio alejarse sin detenerlo.

No huía.

Regresaba.

A un origen que no sabía nombrar.

Entre lo que otros llamarían el año 30 y el 524 —fechas inútiles para medir lo que atravesó— Farid caminó el mundo sin pertenecerle.

Desiertos donde las dunas parecían hablar. Ciudades donde los ídolos eran tratados como niños. Pueblos donde los muertos dormían en los techos.

Cada noche comprendía lo mismo:

lo habían devuelto de la muerte, no para vivir, sino para buscar.

No sabía qué.

Pero al cerrar los ojos, un viento anterior a toda lengua vibraba bajo su costilla.

Fue en las ruinas de una tierra que luego llamarían Galia donde los niños lo nombraron abuelo.

No entendía su idioma. Sí su gesto.

Lo reconocían.

Su rostro no envejecía. Sus pasos sí.

Y cada paso lo acercaba a algo que aún no existía.

Entró en el bosque.

El bosque sin inocencia.

No tuvo miedo.

La sombra lo recibió.

Los árboles se abrieron como costillas.

Y en la roca, una grieta.

No un refugio.

Un origen.

Dentro encontró un pergamino y un hueso.

Signos que no pertenecían a ningún culto reconocible.

Nombres:

Francus. Marcomir. Clodio.

No sabía quiénes eran.

Pero su sangre sí.

Como campanas golpeadas desde dentro.

No se asombró.

Quien ha visto morir al tiempo no se asombra.

Se arrodilló.

Sabía:

toda curación es condena disfrazada. el milagro no es vivir, es quedar atado.

El historiador llegó después.

Le habló de linajes, de reyes sin dios y de dioses sin nombre.

Farid no respondió.

Puso la mano en la tierra.

No para reclamar.

Para recordar.

Mucho después —o antes— en Vézeronce caería Clodomiro.

Y ese cuerpo también sería suyo.

Porque cada guerra no vivida dejaba en él un latido.

Cuando volvió al sur, ya no era esclavo.

Era algo peor:

un hombre que conoce el origen sin poder gobernarlo.

Hakim lo recibió sin sorpresa.

Sus ojos tenían esa mezcla de piedad y temor reservada para los elegidos sin elección.

Farid se sentó.

Como si fuera a hablar.

No lo hizo.

—¿Qué encontraste? —preguntó Hakim.

Farid respondió sin levantar la mirada:

—No me buscaban a mí. Buscaban lo que arde en mí.

Hakim comprendió.

En Angelorum Natura nadie es libre. Pero algunos son elegidos por fuerzas que preceden incluso a los ángeles.

Farid no sería rey. Ni santo. Ni mártir.

Sería algo más inquietante:

el testigo de que todo origen existe aunque nadie quiera recordarlo.

Y desde entonces, el bosque dejó de ser inocente.

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