1521, septiembre, 18. Al caer la tarde. México-Tenochtitlán.
Las sombras se alargaban sobre la plaza de los solares, donde el geómetra había arrancado una fuente de agua dulce como si fuera un diente del viejo palacio de los huey tlatoanis. La ciudad respiraba entre dos tiempos, con el aliento agrio de lo recién conquistado y el susurro de lo que nunca se dejaría doblegar. Atonatiuh, quien fue bautizado como Cristóbal, escuchaba con atención mientras Farid le relataba historias de Turquía, de Europa, de un sultán que él mismo reinventaba con cada palabra.
—Solimán el Magnífico tenía un caballo negro —dijo, midiendo el peso de la mentira—. Se llamaba Viento del Diablo. Solo comía manzanas verdes.
Cristóbal sonrió, fascinado, con la inocencia de quien aún cree que las palabras pueden convocar realidades. Con él, Farid aprendió a hablar mexicano, a saborear chapulines tostados, a encontrar en aquella ciudad, que antes le pareció siniestra, un rostro nuevo y deslumbrante. Antes, en Coyoacán, la sentía maldita, pero en el centro, bajo la luz temblorosa de los faroles, era otra cosa: un lugar donde los sacerdotes antiguos de Huitzilopochtli, los comedores de corazones, ahora mendigaban con los ojos hundidos en el vacío.
—Aquí todo cambia —murmuró Cristóbal.
Caminaban entre calles nuevas, recién trazadas, donde los balcones escupían telas rojas al viento. Se mecían como estandartes en batalla, signos de una guerra que seguía latiendo en las piedras y en las miradas furtivas de los mexicas. La lluvia comenzó a caer, espesa, arrastrando el polvo de la conquista. Farid vio cómo los charcos reflejaban las columnas recién levantadas, los balcones esbeltos, los nuevos perros traídos de Castilla, los caballos en los que los españoles cabalgaban como si fueran centauros de hierro.
—¿Dónde estará Cortés? —preguntó Cristóbal.
Lo veneraba. Lo amaba con la devoción de un hombre que ha sido arrancado de la miseria por otro. Y Farid no sabía qué responderle, porque él mismo no entendía esa veneración por el hombre que había roto el mundo en dos.
Se detuvieron ante una criatura pequeña y de movimientos sigilosos. Ojos de ámbar, pelaje oscuro, la elegancia de un depredador hecho para la penumbra.
—¿Qué es esto? —preguntó Cristóbal, mientras el animal se deslizaba entre las sombras.
Farid, con una sonrisa leve, respondió:
—Se llama gato.
Cristóbal repitió la palabra en su lengua: tlilcocohuani. Pequeño jaguar.
La lluvia redobló su furia sobre los techos de teja. Las telas rojas empapadas se pegaban a los muros como heridas abiertas. En la lejanía, sonó el Angelus, ese tañido lento que anunciaba la plegaria de la tarde. Cristóbal, con los dedos hundidos en el pelaje del gato, lo miró con la misma pregunta que había aprendido a callar.
—¿Por qué pareces un niño si tienes casi treinta años?
Farid no tuvo respuesta. Se encogió de hombros y dejó que la pregunta se hundiera con el repique de la campana.