178 Con cierta afabilidad propia del hermano de un rey, fray Pedro tomó uno de mis chapulines, se lo metió a la boca, se chupó los dedos y me dijo, siempre en latín, que le gustaría que viniera con él a visitar los jardines de San Francisco. Le dije que sí porque me sentía obligado aunque quería conocer San Francisco aquel misterioso lugar que tantos dolores de cabeza le estaba dando al arzobispo. Habiendo cruzado la capilla abierta llegamos a un patio en el que había una hermosa escultura en piedra de San Francisco. El santo me miraba señalando con la mano izquierda el cielo. La mano derecha indicaba este mundo de modo que leyendo las dos manos y la expresión del santo era fácil deducir que la idea del escultor era indicar que el santo ofrecía el mundo terreno a la gloria celestial. Como fray Pedro viese que me interesaba en la escultura me hizo saber que la había diseñado un muchacho tan joven como yo que se llamaba Marco. Una vez dentro del monasterio había una recepción con unas escaleras que llevaban al segundo piso y una puerta que conducía al huerto concluso, el convento. En esta recepción había dos obras que no he podido olvidar: San Antonio de Padua camina sobre las olas y la más hermosa que he visto nunca: Francisco predica a los pájaros.
Al lunes siguiente, cuando Alessio velaba frente al Santísimo la víspera de su partida, Lionel se sentó para mirarlo. El monje parecía entregado a un rezo vehemente y por eso el abad decidió que no lo interrumpiría. Pero no, Alessio pensaba. Y no pensaba en cosas piadosas. Evaluaba todas las respuestas que aquella semana había escuchado a la pregunta que le había intrigado de la charla que tuvo con el abad en el huerto de La Virgen de las Tribulaciones. ¿Qué es un alquimista? Un loco, le habían dicho unos. Un sabio, un humanista, un hereje, un astrónomo. ¿Qué hacer de todo aquello? Sentado frente a la imagen que pintó San Lucas suspiró curioso. Había perdido la paz.
Cuando se levantó por fin porque había sonado la campana de tercia, se encontró con el padre Lionel quien para despedirse le regaló una reliquia. Muchos años atrás, le dijo, en tiempos de la Primera Cruzada, sus antepasados trajeron de Tierra Santa un trozo de la túnica de San Miguel Arcángel. Le mostró al monje unos hilos minúsculos atrapados en liquidambar. Lionel colgó el dije junto a la cruz y el escapulario del monje y se fue para no permitirse llorar. Alessio se había convertido en el capellán de un noble y era inútil pensar que hubiese podido ser de otra forma.
El joven monje miró a Lionel entrar al convento y estaba a punto de decir una oración por su maestro de música cuando encontró frente a él al esclavo árabe. Farid lo estaba esperando parado junto a Viento del diablo y otro hermoso jamelgo de color blanco. Atravesaron juntos las puertas del convento que estaban abiertas a aquellas horas. Apenas aquella mañana se había anunciado que se iría y todos sus hermanos habían venido para desearle lo mejor. Alessio se sintió culpable de sentirse liberado y pensó por primera vez desde que su madre había venido a traerlo que él nunca había querido ser monje. La música lo había convencido de que esta era su vocación, por supuesto, pero el mundo allá afuera le pareció tan amplio como debe habérselo parecido a la familia de Adán cuando fue expulsada del Paraíso. Así se sentía. Un poco temeroso, tal vez, pero lleno al mismo tiempo del deseo de hacerse con ese mundo que, corrupto o no, parecía hacerse más amplio con cada paso de su caballo.
venía meditando en la forma extraña en que había llegado hasta ahí. Siempre lo hacía. porque parecía que eran ellas las que traían de regreso el calor. Era un primer día templado de febrero de 1500. Pronto llegaría la primavera a los jardines de la Casa de Dante, el castillo de su amo Isaac al otro lado del Trastévere. La historia seguiría moviéndose por tanto. Como el sol, pensaba Isaac. Del este hacia el oeste No había nada que hacer.
Farid cruzó el puente de las transformaciones. Tocó, por que siempre lo hacía, la escultura del dios Jano y comenzó a subir la colina del Aventino. A lo lejos resonaba una folía española. Esa locura que llamaban Rodrigo Martínez y que se le había quedado pegada como las conversaciones de geografía, magia y alquimia que a menudo tenían lugar en el castillo de Isaac. Haga lo que haga, se digo, la historia se seguirá moviendo. Hagan lo que hagan los sabios judíos y genoveses. Y se moverá, lo sepamos o no. La convicción de la inconsciencia del mundo le dio a Farid una suerte de ternura por los personajes con los que fue encontrando, los niños jugando con peonzas, una mujer que cargaba con trabajos una jarra para llenarla en la Fuente del León y el hombre que atravesaba apurado el Puente Sublicio sin reparar en el escudo que lo custodiaba: un dragón. Se imaginó que el hombre iría a ver a su amante. Por ello caminaba apurado, moviéndose del oeste hacia el este, al contrario de la historia, al contrario del sol. Se detuvo en el primer mirador. No porque estuviera cansado. Quería contemplar la ciudad cuyos pinos secos en sus copas tenían ahora el color de una naranja. Farid, el esclavo árabe era afecto a soñar despierto y no desperdiciaba la oportunidad la grandeza de aquella ciudad en la que vivía desde hacía seis años y a la que, sin embargo nunca se había acostumbrado.
Llegó por fin hasta Santa Sabina. Los monjes lo hicieron esperar en el refectorio desde donde escuchó los cantos de vísperas. El Magníficat le produjo nostalgia, como siempre, pero con un dejo de orgullo se dijo que la voz de Alessio, aquel cantante que ahora mismo rezaba a la madre de Dios iba a morir mientras que la suya, al menos creía en ese tiempo, era inmortal. Le habían ofrecido vino caliente, como se acostumbrara en aquellos años con los huéspedes importantes. Farid era un esclavo, pero su amo era uno de los benefactores más importantes de los dominicos de modo tenían deferencias con él. En poco tiempo entró el secretario del padre Lionel, superior de Santa Sabina y Farid le dio la misiva de Isaac que había venido a entregar.
Cuando Farid retomó el camino del Trastévere, hacia la Casa de Dante había comenzado a anochecer. Una mujer cubierta de negro encendía las antorchas en el camino y el esclavo árabe comenzó a tararear la canción de Rodrigo Martínez.
Cuando el esclavo y el monje atravesaron el puente de las transformaciones en la Isla Tiberina, frente a las esculturas del dios Jano que custodian el corazón loco de Roma, Farid rompió el silencio y dijo: hace muchos años conocí a otro hombre que se llamaba Alessio, como tú. Alessio sonrió y, roto el silencio, se atrevió a hacer la pregunta que había hecho a todos sus compañeros:
—Farid —preguntó— ¿qué es un alquimista?
El esclavo árabe suspiró y no dijo nada ni de ciencia ni sabiduría. Un alquimista, dijo, es un hombre que busca la inmortalidad. Pero no la inmortalidad del cuerpo glorioso de Cristo sino la inmortalidad de la carne en este mundo que ves. Es uno que busca estar bien con Dios y con Azazel.
No dijeron nada más hasta que, más allá del mercado de los genoveses se encontraron con la casa de Dante. Se abrieron los portones y Alessio penetró al interior de una hermosa casa construida en torno a una fuente sobre la que había no una virgen sino una diosa romana. En cuanto entraron a la casa vino a recibirlos el mayordomo.
—Se llama Nicolás —dijo— Farid. Pidió al sirviente que enseñara el refectorio al nuevo capellán y que le ofreciera de cenar.
En el refectorio en el que tenían preparadas frutas y queso y su habitación y a la mañana siguiente, cuando abrió la ventana se complació con la vida en el barrio del Trastévere.
Desde los tiempos de Augusto aquel era el barrio de judíos y marineros. Estaba a unos pasos del puerto de la ciudad y se traficaban toda clase de mercancías y novedades. Los judíos traían noticias del este, de Tierra Santa y los genoveses del oeste donde se acababa de descubrir una nueva ruta hacia Cipango y Catay. Los primeros días los dedicó a rezar porque Isaac no apareció y a Farid no lo volvió a ver. La única persona con la que tenía relación en la casa de Dante era el viejo sirviente Nicolás.
Habían pasado dos semanas y Alessio descubrió que se había acostumbrado a reposar después de la comida y, poco a poco, había comenzado a levantare más tarde. Celebraba la misa en la capilla del primer piso y rezaba la liturgia de las horas, pero se había acostumbrado muy pronto a la cama y a sus almohadones, al desayuno servido al amanecer.