F0024 · 03.13 — EL CANTO DE ADÁN

03.13 — EL CANTO DE ADÁN

El Centurión dice que Damasco está cerca. Yo sólo veo piedra.

Camino delante de él porque el sendero apenas alcanza para un cuerpo. Tengo los pies desnudos y el frío de la mañana se queda pegado a las plantas cada vez que piso una piedra que todavía no toca el sol; detrás escucho la respiración del Centurión, regular aunque llevamos tres días andando. Desde aquí el monte Qasioun no parece el lugar donde comenzó nada. Es roca, polvo, arbustos bajos, alguna cabra que nos mira pasar. Mi madre dice otra cosa. Dice que en una de estas cuevas Adán entró cuando los hombres todavía no tenían ojos, ni lengua, ni nariz, ni oídos, ni piel, y que por entonces las serpientes caminaban sobre patas y se burlaban de ellos porque podían sentir el mundo mientras los hombres apenas tropezaban dentro de él.

—¿Falta mucho?

—Menos que ayer.

—Eso no quiere decir nada.

—Entonces ya aprendiste algo.

No me vuelvo, pero sé que sonríe. El Centurión tiene esa costumbre: cuando no quiere responder, convierte la respuesta en una lección. Mi madre hacía lo mismo y por eso algunas veces lo odio un poco.

—¿Por qué me sigues?

—Porque voy contigo.

—No es lo mismo.

—Hoy sí.

Bajo más despacio. Desde que salimos intento descubrir cuándo piensa abandonarme. No tengo ninguna razón para creer que lo hará, salvo que mi padre quería venderme a un genovés y desde entonces todos los adultos parecen formar parte de algún trato que no conozco. Mi madre me puso la mano dentro de la suya y le dijo que me llevara lejos. El Centurión prometió hacerlo. Las promesas me parecen una forma especialmente complicada de mentira porque todavía pueden ser verdad mientras uno las dice.

—¿Qué pasa si nos encuentran?

—Seguimos caminando.

—¿Y si vienen los hombres de mi padre?

—Seguimos caminando más rápido.

—¿Y si son muchos?

—Entonces corres tú.

Me detengo.

—¿Y tú?

—Yo veré qué hago.

—Eso tampoco es una respuesta.

—No todas sirven para tranquilizarte.

Continúo. El viento desciende por la ladera y hace un ruido grave entre las piedras. Durante un momento me parece escuchar a los chacales de la última noche junto a mi madre y recuerdo otra parte del cuento. Adán entra en la cueva sin poder ver la roca ni sentirla y, como no sabe rezar porque todavía no tiene lengua, se frota contra ella. Eso era rezar, decía mi madre: antes de las palabras el cuerpo ya sabía pedir. Entonces aparece un ángel y le regala ojos, nariz, oídos, piel, lengua. El ángel podría detenerse ahí. Ya le ha dado el mundo entero. Pero le entrega además un arma.

Canta.

Adán canta.

Los demás hombres comienzan a acercarse porque es la primera vez que oyen una voz humana. También se acerca el Rey Serpiente. Viene con sus patas, su ejército y un cuchillo para degollarlos entre las rocas, pero cuando escucha a Adán se queda quieto. Nunca había oído cantar. Lo escucha demasiado tiempo. Los hombres aprovechan ese instante y matan a las serpientes.

De niño siempre preguntaba qué canción cantó Adán.

Mi madre nunca quiso decírmelo.

—¿Tú crees que una canción puede matar? —pregunto.

El Centurión tarda en contestar.

—Sí.

Me vuelvo.

—¿De verdad?

—También puede hacer cosas peores.

—Mi madre dice que salvó a los primeros hombres.

—Entonces hizo algo mejor.

Empiezo a cantar por molestarlo. No el canto de Adán, que nadie conoce, sino una melodía de mi madre, cinco notas que repite cuando trabaja y que siempre terminan un poco más arriba de donde comienzan. El sonido sale limpio en el aire frío. En la montaña mi voz parece pertenecer a otra persona; rebota contra una pared de piedra y vuelve más débil. El Centurión deja que termine.

—Tienes que cuidar eso.

—¿Qué?

—Tu voz.

—¿Por qué?

—Porque no siempre va a ser así.

No sé qué quiere decir. Me toco la garganta mientras seguimos bajando.

—¿Tú cantas?

—Muy mal.

—Entonces quizá por eso las serpientes todavía existen.

Esta vez sí se ríe.

Más abajo encontramos sombra y nos sentamos junto a una roca. El Centurión divide un pedazo de pan, me da la parte más grande y bebe primero del odre para demostrarme que todavía queda agua. Mientras comemos veo la cicatriz que le atraviesa la frente. No recuerdo haberla mirado antes. Empieza cerca del pelo y desaparece junto a la ceja.

—¿Quién te hizo eso?

—Alguien que quería matarme.

—¿Lo mataste?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no pude.

Me decepciona la respuesta. Esperaba algo mejor.

—¿Eres cristiano?

El Centurión levanta los ojos.

—Sí.

—Mi madre decía que los cristianos cambian los nombres de los niños.

—Algunos.

—¿Tú me vas a cambiar el mío?

—No.

—¿Y me vas a entregar a ellos?

La pausa es muy pequeña.

La noto.

—Te prometí que te sacaría de aquí.

—Eso no fue lo que pregunté.

El Centurión guarda el pan.

—No voy a venderte, Farid.

La palabra venderte queda entre los dos. No la dije yo.

—¿Jesucristo era cristiano?

—No como yo.

—Entonces ¿qué era?

El Centurión se apoya contra la roca y mira hacia el valle.

—Judío.

—¿Y por qué ustedes son otra cosa?

—Es una historia demasiado larga para esta montaña.

—Tenemos todo el día.

—Eso crees tú.

Me acerco un poco. Ahora quiero oírla precisamente porque no quiere contarla.

—¿Era profeta?

—Sí.

—¿Como Moisés?

—Sí.

—¿Como Mahoma?

El Centurión me mira. Después asiente.

—Y para mí, algo más.

—¿Qué?

—Dios.

Me río porque creo que bromea. Él no.

—¿Un hombre es Dios?

—Eso creemos.

—Mi madre dice que el Altísimo no tiene cara.

—Quizá tenga todas.

—Eso lo acabas de inventar.

—Probablemente.

Me gusta que lo admita. Me quedo jugando con una piedra entre los dedos.

—¿Y qué hizo?

—Muchas cosas.

—Una.

Piensa.

—No huyó.

—¿De qué?

—Cuando llegó el momento de morir.

Miro la cicatriz de su frente.

—Eso es estúpido.

—Puede ser.

—Yo sí huiría.

—Yo también.

—Entonces ¿por qué lo admiras?

El Centurión toma la piedra de mi mano y la arroja hacia el barranco.

—Porque tuvo miedo y no dejó que el miedo decidiera todo.

No entiendo completamente, pero la frase se me queda. Quizá porque conozco bien el miedo. Tiene el olor de las tiendas de mi padre cuando llegaban hombres desconocidos; el sonido de mi madre hablando demasiado bajo; la mano del Centurión apretando la mía al salir del campamento.

—Mi madre dice que Adán tampoco huyó del Rey Serpiente.

—Tu madre parece saber muchas cosas.

—También dice cosas que no son verdad.

—Ésa es otra manera de saber cosas.

Nos levantamos.

Al avanzar veo por primera vez Damasco debajo de nosotros, todavía lejana, extendida en la bruma. El Centurión señala hacia ella.

—Allí dormiremos.

—¿Y después?

—Después veremos.

Esa palabra empieza a cansarme.

—¿Qué hay después del dolor?

Él me mira como si hubiera cambiado de conversación sin avisarle.

—¿De cuál?

—De cualquiera.

Por una vez no responde enseguida. Pensé que diría Dios o paraíso o recompensa. Dice:

—A veces nada.

—¿Nada?

—El dolor termina y después tienes hambre. O sueño. O ganas de irte a otro sitio.

—Eso no suena religioso.

—La religión no sirve si necesita mentir sobre el dolor.

Seguimos andando.

—¿Y Jesucristo qué prometió?

—Que la muerte no tiene la última palabra.

—Eso tampoco lo sabes.

—No.

—Entonces es una promesa.

—Sí.

La palabra vuelve.

Promesa.

Mi madre promete estar en el viento. El Centurión promete sacarme de la montaña. Los hombres de mi padre prometen dinero. El Dios de los cristianos promete que la muerte no gana. Empiezo a pensar que el mundo está hecho de personas prometiendo cosas que todavía no pueden demostrar.

—Yo también puedo hacer una.

—¿Una qué?

—Promesa.

—Procura que sea una que puedas cumplir.

Miro hacia Damasco.

—Daré mi vida si me sacas de este horror.

El Centurión se detiene.

—¿A quién se lo dices?

—Al Altísimo.

—Bien.

Doy otros pasos.

—Daré mi vida para no volver a estar solo.

—Eso ya es más difícil.

—Daré mi vida para encontrar la paz.

—Farid.

—¿Qué?

—No tienes que regalar tu vida por cada cosa que deseas.

—Jesucristo lo hizo.

—Jesucristo no tenía doce años.

Eso me hace callar.

El viento vuelve a levantarse y trae algo que al principio confundo con un pájaro. Son tres notas. Una flauta, muy lejos, quizá desde la ciudad. El Centurión también las escucha porque levanta la cabeza.

—¿Qué es?

—Música.

—Ya sé.

Las tres notas vuelven.

Pienso en Adán dentro de la cueva, abriendo la boca por primera vez mientras el Rey Serpiente se acerca convencido de que los hombres siguen indefensos. Pienso que quizá mi madre se equivocaba en una sola cosa: el ángel no le dio un arma.

Le dio tiempo.

Sigo bajando hacia Damasco.

El Centurión viene detrás de mí.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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