F0208 · Farid despertó de golpe.

1571 mayo 5. Selva tropical a la orilla de un cauce seco, entre Guerrero y el olvido. Hora: 02:18, noche negra y sin luna.

Se habían dejado caer sobre la hierba como quien cae rendido después de una batalla que no entiende. Exhaustos, vacíos, con los músculos tensos y las almas gastadas. Cristóbal le había tendido un trozo de queso y una manzana verde —ofrendas humildes que sabían a refugio—, y luego ambos se quedaron dormidos bajo las estrellas. La fogata chisporroteaba, contenida por un círculo de piedras que apenas bastaban para recordarle al mundo que aún existía el calor.

Farid despertó de golpe. No fue un sueño. Fue una advertencia.

El calor lo abrazaba, no como abrigo, sino como sentencia. El fuego había desbordado sus límites. Ya no era llama doméstica. Era animal. Vivo. Furioso. Consciente.

Farid se levantó de un salto. Golpeó las llamas con los pies, con las manos, con el aliento. Como si pudiera apagar una bestia con desesperación. Pero el fuego no se rindió. Se alzó. Rugió. Y eligió.

Lo persiguió a él. Solo a él. Como si supiera su nombre.

—¡Cristóbal! —gritó, con una voz que le salió del estómago, desgarrada, cortante.

Cristóbal despertó, vio el caos, y sin dudar, corrió hacia donde dormía Víctor.

Farid, tropezando, cayó. Las raíces lo atraparon como brazos antiguos. El fuego se deslizaba tras él, serpenteando entre los árboles. No ardía el bosque. Ardía su pasado.

Cruzó un río. El agua le mordió los tobillos con furia. Pero el fuego no temía al agua. Saltaba de copa en copa, como si tuviera alas.

La selva dejó de ser verde. Las hojas caían, secas, ennegrecidas, convertidas en ceniza antes de tocar el suelo.

Subió a una roca, no para salvarse, sino para entender. Para ver.

Pero el fuego lo rodeó como un tribunal. Y entonces gritó:

—¿Qué quieres?

No hubo respuesta. Pero las llamas temblaron. Como si dudaran.

—¿Para qué? —repitió, más bajo.

El fuego bajó, apenas.

—¿Por qué me preguntas esto cuando yo estoy tan cansado? —susurró, ya sin aliento.

Y entonces, la lluvia.

No como redención. Como acto final.

Primero fue un murmullo. Luego, un diluvio. Las gotas golpearon la tierra como manos que castigan y consuelan al mismo tiempo.

Las llamas retrocedieron, una a una. Pero la pregunta quedó.

Farid cayó de rodillas. Empapado. Roto. Vivo.

—Mátame —rogó al cielo, o a quien estuviera detrás de esa bóveda invisible—. O haz de mí un hombre normal. Dame una vida como la de los otros. Una mujer. Una casa. Un traje de boda. Tinta púrpura como la de Hakim.

El fuego se redujo a brasas. Sombras. Suspiros.

Pero la pregunta no se fue.

—Deja de perseguirme —gritó—. No tengo una respuesta. ¡Dímela tú!

¿Para qué sirve este canto? ¿Para qué sirve extrañar a Cristóbal? ¿Para qué regresa siempre este deseo de ver a mi madre?

La lluvia continuó. Fértil. Terca. Sagrada.

Farid cerró los ojos. El corazón le golpeaba el pecho con violencia. Pero el fuego ya no estaba. Ni la pregunta. Solo él.

Y el silencio. Ese silencio nuevo. No vacío. Lleno de sí mismo.

La selva, ahora en calma, lo envolvió con su aroma: tierra mojada, hoja vencida, raíz que respira.

Y él respiró.

No tenía respuestas. Pero por primera vez, no las necesitaba.

Quizás, pensó, todo consistía en seguir. En buscar. Aunque no supiera qué. Aunque no encontrara nunca.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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