F0846 · El primer recuerdo en esta vida en la que me llaman Farid, es haber preguntado:

El primer recuerdo en esta vida en la que me llaman Farid, es haber preguntado:

—Mama, ¿qué es ese ruido?

—Ya lo sabes. Chacales, Farid.

—¿Vamos a morir?

Jamil, mi madre, me aproximó a su seno y yo lo acaricié, pero no quise beber.

—Hoy no, Farid, hoy no morirás —me olisqueó la cabeza debo haber tenido tres años—. No tengas miedo a la muerte. Reza mucho para que Alá transforme tu miedo a la muerte en amor.

Vendieron a Farid a Jorge Estévez y el hombre atrajo sobre ti

la gehena. Su cuerpo fue maldición domingo tras domingo.

Terminaba la misa y él con cualquier pretexto te llamaba a su

lecho. Te tocaba y después se sentía culpable. Te maldijo. Te

odió. Los fieles le llevaban al padre Estévez chocolates.

En la catedral te bautizaron. Farid se llamó Farid. Recién

parido se secó los pelos chinos que le caían recién cortados

también un poco arriba de las orejas.

     Fue un solo golpe. Un día estabas en Chipre y luego eres

ya el más grande cantante en la Nueva España.  Estévez entra

en tu cama y tu desgranas recuerdos: El viaje desde la Villa

Rica de la Vera Cruz hasta el corazón mismo del corazón del

imperio del águila que cae.

     —Hemos llegado a Culhuacán —recuerdas. Y luego: el

ombligo del mundo, la ciudad de templos que quiere devorar la

laguna. Pirámides teñidas de azul y sangre un tufo de mierda.

Es enorme y es macabra la gran Tenochtitlan.

Varios meses más tarde, Farid no responde a su nombre.

Estévez entra en tu cama y luego de besos y caricias un

espasmo. El olor a viejo te hace vomitar. A veces te abre el

cuerpo y vuelve el dolor de las dagas en los testículos. Te

penetra las noches de domingo. Te bendice y dice, viva voz,

que te perdona, que dejarte tocar por esas manos llenas de

lunares es, en ti, un acto de compasión. Tal vez. Si hubieras

podido compadecerlo, pero Estévez te dio asco desde el primer

día que oliste su aliento a carne de cerdo. Estévez te daba

asco. Él y todo lo de él cuando te penetraba como si fuera la

daga que antes te quitó la virilidad.

     Todo termina en un espasmo inútil y viene el asco cuando

Estévez te abraza y te pregunta como si fuera una mujer que

se abraza del amante con el que acaba de tenderse en el

campo:

     —¿Me quieres?

     No hay nada que decir. Te callas y te das la vuelta. No

hay nada que puedas decir.

—¿Quién te quiere más?

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